Carlos París

Noviembre 11, 2009

La moral y la izquierda

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CARLOS PARÍS

Ed. PÚBLICO 10 de Noviembre de 2009

Invocar la moral, sus normas y directrices como guía de la conducta humana supone adoptar una actitud conservadora? Pienso que más de uno así lo cree. Desde luego aquellos que, considerándose muy progres, pretenden descalificar cualquier argumentación que apele a la ética, con el despectivo término de “moralina”. Tal confusión, que olvida toda la tradición ética de la izquierda, no es concebible, a mi modo de ver, sino como producto de los equívocos inducidos por la dictadura franquista y por la frustrante salida de esta en la Transición, incapaz de abrir los nuevos horizontes que el desarrollo de nuestra sociedad, apoyado por la oposición más radical, exigía.

Es evidente que el franquismo ha marcado a la sociedad española con una profunda huella que todavía, desgraciadamente, permanece. Pero no sólo en aspectos muy llamativos –como la existencia de una derecha montaraz o la prepotencia de la jerarquía eclesiástica, así como la difusión de la corrupción o el atraso de nuestro Estado del bienestar–, sino en aspectos más sutiles, en trampas tendidas a la lucidez del pensamiento y de la acción, resultantes de la identificación del régimen dictatorial con realidades que, aun siéndole ajenas, se apropiaba y deformaba. Tal, como he comentado en otra ocasión, ocurrió con la idea de España, que dejaba fuera de su ámbito a la mayoría de la realidad española, convertida en la Anti-España. Pero ahora querría referirme a la atribución y mixtificación de la moral, en la cual los sectores nacional-católicos del régimen encontraron su campo propio de acción.

Mientras se guardaba un silencio cómplice con los crímenes y la corrupción de un régimen resultado de la sublevación –bendecida por la jerarquía eclesiástica– contra un gobierno legítimo, la supuesta moralización de nuestra sociedad se centró, según viejas obsesiones, en la sexualidad. Los que hemos vivido bajo la dictadura no podemos dejar de recordar, con cierto regocijo, el pintoresco panorama de aquella pseudo-moralización. Las cómicas predicaciones en que, desde el púlpito, el orador sacro describía, con morboso deleite, la apariencia de mujeres descocadas que circulaban por las calles con provocativos y ceñidos vestidos y que, desprovistas de la púdica faja, bamboleaban provocativamente su cuerpo. Los discursos en que se explicaban los terribles efectos destructivos de la masturbación. La persecución y detención de las parejas que osaban besarse en un parque. La censura de las películas. Las normas impuestas al atuendo en las playas, hasta que el negocio del turismo venció a la pudibundez. Todo ello acompañado, sin embargo, por el más desatado machismo en que los prepotentes presumían, sin empacho, de tener atractivas amantes y de llevar a los hijos a los prostíbulos para “hacerlos hombres”. La más rotunda hipocresía presidía la situación. Confundir semejante mundo con la moral es hacer un involuntario favor al franquismo y someter a sacrificio la verdadera moral.

El resultado fue que, apenas iniciada la Transición, levantadas las barreras, se desembocó en el “destape”. Las portadas de las revistas y las nuevas películas ofrecían hermosas jóvenes brindando su desnudez a los ávidos ojos masculinos. Aquello parecía la veloz salida de los niños al recreo, gritando eufóricos al verse liberados de las paredes del aula. Para completar el panorama apareció la droga, exaltada como la avanzada forma de liberación. El hedonismo de la satisfacción inmediata se alzó como negación de la anterior represión. Pero en el fondo no constituía sino una reacción primaria que, marcada por la etapa anterior, asumía el mismo terreno de confrontación. Y, lo que es más grave, tal situación ahogaba las fuerzas que luchaban por lograr la necesaria transformación de la sociedad española, degradada por la dictadura. Y amenazaba con hundir la necesaria rebeldía en el conformismo. La estrategia conservadora podía ver con agrado este giro que imponía la docilidad a una sociedad cuya emergencia de tendencias revolucionarias en la oposición no había dejado de inquietarle.

Y aquella ficción de la liberación se sigue prolongando, en el desconocimiento de una auténtica moral. Aquella que, frente al conformismo y la reducción de la vida a la persecución alienante de gratificaciones placenteras, parte de la convicción de que en los seres humanos alienta la potencia de su más alta realización, en una sociedad de seres libres e iguales, hoy frustrada por las relaciones de dominación y explotación. Que aspira a dignificar a los seres humanos por encima de las diferencias de sexos, de razas, de clases. Una dignificación que ve la sexualidad como un componente fundamental de la vida, pero exige que las relaciones sexuales se den entre seres libres en condiciones de igualdad y mutuo consentimiento, sin coacción. Y rechaza todas las formas de mercantilización que degradan en este noble impulso humano.

La moral de la izquierda, frente a la cómoda indolencia, exalta el trabajo y el esfuerzo, y lucha por recrearlos en una estructura social guiada por los trabajadores, por la ciencia y la creación renovadas. Es una moral prometeica, el titán que, frente a la tiranía de Zeus, arrancó el fuego a los cielos para traerlo a los humanos y crear la civilización. Y que soportó con heroísmo el sufrimiento de su condena, consciente de la grandeza benefactora de su obra.

Como Hércules, en la encrucijada entre el vicio y la virtud, debemos escoger nuestro camino entre las atracciones alienantes de la sociedad actual o la aspiración a una nueva historia. ¿Seremos capaces de elegir el camino más arduo, pero también más noble?

Octubre 15, 2009

El debate de la prostitución

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Ed. Público el 13 de Octubre de 2009

CARLOS PARÍS

¿Regular el ejercicio de la prostitución? ¿O erradicarla? Si queremos orientar el debate por un camino humana y éticamente correcto –más allá de los importantes intereses que en este terreno se mueven y de las fáciles soluciones conformistas, que no contrarían a tales intereses–, habría que partir de dos principios básicos. En primer lugar, los seres humanos no pueden ser considerados y tratados como mercancías. En segundo lugar, la utilización del propio cuerpo, para la prestación de servicios sexuales, económicamente retribuidos, no es un trabajo. A estos dos principios negadores podríamos añadir un tercero de carácter afirmativo: las relaciones sexuales entre seres humanos, en una sociedad emancipada, deben ser libres, mutuamente consentidas y desarrolladas en condiciones de igualdad.

El primer axioma difícilmente será negado. Su no aceptación representaría rebajar absolutamente la dignidad propia de la condición humana y entrar en contradicción con todas las declaraciones de los derechos humanos. Sin embargo, sólo ha sido reconocido tras la larga lucha que abolió la esclavitud. Una institución que fue defendida como “natural”desde Aristóteles y vindicada como fuerza de trabajo necesaria para mantener la economía. Y aún subsiste en ocultas formas de esclavitud laboral. Y también en la práctica de la prostitución. Muy llamativa y masivamente en el tráfico de mujeres. Conducidas desde países del Este de Europa, después de que estos accedieron a los beneficios del capitalismo, desde África, desde Iberoamérica, engañosamente, bajo pretendidas ofertas de trabajo, para ser obligadas a ejercer como prostitutas en condiciones de singular coacción y violencia. Una situación criminal que es responsable del 90% de la prostitución en España. El reconocimiento de la perversión que semejante comercio supone ha llevado, hoy día, a la persecución legal y policial de semejante actividad. Aunque la eficacia con que es combatida resulta muy débil.

Pero la falta de libertad no se reduce a estas situaciones extremas de coacción, engaño y violencia. Una fuente de la prostitución es la miseria. Gran número de mujeres, partiendo de la pobreza extrema, se han dedicado a tal actividad, como posibilidad de subsistir y, en el caso de las madres, de atender a sus hijos. Otra situación, más minoritaria, es la de transexuales que no encuentran otra forma de sobrevivir. En estos casos podríamos hablar de prostitución voluntaria, pero no libre, en cuanto no se da una coacción física pero sí unas condiciones económicas que obligan a elegir un ingrato destino que, sin ellas, no se hubiera deseado. Y queda, finalmente, el reducido ámbito de la prostitución de lujo. Mujeres que, sin padecer pobreza, se entregan a esta práctica, a fin de disfrutar de bienes a que no accederían por otra vía. Sin embargo, bajo la pretensión de libertad, no de deja de actuar la sutil e invasora propaganda que ilusiona con el escaparate de tentadoras formas de vida y de fácil éxito.

Ciertamente, no deja de haber prostitutas que se declaran libres, aunque, a veces, bajo la declaración, se descubre la presión de los beneficiarios del negocio. Surge, entonces, la propuesta de mantener su situación, pero mejorarla, convirtiéndolas en “trabajadoras del sexo”. Propuesta capciosa y conformista, que favorece a los empresarios del sexo. Sin embargo, en ella el cuerpo de la mujer sigue siendo una mercancía y no se puede considerar a la prostitución como un trabajo, tal como declararon las Naciones Unidas, en el año 2003.

Pero, más importante que los argumentos de autoridad, me parece el análisis comparativo del trabajo con la práctica de la prostitucion, en que se revela una diferencia esencial entre ambas realidades. En una actividad laboral se vende “la fuerza de trabajo”, como decía Marx. Pero no el cuerpo y la realidad personal. Aquello que se vende es algo exterior, una actividad que es retribuida. Y que puede ser tanto una actividad física, en el trabajador manual, como intelectual en las profesiones llamadas liberales. En la prostitución aquello que está en venta –o alquiler– es el propio cuerpo, que se entrega al prostituidor. Y el cuerpo no es separable de la personalidad, del ego y la individualidad.

Un elemento clave en el debate sobre la prostitución es el reconocimiento de la degradación deshumanizadora que implica la relación sexual mercantilizada. Y que hace inaceptable su práctica en una sociedad de personas libres. El cuerpo de la prostituida, en cuanto objeto de pago, se convierte objetivamente –quiérase reconocerlo o no– en una mercancía. Y el prostituidor se despoja de su personalidad para convertirse en puro dinero. En caricatura, podríamos sustituir su cabeza por una bolsa de monedas.

La relación es de asimetría, frente a la igualdad que debe regir las relaciones sexuales entre humanos. Y de claro dominio. El prostituidor tiene el poder económico y satisface su voluntad. La prostituida sólo posee su cuerpo desnudo y ofrendado al poderoso. Muchas veces, hasta quedar exhausta de múltiples entregas. Nos encontramos en la culminación del patriarcado. Pero, del mismo modo que la alienación en los Manuscritos de Marx no sólo afectaba al proletario, sino también al capitalista, aquí la degradación se extiende de la víctima al varón prostituidor, dominado por incontenibles impulsos y reducido a un saco de monedas.

¿No se ha abolido la esclavitud? Liberar a nuestra sociedad de estos viejos atavismos para crear un mundo de seres libres, es lo que defendemos, junto a los grupos feministas, el colectivo de hombres abolicionistas.


Septiembre 2, 2009

Ética y evolución

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Ed. Público el 23 de Agosto de 2009

Carlos París

Llega la triste noticia del fallecimiento del ilustre primatólogo Sabater Pi justamente en el mismo año en que se conmemora el bicentenario del nacimiento de Darwin. La importante obra del científico catalán se sitúa en la estela abierta por la revolución evolucionista, asentada con decisivo empuje a través de la teoría de la selección natural de Darwin y Wallace. Todo un movimiento intelectual que, tal como ocurre con las grandes transformaciones científicas, mas allá de su importancia decisiva en las aulas académicas, transcendiendo la comunidad científica, afectó profundamente a nuestra concepción de la realidad, en este caso a la comprensión de lo humano en su relación con la vida animal y la naturaleza, y no sólo conmociona viejas creencias, sino que plantea la necesidad de impulsar una nueva conciencia ética. (más…)

Abril 16, 2009

Secularizar la reproducción

CARLOS PARÍS

Ed. Público el 15 de Abril de 2009

No deja de resultar curiosa y sorprendente la atención obsesiva que la jerarquía católica otorga a la sexualidad y la reproducción humanas dentro de la moral. Una acumulación de hechos pone al vivo y renueva esta ancestral actitud. Es la imagen de Benedicto XVI combatiendo el uso del preservativo en África, un continente azotado por el sida. La incitación a las cofradías de Semana Santa, al parecer sin excesivo éxito, para que se manifestaran contra el proyecto de ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo. Son las barreras levantadas contra la experimentación y utilización de embriones, prácticas capaces de remediar enfermedades. Y las campañas provocativas, en las que se presenta a los fetos abortados como niños bárbaramente trucidados. O las insistentes convocatorias para manifestarse contra el matrimonio homosexual, en nombre de la familia tradicional que, tan frágil al parecer como el Licenciado Vidriera, está a punto de quebrarse.

Tal empecinada campaña contra realidades que abren espacios de libertad y progreso contrasta con el silencio –sólo alterado por algunas piadosas declaraciones– ante la injusticia en la distribución del poder y la riqueza entre los pueblos y las clases sociales. A la par que los movimientos que, dentro del mismo catolicismo, tratan de luchar contra esta injusticia, como la teología de la liberación y los movimientos de cristianos de base, son considerados con rechazo y condenación. Mirando hacia nuestro pasado podríamos recordar la bendición de una sublevación contra el Gobierno legítimo de la II República, bautizada por los obispos, nada menos que como “cruzada”. (más…)

Agosto 26, 2008

Seguridad aérea y lógica del beneficio

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CARLOS PARÍS

Público 25 de Agosto de 2008

No sé, amigo lector, si has visto una película argentina titulada Whisky, Romeo, Zulú. Pero, si has tenido la oportunidad de contemplarla y estremecerte ante ella, no habrás podido dejar de recordarla ante las tremendas imágenes de la catástrofe recientemente ocurrida en el aeropuerto de Barajas. Es una película que recoge una terrible y aleccionadora historia real. Y su extraño, desconcertante, título es el nombre con que había sido bautizada una aeronave que, destinada a trasportar pasajeros, se estrelló y, envuelta en llamas, se convirtió en un inmenso féretro, Ahora bien, el interés singular de la película no se refiere a ofrecer una visión cinematográfica más de catástrofes, sino a dar cuenta de una tragedia “anunciada”. (más…)

Abril 11, 2008

Mi visión del filosofar (fragmento)

CARLOS PARÍS
Lección Magistral con moitvo del nombramiento como Profesor Emérito

Como punto de partida, pero también como guía e incluso como contenido de nuestra reflexión podríamos recordar la afirmación de Kant: “No se aprende filosofia, se aprende a filosofar”. Frente a la rígida transmisión de esquemas doctrinales el esfuerzo creador que nos vivifica. Realmente aquello que expresa ya la designación de nuestra actividad como amor inexahusto hacia la sabiduría, no como sosegada y quiescente posesión de ésta.

Mas, ¿por qué filosofar? ¿Qué sentido tiene la actividad filosófica? Radicalmente responde a la pasión del conocimiento y expresa a ésta. Brota la filosofia de la insobornable voluntad de saber, de la búsqueda y encuentro más o menos parcial de la verdad y como tal puede llegar a convenirse en un impulso absorbente.

Como muchos de los presentes, evidentemente los estudiosos de la filosofia en particular, recordarán, iniciaba Aristóteles su Metafisica afirmando que todos los seres humanos experimentan por naturaleza el placer de conocer. Y en su Etica a Nicómaco considera que la vida teorética, el ejercicio del “Nous” constituye la mayor realización del ser humano, siendo la actividad que proporciona la felicidad más perfecta. Tales afirmaciones podrían ser comentadas y contextualizadas minuciosamente. Así en su referencia a un concepto de “naturaleza humana”, o en sus matices elitistas. Pero en estos momentos querría sólo atender a una de sus resonancias, aquella en que se nos presentan como extrapolación de una experiencia peculiar vivida intensamente por Aristóteles, la del “bios theoretikós”. La cual contrasta, sin embargo, con el actuar de la mayoría de los hombres, con la vida común, más orientada a la búsqueda de las riquezas, del poder o de los placeres materiales que hacia la persecución de la sabiduría. (más…)

Abril 4, 2008

«Es desalentador que no existan verdaderos debates de ideas»

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El autor de ‘Crítica de la civilización nuclear’ inaugura hoy el congreso sobre ‘Filosofía, educación y tecnologías’
31.03.08 -elcomerciodigital-ALBERTO PIQUERO

Catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid, ex presidente de la Sociedad Española de Filosofía, autor de libros de referencia, como ‘Crítica de la civilización nuclear’, ‘Física y filosofía’ o las autobiográficas ‘Memorias de medio siglo’, Carlos París (Bilbao, 1925) inaugurará hoy las jornadas que el Centro de Profesores de Gijón organiza en torno a ‘Filosofía, educación y nuevas tecnologías’.

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Ética y desarrollo tecnológico

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Carlos París.
Fragmento de la lectio pronunciada con motivo de la investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Valencia

(…). Pienso, así, por una parte, en el modo en que nuestro conocimiento científico de la realidad, con los poderes a él unidos, ha transformado y recreado el fenómeno bélico. En el modo en que la gran creación que es la ciencia, con su capacidad para desarrollar la vida humana, se convierte, con una metamorfosis colectiva y degradante comparable a la individual de Gregorio Samsa transformado en insecto, en una fuerza destructiva de la vida y la naturaleza con un alcance antes nunca soñado. Pero el fenómeno de la guerra nos ofrece, además, otra perspectiva de reflexión, el fracaso que representa desde el punto de vista de la realización humana, de aquello que el pensamiento filosófico, así como las ciencias humanas y sociales, se ha venido proponiendo: el proyecto de sociedad en que la razón se desplega sobreponiéndose a los atavismos. (más…)

El ser humano: su condición biológico cultural (fragmento)

Carlos París

POR UNA COMPRENSIÓN BIOLÓGICA DE LA CULTURA SUPERADORA DEL AISLACIONISMO Y REDUCCIONISMO

La reflexión sobre el ser humano ha experimentado la atracción de dos polos opuestos. Por una parte la tendencia a explicar desde sus bases materiales, biológicas, los aspectos superiores de nuestra condición humana, considerándolos, en el limite más avanzado de esta tendencia, como meros epifenómenos. Tal es el ideal reduccionista. Inversamente la instalación en la singularidad humana se ha esforzado por acuñar conceptos irreductibles a las categorias biológico‑materiales, afirmando que el estudio de nuestro ser y los varios aspectos que definen las ciencias humanas y sociales requiere un repertorio de categorias nuevo y propio. En nuestro tiempo, la sociobiología, muy señaladamente en la obra de E O.Witson, relanzó el aludido ideal reduccionista, equipado con las armas de la nueva síntesis. En el debate provocado por las tesií sociobiológicas y que cubrió multiples frentes ‑así el de los ambientatistas frente al geneticismo de los sociobiólogos‑ es pertinente recordar ahora las réplicas de los antropólogos como Sahlins, insistiendo en el concepto de cultura, centrado en la aparición de un mundo simbólico, que abriría un horizonte inédito, en el cual las explicaciones y conceptos biológicos se hacen prácticamente irrelevantes. La obra de Wilson posterior a dicho debate, en colaboración con Lumsden, tratará de reestructurar las tesis iniciales, de un modo más abierto. (más…)

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