CARLOS PARÍS
Ed. PÚBLICO. Domingo, 9 de Noviembre de 2008
El triunfo de Barack Obama ha alegrado, en gran parte del planeta, más allá de las fronteras de los EEUU, a los hombres y mujeres deseosos de un mundo más justo. Y no sólo por el resultado electoral, sino por las características de la campaña con una movilización fervorosa poco frecuente en estos procesos. Pero tal alegría no debería impedirnos reflexiones críticas sobre la realidad que vivimos y de la cual los recientes comicios son una expresión digna de análisis. Enjuiciemos no el personaje, sino el procedimiento a través del cual ha sido elegido.
En primer lugar, el mismo impacto universal de estas elecciones, los anhelos y preocupaciones que a él se asocian, leído objetivamente, no deja de ser revelador del injusto mundo en que vivimos. En una humanidad que alcanza los seis mil millones de habitantes sobre la tierra, 79 millones, la cifra de los votantes de Obama, arrastran tras sí las esperanzas y el futuro no sólo de sus compatriotas, sino de todo el colectivo humano. Y no por mera solidaridad, sino en razón del propio interés. No parece, entonces, que los hombres –y las mujeres, añadamos– nazcan “libres e iguales”, como pretenden las declaraciones de derechos humanos. Un voto de un ciudadano estadounidense cuenta mucho más en la inmediata historia que el voto de un boliviano, de un español o de un francés. Como la vida de un ciudadano de tal país cuenta también mucho más que la de un iraquí, un afgano o un periodista español, como Couso. Desgraciadamente, estamos tan hechos a esta realidad y tan poco imbuidos de la idea de una democracia universal que, quizá, a más de un lector le parezca natural esta desigualdad entre poderosos y menos potentes. Y, sin embargo, se escandaliza cuando se tacha de imperialista a la política de los EEUU. Un imperialismo, que esperemos, Obama suavice. (más…)