EL PAIS .
Sábado, 18 de octubre de 1997
Eduardo Haro Tecglen 

Las palabras Ateneo de Madrid me sugieren inmediatamente el nombre de Manuel Azaña: uno de sus presidentes. Ahora llega a él Carlos Paris: la herencia de la izquierda parece asegura da por votación, si no hay desastres gubernamentales o de otra autoridad que lo cambien. Entre los desastres está la falta de dinero: imprescindible para mantener un gran caserón y una aún fantástica biblioteca. Si la cultura que tengo es digna de agradecimiento, que no lo sé, se lo debo a esa biblioteca. Madrid fue una gran ciudad de bibliotecas abiertas, libres, cuidadas. Hablo de la Il República. No exigían nada para servir libros ni siquiera que uno fuera adulto. En la calle de San Opropio había una que dirigía el escritor Ortiz de Pinedo; en lo que llamábamos Hospicio, hoy Museo Municipal, estaba la que dirigía Manolo Machado. Además de la sala de lectura de la Nacional. Hablo de las mías: y otra en la Gran Vía, esquina a San Bernardo. La dél Ateneo, más tarde, -había que ser socio- tenla ventajas paradisiacas: se podían pedir varios libros de una vez, los pupitres eran cómodos, estaba abierta hasta la madrugada, se tocaba un timbre y venia un camarero… Todo fue desapareciendo por la nueva vida precaria., Desde allí, por una puertecita, se accecía al alto del salón: había conferencias importantes y; especialmente, los conciertos: el Cuarteto Nacional de Cámara, pianistas como Cubiles o Gálvez. (Muchos años después hicieron allí el homenaje fúnebre a mi hijo Eduardo).Aún hay un republicanismo latente. Una tertulia que rememora, habla, estudía y prepara. Aún está la sombra de Lauro Olmo, por citar uno de los grandes ateneístas de nuestro, tiempo (la mantiene viva Pilar Enciso: fue ella la que me dijo que habían ganado ellos sobre una dictadura anterior).

Pero no ignoro que en la época dura, cuando Franco o sus gentes se lo dieron a un cura para que lo expurgara, ese cura lo mantuvo lo mejor posible, con un secretario general que era el escritor Eugenio Mediano Flores, comunista hasta que la guerra le hizo falangista. Lo que le queda por hacer a nuestro Carlos Paris: restaurarlo todo, rehacer la hemeroteca, conseguir adquisiciones de libros. No creo que dejen de ayudarle Esperanza Aguirre y Miguel Ángel Cortés: estoy seguro de que le echará una mano Ruiz-Gallardón. Volver a los buenos tiempos no es posible, porque ya los tiempos son otros: mejorar éstos es trabajo difícil pero necesario.

Anuncios