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Carlos París

Publicado en  La razón Abril de 2001

Estoy escribiendo el 14 de abril del 2001. Hace setenta años se proclamó la II República española. Fue aquella la fecha más cuajada de esperanzas por parte de nuestros pueblos en el siglo que acaba de morir. Entonces se puso en marcha un proyecto histórico de convivencia renovadora, que fue yugulado violentamente tras larga guerra. No sólo fue yugulado, además, como algunas plumas, cual la de Antonio Elorza, han expuesto estos días se ha pretendido borrar tal proyecto de la memoria colectiva y enterrarlo en el olvido. Como si la historia de la II República y de su heroica defensa armada hubiera sido una pesadilla, inquietante para nuestros días  ápteros  y grises, bajo el lema de que “España va bien”.  Y, por ello mismo, es  necesario recordar lo que representó aquel tiempo de esperanza y de inicio de una renovación que hubiera podido levantar a España muy por encima de su actual resignación a la mediocridad
Si comparamos ambos tiempos, el de la II República y el actual, lo primero que podemos observar es que en aquel existía un proyecto creador y renovador. En profunda unidad con la voluntad de afrontar sin tapujos los graves, gravísimos, problemas que afectaban a nuestra sociedad. Algo muy distinto del clima actual en que los problemas- aun siendo de apariencia menos apremiante-  son en todo caso, ocultados, difuminados( para conseguir la ataraxia de nuestra sociedad). Y en que la perspectiva de un proyecto ambicioso y movilizador brilla por su ausencia.
Ciertamente los problemas con que se encontraba la II República eran especialmente intensos. Una situación de pobreza y amplio analfabetismo. Un momento histórico de crisis económica y política, con el ascenso de los fascismos y con las perspectivas de las revoluciones obreras y campesinas. Y ante esta situación se abrían dos grandes avenidas: la de los intelectuales, empeñados en llevar adelante el desarrollo cultural que fructificaba  desde el pasado siglo XIX  y la de las masas luchando por acceder al poder y crear una sociedad sin explotación. En nuestro país ambos movimientos habían estado históricamente bastante alejados, pero en la II República y la guerra civil se empezaron a unir en nuevas generaciones, que el triunfo de los sublevados liquidó físicamente o envió al exilio. Una unidad que en importante medida se reconstruyó en la oposición al franquismo, hasta que la amañada transición, tan ilustrativamente comentada por Antonio García Trevijano en diversos artículos en estas mismas páginas, liquidó, ahora menos violenta, más corruptoramente, atrayendo a muchos  pretendidos “progres” a las esferas del poder.
Corrupción: quizá con este término  apresamos una de las mayores diferencias entre la época de la II República y la actual. Y una de las grandes lecciones que de aquellos tiempos debieran venirnos. Por mucho que podamos criticar a las figuras  políticas que dirigieron la II República no se puede poner en duda  su honestidad, .Una honestidad en la cual brillaba  la austeridad. Aplastada actualmente por el despilfarro irresponsable y la exhibición del lujo. Por la difusión de la picaresca..
Fueron tiempos de moralidad pública y de alta ilustración. Comparemos los discursos de nuestros políticos con los pronunciados en aquellas jornadas. Y nuestro mundo cultural dominado por el oportunismo y las mafias de la industria cultural, devoradoras de beneficios,  con la producción y el clima dialogante de aquella época. La II República construyó seiscientas escuelas mensuales en su primera etapa. Erradico el analfabetismo en toda Cataluña. El paso del tiempo,  nos ha traído una España con muchos menos analfabetos, y con menos hambre. Pero  ¿qué se lee, qué espectáculos se ofrecen en la poderosa TV?  y ¿que se come? Productos adulterados por la industria alimentaria, escenarios como el de El Gran Hermano, libros fabricados para los amañados premios, redactados sin la más elemental sintaxis.
¿Pesimismo ante lo actual? ¿ Nostalgía? No, amigo lector, se trata de que recuperemos el sentido crítico, la voluntad de superación, la conducta ética. Es lo menos  que debemos aprender de la II Republica y aplicar a los problemas de nuestros días.

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