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Carlos París

POR UNA COMPRENSIÓN BIOLÓGICA DE LA CULTURA SUPERADORA DEL AISLACIONISMO Y REDUCCIONISMO

La reflexión sobre el ser humano ha experimentado la atracción de dos polos opuestos. Por una parte la tendencia a explicar desde sus bases materiales, biológicas, los aspectos superiores de nuestra condición humana, considerándolos, en el limite más avanzado de esta tendencia, como meros epifenómenos. Tal es el ideal reduccionista. Inversamente la instalación en la singularidad humana se ha esforzado por acuñar conceptos irreductibles a las categorias biológico‑materiales, afirmando que el estudio de nuestro ser y los varios aspectos que definen las ciencias humanas y sociales requiere un repertorio de categorias nuevo y propio. En nuestro tiempo, la sociobiología, muy señaladamente en la obra de E O.Witson, relanzó el aludido ideal reduccionista, equipado con las armas de la nueva síntesis. En el debate provocado por las tesií sociobiológicas y que cubrió multiples frentes ‑así el de los ambientatistas frente al geneticismo de los sociobiólogos‑ es pertinente recordar ahora las réplicas de los antropólogos como Sahlins, insistiendo en el concepto de cultura, centrado en la aparición de un mundo simbólico, que abriría un horizonte inédito, en el cual las explicaciones y conceptos biológicos se hacen prácticamente irrelevantes. La obra de Wilson posterior a dicho debate, en colaboración con Lumsden, tratará de reestructurar las tesis iniciales, de un modo más abierto. Pero no esposible en estos momentos puntualizar esta interesante historia. Sólo la he mencionado como ejemplo de las dos tendencias que han polarizado en sentidos contrarios el pensamiento antropológico, así como la epistemología de las ciencias humanas y sociales. De una parte, la reducción a estratos inferiores, científico naturales. De otra, aquella actitud que podemos designar como “aislacionismo” entre el mundo humano y el universo sobre el cual éste se levanta. Escila y Caribdis, según la vieja metáfora, de la reflexión sobre nuestra realidad y las ciencias que de ella se ocupan. Mas, amigas y amigos, si he recurrido a la manida imagen de tales escollos, no es para proponeros, al modo odiseico, navegar temerosamente entre ellos, buscando una vía media, sino para una empresa más ambiciosa: la de remontar tales extremos, elevándonos, sobrevolando esta histórica polaridad, mediante una nueva conceptuación que dé más cabalmente cuenta de lo humano en nombre tanto de su peculiaridad como de su inserción e inclusión en el mundo de la materia, Posibilidad que una elaboración de la actual situación científica nos permite.

Las pistas para este esforzado viaje nos tas ofrece la definición, hoy ampliamente extendida, del ser humano como un “animal cultural”. Pero ¿qué es la cultura? Solo su compresión desde la biología es capaz de guiarnos Y, justamente es esta una importante perspectiva, que nos ofrece abiertamente la ciencia actual, especialmente la etología. La cultura ha dejado de ser una realidad puramente humana que aparece brusca, repentinamente, en el panorama de lo real con el nacimiento de la humanidad. Muy por el contrario, representa la cultura un recurso del que la vida se vale, que alumbra con intensidad y desarrollo crecientes en el proceso de su larga evolución, para aumentar sus posibilidades. No es pertinente aislar y menos aún contraponer la biología y la realidad que la cultura representa.Y, entonces, la especie humana nos aparece como aquella en que la cultura ha alcanzado su grado máximo de potencia y sofisticación, reinformando toda nuestra biología y otorgando a nuestra especie un poderío único sobre el planeta y sobre nosotros mismos. Aquí se ponen en en pie los grandes problemas éticos y políticos a los que una reflexión sobre la cultura debe necesariamente abrirse.

APRENDIZAJE Y EXTRASOMATIZACIÓN

Estoy utilizando el término “cultura” y comprendo que mis palabras pueden resultar imprecisas, si no aclaramos, al menos minimamente, este término. Las definiciones que se han dado de cultura constituyen, en efecto, una verdadera fronda, destacando los aspectos más varios de este compleja realidad que investigamos. Pero no es preciso, amigas y amigos, que nos adentremos ahora en este bosque. Prosigamos, simplemente, en la línea de avance señalada, el examen del proceso en que la cultura es generada por la vida a través de innovaciones que podemos catalogar como culturales. En esta óptica se nos revelan dos grandes fenómenos: el paso de lo genético a lo adquirido y la extrasomatización, es decir, la ampliación, el enriquecimiento de las posibilidades ofrecidas por la corporalidad, mediante la utilización de instrumentos y el acondicionamiento del medio. En virtud del primero de ellos se mejora el comportamiento con el aprendizaje. La investigación etológica ha ido ampliando cada vez más el ámbito de las especies en que el aprendizaje juega un papel importante, empezando por los mismos insectos. Ahora bien, cuando este aprendizaje es socializado, incorporado a un grupo, transcendiendo la peripecia individual, podemos hablar de una cultura más o menos rudimentaria que se sobrepone a la biologia y amplía las posibilidades vitales. En virtud del segundo fenómeno la acción dilata, al usar instrumentos, su potencia y eficacia más allá de los limites ofrecidos por el cuerpo, o, en otra linea, a supervivencia de éste acrecienta sus posibilidades transformando y acondicionando el medio exterior, creando un ámbito artificial propicio. El viviente se adueña del entorno parcialmente. Y cuando estos recursos se alían al anteriormente señalado del aprendizaje nos encontramos en presencia de un mundo nuevo, de un patrimonio de instrumentos y habilidades que dibuja dentro de la comunidad de la especie distintos grupos, verdaderas culturas -o protoculturas, si queremos reservar el termina cultura para ía humana- de caracter zoológico. Como, por poner un ejemplo especialmente conocido, ocurre con las culturas de los chimpancés estudiadas por Sabater Pi.

El ingente mundo de la técnica moderna, la tecnosfera que nos rodea y penetra en nuestro ser y comportamientos, el orbe de la educación que nos levanta al nivel humano -no metafóricamente sino literalmente, al enculturarnos, como veremos-, la acumulación y transmisión del saber, representan la desbordante erupción en nuestra especie de estas posibilidades que largamente ha ido desarrollando ta vida zoológica. No han descendido de los cielos, como Prometeo. Ni han sido insufladas en nuestro barro por un acto de creación. Han resulado de nuestras características biológicas, bien singulares, y troqueladas en la intensa interacción entre biología y cultura que se desenvuelve en el proceso de hominización, Técnica, educación, organización del saber son aspectos del complejo cultural, en cuya génesis y peculiaridad podemos entrar ya

LA FILOGÉNESIS DE LA CULTURA EN LAS TRES GRANDES ÁREAS DEL FENÓMENO BIOLÓGICO

Convendría en el examen del proceso que desde la vida nos lleva a la cultura partir de las tres grandes zonas en que los fenómenos biológicos desenvuelven su peculiaridad. Central y decisivamente representa la vida -como subrayó Monod- acumulación de información. Entendido, naturalmente este término en su actual sentido científico y tecnológico, acuñado por Wiener y Shannon, como creación de estructuras y procesos de alta complejidad, que se inician ya en el nivel de las macromoléculas y sus interacciones. Pero el surgimiento y conservación de tales estructuras y procesos, como fenómeno antientrópico, solo es posible, por una parte, gracias a una actividad que arranca al medio materiales y energias; por otra, mediante una dinámica reproductora, que permite la supervivencia de la especie, una vez que el individuo singular ha sucumbido en esta lucha con la degradación que la entropia implica. Una supervivencia sobre la cual se organiza el proceso de la evolución, la formación de nuevas especies. Se despliegan, así, las tres grandes áreas propicias para nuestro examen: la interacción entre el viviente y el medio -que en la vida animal se innova con la acción sobre el mismo- la información -que en la existencia zoológica se eleva a representación del mundoy, finalmente, la reproducción. Con la aparición del aparato muscular y del sistema nervioso en la vida animal, la interacción con el medio se eleva a intervención activa sobre éste y la información culmina en la “representación del mundo”, en la creación de un universo perceptivo.

Ahora bien, en el interior de las tres grandes áreas de los fenómenos vitales que acabo de señalar se produce una interesante dinámica, la cual, a partir de la vida zoológica, va levantando, fragmentaria e incipientemente, el mundo de la cultura, culminante en nuestra especie. Y podemos correlacionar cada una de las tres zonas señaladas con otras de la cultura humana: la técnica, en primer lugar; segundo, el mundo de la información, el saber y el lenguaje; tercero, la libertad y proyectividad de nuestra vida , resultado de la peculiaridad de nuestra reproducción. Tres dimensiones de la realidad cultural que han recogido os intentos de definir al ser humano, como homo faber, en la perspectiva técnica, cual zoon logon éjon, homo loquans, homo sapiens sapiens en la informativa y comunicativa, “animal proyectivo” en la que se refiere a nuestro nacimiento y reproducción. El estudio de los recursos que la evolución va alumbrando en las tres zonas apuntadas nos permite asistir a ta filogénesis de la cultura, procurándonos la comprensión más profunda y adecuada de tal realidad, disipando las nebulosidades y apriorismos por los cuales frecuentemente aparece velada Y, consiguientemente, presenta a toda luz el alcance de la definición, antes sugerida, del ser humano como animal cultural.

Indudablemente, en los límites de esta conferencia nuestro examen del panorama desplegado tendrá que hacerse a vuelo de pájaro y no con el sabroso detenimiento que la amenidad y sorpresas del paisaje merecen y que espero desarrollar en el libro que sobre este tema preparo: El animal cultural. Biología y cultura en la realidad humana. Empecemos nuestro vuelo despegando -tal metáfora se impone- sobre el territorio de la técnica.

LA TÉCNICA Y LA ACCIÓN SOBRE EL MEDIO

Fue, precisamente, al abordar en mi libro Mundo técnico y existencia auténtica, allá, por 1959, la faz tecnológica de nuestra civilización, cuando se me ofrecieron las primeras pistas para esta reflexión sobre la condición humana y sus raíces biológicas, que a lo largo de años he ido ampliando. Me encontré, en efecto, con posiciones antagónicas que veían la técnica cual un fenómeno, puramente humano -es el caso rotundamente de Ortega- o que señalaban -como ocurría con Spengler- el nacimiento de la técnica en la misma vida animal. En el caso de este último autor, seducido peligrosamente por el culto a la lucha y la violencia, confinándola, empero, en el ámbito de los animales de presa, en los grandes cazadores. Y me pareció que había que dilatar el ámbito del análisis, incluso más allá de la vida zoológica, para captar el surgimiento de la técnica y su sentido.

En efecto, cuando Ortega desarrolla su idea de que el hombre reacciona ante la naturaleza reformándola, olvida que la transformación del medio es consustancial a la vida. Me refiero al “medio” -observaré de pasada- y no a la “naturaleza”, como hace Ortega, pues ésta es una totalidad, escalonada en estratos muy diversos y de la cual el ser humano forma parte, no una realidad diferenciada de nuestro ser y extendida ante nosotros como un paisaje. Ahora bien, la tarea que entonces se plantea consiste en analizar los diversos modos, con arreglo a los cuales esta transformación se va produciendo a lo largo de la evolución. En la vida vegetal la interacción viviente-medio se desarrolla en términos bioquímicos fundamentalmente. Aprovechando la energía solar en los procesos de fotosíntesis las plantas, autótrofas, elaboran la materia orgánica. Es un momento decisivo en el desarrollo de la vida, ya que no sólo el vegetal, autótrofo, se alimenta a sí mismo, sino que produce la base nutritiva y el medio sobre el cual se hace posible el despliegue de las formas de vida animal. Son las grandes fábricas de la vida y, como nuestras plantas industriales, permanecen pegadas a la tierra, a diferencia de la libre movilidad animal. Pero, a diferencia de nuestras fábricas, depredadoras -y de las primeras formas protovitales parásitas- la vida vegetal se realimenta a través de la descomposición de sus productos en un proceso que el ecólogo Barry Commoner ha designado gráficamente como “el circulo que se cierra”.

La existencia animal se caracteriza, en cambio, por su condición heterótrofa, dependientes de una materia orgánica ya elaborada son los animales, hervíboros y carnívoros, depredadores, primeramente de las plantas, después de otras especies convertidas en pasto. La búsqueda y apresamiento del alimento impone, entonces, el desplazamiento, la libre movilidad, distintiva de la vida zoológica, extraordinariamente desarrollada, al pasar de la vida acuática a la terrestre. Y, justamente, aquí, en esta movilidad podemos detectar la aparición de la técnica en su forma básica. El animal no solo transforma el medio sino que “actua” sobre él. En el principio de la vida animal -como en la corrección de Goethe al Evangelio de San Juan- está la acción. Apoyada en la novedad que el aparato muscular y el sistema nervioso representan.
¿Cómo y por qué podemos hablar de técnica en la vida animal? En la medida en que veamos la técnica -tanto humana como animal- , no a través de su manifestación exterior en el instrumento o el objeto técnico, sino, en su dimensión más profunda y viva, como organización de la acción. Es ella quien da vida al instrumento, lo empuja y maneja como complemento y desarrollo de sus posibilidades orgánicas. Y en el mundo animal asistimos ya a la presencia de esta organización de la acción. Son las pautas de conducta que guían el comportamiento de las diversas especies animales. Y que lo optimizan al servicio de la supervivencia del individuo y de la de la especie, consiguiendo el máximo rendimiento del equipo anatómico y fisiológico entregado por la biología. La etología ha ido desplegando ante nuestros ojos el variado y sorprendente panorama de estas técnicas, de su eficacia y su riqueza.

DE LA TÉCNICA ANIMAL A LA HUMANA

Ahora bien, la contemplación de este mismo panorama nos permite asistir a una evolución. Originaria y radicalmente, la técnica animal podría ser caracterizada por su unidad dentro de la especie, su somaticidad o corporalismo en cuanto se vale principalmente de la anatomia como instrumento de acción, por su fuerte determinación genética y por su atenimiento a los fines propios de la biología, conservación del individuo y la especie, primando esta segunda. Es un esquema límite que podemos designar como paradigma básico de la técnica animal. Básico porque de él brota un dinamismo superador y complicador que desembocará en la técnica humana. Cuyos grandes rasgos podrían ser presentados según un paradigma opuesto. La técnica humana, en efecto, es pluralista en el espacio, según diversos círculos culturales, y en el tiempo, destacando su progreso. La instrumentalidad, o más ampliamente la creación y utilización de artefactos, representa en ella un recurso normal. Frente a la determinación genética se hace decisivamente inventiva y sus finalidades transcienden e incluso problematizan los objetivos estrictamente biológicos para situarse al servicio del proyecto propio de cada cultura y su sistema de valores.

¿Cómo se explica semejante novedad de la técnica humana? En parte por la misma lógica de la evolución que iba apuntando hacia ella, pero decisivamente, por las características anatómicas y fisiológicas de nuestra especie, bien singulares en el panorama zoológico. En ellas y no en el descenso del espíritu desde las alturas reside la peculiaridad única del ser humano y su cultura.

La técnica humana, en efecto, nos aparece distintivamente caracterizada por la liberación de los determinismos que enmarcaban la técnica animal, y, consiguientemente, exigente de la creatividad. Es también una organizacion de la acción según pautas. Mas estas son inventadas, transmitidas por aprendizaje; por ende, sometidas al perfeccionamiento y, en contrapartida, al riesgo de la pérdida. El material moldeable por ellas, asimismo, arranca de nuestras mismas habilidades corporales y psíquicas, objeto de las técnicas deportivas, psicosomáticas, ascéticas y místicas, pedagógicas, y se dilata en una poderosa transformación del mundo exterior, que crea un nuevo habitat: la tecnosfera. Además, toda esta actividad se propone objetivos muy diversos, incluso opuestos, según el perfil de la cultura en que se sitúa. Ello no quiere decir que la biología con sus impulsos y recursos haya sido borrada, sino que la misma evolución ha emplazado a la especie humana en un muy elevado campo de disponibilidad. El cual se corresponde con tres decisivas innovaciones básicas: la liberación no solo de nuestra mano sino, en términos generales, de nuestra corporalidad, la capacidad autoprogramadora de nuestro cerebro y nuestro nacimiento en condiciones de una inmadurez, que exige su complemento en la cultura, lo que Portmann designa como prematureidad. Tales infraestructuras dan cuenta racionalmente, desde la biología, y sin recurrir a explicaciones -o pseudoexplicaciones- extramaterialistas, de la novedad propia de la técnica humana

Y, por otra parte, permiten contemplar la peculiar fisonomia y singularidad de nuestra especie en el campo de la vida y la evolución. Así como el sentido de la técnica y la cultura en cuanto exigencias de nuestra supervivencia y desarrollo. No es el ser humano un animal enfermo, como literariamente sugirió Unamuno y desarrolló Novoa Santos, ni un ser, cuyas minusvalías, al modo del pensamiento de Gehlen, sean compensadas por la técnica. Sino, muy por el contrario, un ser rejuvenecido en quien la plasticidad primaria de la vida es recuperada y recreada, brotando de ella con renovado e invasor impulso la cultura. Una plasticidad, que se ha ido proyectando -y fosilizando- en el proceso de especiación, de alumbramiento de las sucesivas pero parciales plasmaciones de la vida, que representan las diversas especies. Y que se encuentra ahora ante una forma vital desespecializada y liberada en muy fuerte medida. Una especie que tiene que crear su destino y su propio horizonte. Que tiene, nada menos, que inventarse y crearse a si misma. Como veremos, finalmente, al hablar de la vida como proyecto individual y colectivo. Cuyas opciones abiertas y contradictorias hacen que la biología, al llegar a nuestro nivel, desemboque en la ética,

Ciencia Técnica y Cultura. Homenaje a la figura y la obra de Carlos París
EDICIONES DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE MADRID. 1997

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