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Carlos París.
Fragmento de la lectio pronunciada con motivo de la investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Valencia

(…). Pienso, así, por una parte, en el modo en que nuestro conocimiento científico de la realidad, con los poderes a él unidos, ha transformado y recreado el fenómeno bélico. En el modo en que la gran creación que es la ciencia, con su capacidad para desarrollar la vida humana, se convierte, con una metamorfosis colectiva y degradante comparable a la individual de Gregorio Samsa transformado en insecto, en una fuerza destructiva de la vida y la naturaleza con un alcance antes nunca soñado. Pero el fenómeno de la guerra nos ofrece, además, otra perspectiva de reflexión, el fracaso que representa desde el punto de vista de la realización humana, de aquello que el pensamiento filosófico, así como las ciencias humanas y sociales, se ha venido proponiendo: el proyecto de sociedad en que la razón se desplega sobreponiéndose a los atavismos.

Y es tal un proyecto connatural al desarrollo del saber, en cuanto su crecimiento deberla no sólo aumentar el caudal objetivo del conocer, sino además transformar y elevar al sujeto humano que lo realiza. Pensaba Sócrates que todo el mal moral provenía de la ignorancia. Y si esta visión, este “eticismo lógico”, puede ‑especialmente en nuestra tradición con su insistencia en la imagen de una humanidad marcada por el pecado‑ aparentar ingenuidad, no ha dejado de adquirir una peculiar pertinencia en nuestra época. Con un nuevo sesgo, ciertamente, en un mundo en que la ciencia y la tecnología han puesto en manos de nuestra sociedad enormes poderes, convirtiéndose en la exigencia de que nuestro desarrollo moral alcance la altura necesaria para gobernar tal mundo. Es el apremio de que saber y elevación ética coincidan. No se trata de que el desarrollo del saber y su lucidez nos transforme automáticamente en seres virtuosos, pero sí de que hoy nos fuerza a ello, si no queremos precipitamos en el abismo de la destrucción física, o de la barbarie psicológica y social. Es algo que Einstein en su manifiesto conjunto con Russell expresó rotundamente: “el poder desatado del átomo lo ha cambiado todo, excepto nuestros modos de pensar, y así nos dirigimos hacia una catástrofe sin paralelo”.

Y es que, en este sentido, en nuestra civilización el ejercicio de la fuerza, el mantenimiento de relaciones de dominación entre pueblos y etnias, entre sexos, entre clases, ha de ser visto no sólo como algo rechazable en nombre de los valores éticos, sino incluso como un ejercicio de ceguera, como un error radical. La constitución de una civilización racional sólo puede hacerse hoy trascendiendo las perspectivas parciales y los intereses minoritarios en nombre de una razón universal. La solidaridad no es sólo un hermoso ideal ético, es un imperativo de salvación y superación en un mundo estrechamente interrelacionado planetariamente y dotado de tan enormes poderes.

Ciencia tecnología y transformacion social. ed. Univerisda de Valencía. 2001

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