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Sergio Vences Fernández
laopinioncoruña.es 27 de Marzo de 2007

En 1951, se incorpora a la Universidad compostelana Carlos París Amador. En reñidísima oposición, frente a un falangista, Sabino Alonso Fueyo, había ganado la cátedra de Filosofía, a la tempranísima edad de veinticinco años (Ortega y Gasset había obtenido, con veintisiete años, la cátedra de Metafísica en la Universidad de Madrid). Venía a ocupar la plaza que había quedado vacante toda vez que su titular, el insigne pensador Juan David García Bacca, vencida la Segunda República, emprendió los ácidos caminos “del éxodo y del llanto” que dijo el poeta León Felipe.

Tras las sucintas líneas anteriores, aparentemente innocuas y hasta asépticas, palpita una tragedia: la de un país en el que, con el triunfo de los sublevados, se convierten en cenizas y escombros las instituciones democráticas republicanas, incluidas, claro está, la cultura y, cómo no, la Filosofía. Es lo que nos revela, sin odio pero con ira, el enjundioso libro de Carlos París, recientemente aparecido y presentado en la Universidad de Compostela, y que lleva por título Memoria de medio siglo. De la Contrarreforma a Internet (donde Contrarreforma no alude a la puesta en práctica, en el siglo XVI, con el concilio de Trento y la Inquisición, sino a la que dio comienzo en 1939 con el triunfo de Franco y sus tropeles, nacionales e internacionales. Era la plasmación de aquel “¡Muera la inteligencia!” que el bravucón y palurdo Millán Astray berreó a don Miguel de Unamuno, en el paraninfo de la Universidad salmantina, un aciago 12 de octubre de 1936.Y, consecuentemente, la alianza de militares, sotanas y camisas azules arrasan con todo el acervo cultural de la Segunda República, concretamente la Institución Libre de Enseñanza a la que habría que “sembrar de sal”, como exigía el catolicísimo escribidor oficial, José María Pemán, así como a sus creaciones, directas o indirectas, tales que la Junta para Ampliación de Estudios, el Centro de Estudios Históricos, Misiones Pedagógicas, Residencia de Estudiantes, y un larguísimo etcétera, para “colocar la vida doctoral bajo los auspicios de la Inmaculada Concepción de María”).

Llega, pues, Carlos París a Compostela con veintiséis primaveras al hombro. Fue todo un acontecimiento la aparición, en una ciudad más soñolienta que soñadora, de un jovencísimo catedrático de Filosofía, apuesto y esbelto, y que iba a insuflar nuevos aires a la, en gran parte, mostrenca y amodorrada Universidad.

En Filosofía y, desde 1939, el año cero de la cultura española, “se volvía a enseñar la filosofía escolástica, con tal furor por parte de algunos que el mismo Maritain, repositor del escolasticismo en Francia, era anatematizado por su modernidad”. Regreso, pues, en pleno siglo XX, al remoto siglo XIII, a Tomás de Aquino (todavía hoy no deja de ser un anacronismo que siga el tal Tomás patrocinando a las Universidades españolas y ello en un país sólo teóricamente “aconfesional”, con lo bien que podrían hacerlo un Luis Vives, un Giner de los Ríos, un Ramón y Cajal, un Ortega y Gasset…). Fuera y atrás quedaban, prohibidos, silenciados o exilados, una pléyade de pensadores que, aplicándoles la expresión de Ortega habían intentado, y logrado, poner a España en esa área de conocimiento, “a la altura de los tiempos”. Piénsese en la llamada Escuela de Madrid, configurada en torno a Ortega y Gasset, aunque con enfoques más o menos divergentes, en la que figurarían Manuel García Morente, José Gaos, María Zambrano, Julián Marías, Xavier Zubiri y a los que podrían sumarse Manuel Granell, Paulino Garagorri… En torno a la Escuela de Barcelona habían trabajado José Ferrater Mora, Eduardo Nicol, Joaquín Xirau… Y de justicia son de mencionar, dentro de ese espíritu renovador e innovador, figuras tan descollantes como Adolfo Sánchez Vázquez, Wenceslao Roces, Juan David García Bacca, a quienes hubimos de conocer por sendas extraacadémicas…

Con aquel bochornoso “¡Muera la inteligencia!” lograron, efectivamente, exilarla, amordazarla, perseguirla, pero, en modo alguno, extirparla, porque, como dice Hegel, aunque en otro contexto, “la esencia oculta del universo [o la más feroz dictadura] no posee fuerza capaz de oponer resistencia a la intrepidez del conocimiento y ha de descubrirse ante él y desplegar ante su vista las riquezas y profundidades de su naturaleza y consentir que se deleite en ellas”.

La filosofía oficial, la de Tomás de Aquino (pues incluso escolásticos como Duns Scoto, Guillermo de Occam o Francisco Suárez eran sospechosos de heterodoxia), la impartían, fundamentalmente, curas, frailes, falangistas y miembros del Opus Dei. “En el campo de la filosofía Rafael Calvo Serer [opusdeísta] era el agente clave, dedicado a programar las cátedras de este sector, tan importante ideológicamente”. Pero, de forma paralela, y debido, quizá, al vigor y al desvelo de la inteligencia, organizaban los estudiantes tertulias en las que se estudiaban y debatían otras corrientes filosóficas. Yo mismo participé, allá por los años sesenta, en Madrid, en un de esas tertulias, ubicada en el sótano de una cafetería de la calle Goya, en la que estudiábamos a Hegel y siempre con el temor de que irrumpieran allí, a porrazos, los temibles grises, la policía armada. (Leer las obras de Descartes, Kant, Marx, Nietzsche, dos de Unamuno, etc., incluidos en el Índice Romano de libros prohibidos, y, consecuentemente, también en el Índice español, era caer en excomunión, lo que no nos angustiaba en absoluto; solicitarlos y obtenerlos, empero, para su lectura, en la Universidad, precisaba del visto bueno del obispo de Madrid-Alcalá, Patriarca de las Indias Occidentales, y Procurador en Cortes, el franquista y vigués Eijo Garay quien pasaba nota del solicitante a la Dirección General de Seguridad). Carlos París, con Miguel Sánchez Mazas, José María Valverde, Pepe Fraga, Rafael Sánchez Ferlosio y otros, fundan, también en Madrid, la humorísticamente denominada Universidad Libre de Gambrinus, por la que pasarían Luis Martín Santos, Alfonso Sastre, Eva Forest…, y que sería el germen de “una serie de actividades renovadoras del pensamiento español” que iría cuajando en la creación de la revista Teoría así como de la Sociedad de Filosofía e Historia de la Ciencia.

Nacido en el seno de una “familia tradicional”, aunque su padre “era republicano y de tendencia anticlerical”, estudia Carlos París en un colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Ya en la Universidad, decide entregarse a dos ambiciosos ideales: “Al trabajo filosófico, con la pretensión de aportar a la filosofía un nuevo sistema, y a la empresa política”, con el fin de acabar con la pobreza y la injusticia. Y, así, se deja cautivar por el “espejismo falangista”, en la creencia de que la Falange “era un movimiento que luchaba por una revolución que establecería las bases de una nueva sociedad más justa y anticapitalista, aunque, a diferencia de la izquierda clásica, poseía tal movimiento un alto sentido español y reconocía los valores religiosos”. Y… llegó la decepción. “Pero la mayoría de los falangistas, además de participar en la sublevación contra la República, con frecuencia de una manera sañudamente sangrienta, se incorporaron al Estado franquista. Algunos de ellos en cargos ministeriales, otros muchos en puestos de poder y prebendas menores, desempeñando un papel importante en la salvaje represión, al par que se lucraban de la generalizada e inmune corrupción. Con ellos los ideales que había proclamado inicialmente la Falange quedaban arrastrados por los suelos y la inconsistencia del Movimiento se revelaba a la luz histórica”.

Ante semejante desengaño, y en un primer intento, echa a andar por las vías de un “cristianismo comprometido” que ve encarnado en su gran amigo, el jesuita P. Llanos. Y, así, se inmerge en la barriada madrileña de Las Ventas, “donde existían numerosas cuevas que sirvieron de albergue troglodita a una parte de aquellas familias desamparadas”, llegadas de Andalucía y otros lugares de España. Trabaja, mano a mano, con los chabolistas, en los más acuciantes menesteres, pero no en plan caritativo y elitista, sino colaborando con ellos, de tú a tú, como un proletario más. Luego se enrolaría con el P. Llanos en el Pozo del Tío Raimundo, suburbio de Vallecas. Le tentó incluso la idea de abandonar los estudios filosóficos y hacerse jesuita, pero otro jesuita, el P. Díez Alegría, colaborador también del P. Llanos “me explicó con toda sinceridad que, por los caminos filosóficos en que me orientaba, en caso de hacerme jesuita, llegaría muy pronto una prohibición de mis desarrollos y alguna sanción por mis ideas”. En una segunda etapa, y como otros falangistas de buena voluntad, “se orienta hacia los partidos que de verdad encarnan nuestros ideales de crear una nueva sociedad”.

Un filósofo, Carlos París, empeñado en llevar a la práctica lo que su tocayo de Tréveris, Carlos Marx, había escrito: “[Hasta ahora] los filósofos se han limitado a interpretar diversamente el mundo; de lo que se trata, empero, es de cambiarlo”. Un hombre, Carlos París, en íntimas encrucijadas, como su paisano, don Miguel de Unamuno, sobre quien escribiría un libro magistral. He aquí, a modo de introducción, el hombre, el filósofo que, en 1951, se incorpora, como catedrático de Filosofía, a la Universidad de Santiago, con casi un mesiánico entusiasmo por cambiar, por situar a la Filosofía, a la Universidad, a la sociedad españolas a la altura de los nuevos tiempos.

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