Carlos París: Memorias sobre medio siglo. De la Contrarreforma a Internet.

Barcelona, Ed. Península, 2006, 397 págs.

Diego Núñez

Yo llegué a Valencia a finales de septiembre de 1961 para iniciar los estudios en Filosofía y Letras. Entonces, los dos primeros años de la carrera eran comunes a todas las especialidades: en el ámbito filosófico, en el primero existía una materia de “Fundamentos de Filosofía”, y en el segundo, otra de “Historia de los Sistemas Filosóficos”. Yo iba equipado, entre otras cosas, con el manual de Millán Puelles, que un amigo malagueño me había prestado tras usarlo él en Madrid. Con la mejor intención, me dijo al dármelo: “Ya verás lo útil que te va a resultar para pasar Fundamentos”. Para aquéllos que no llegaron a conocerlo, hay que decir que el libro de Millán se movía dentro de la Escolástica más pura y dura. Mas a la semana de estar en Valencia, un compañero del Colegio Mayor San Juan de Ribera de Burjasot, donde residía, que ya había terminado el primer curso, en un gesto de insólita solidaridad con un “novato”, me facilitó el programa de “Fundamentos”, cuyo autor –me comentó- era un catedrático “interesante” que no hacía mucho había llegado a la Universidad valenciana y que tenía por nombre Carlos París. Yo lo estuve hojeando detenidamente, y aquello, para mi sorpresa, era otro mundo; no tenía nada que ver con la Escolástica, en la que había estado sumergido durante el Bachillerato. Había temas de lógica “moderna”, temas de índole antropológica, temas que relacionaban la filosofía con la ciencia y con la técnica (Carlos París había publicado ya Física y Filosofía, Ciencia, conocimiento, ser y Mundo técnico y existencia auténtica), temas, en fin, en estrecha vecindad con la sociedad y con la ciencia que se movía a nuestro alrededor. Era, en suma, un programa muy sugestivo y eficaz incitador de inquietudes filosóficas. Nunca olvidaré que en este primer curso entré, por ejemplo, en contacto con un concepto, que me impactó grandemente, como fue el del “racionalismo prometeico”, una de las ideas más fecundas, en mi opinión, del pensamiento de Carlos París, que resulta de una gran utilidad y de una extraordinaria rentabilidad para comprender el verdadero espíritu de la cultura moderna. Honda huella dejaron también en mí ese curso su valoración de la historia del pensamiento español, sin anteojeras ideológicas; su crítica de la actitud gratruita y un tanto esnobista de importar pensamientos foráneos, aun cuando la operatividad de tales pensamientos en nuestro contexto nacional fuera más que discutible; o su visión de Unamuno desde perspectivas entonces poco transitadas.

Por razones familiares, al terminar el segundo año de Comunes, hube de venirme a Madrid, y fue en la Universidad Complutense donde cursé la especialidad de Filosofía. La añoranza de la experiencia valenciana me invadía a menudo. La estancia en la Facultad de Letras supuso de nuevo la más rotunda inmersión en la Edad Media. Y esto no es ninguna expresión metafórica, sino la más cruda realidad. En Lógica había que estudiar el manual del Padre Gredt, que estaba escrito en un latín macarrónico; en Historia de la Filosofía reinaba Muñoz Alonso, gran cínico y gran malabarista de conceptos, que daba la impresión de que se había hecho agustiniano para, con la coartada de la intuición, no tener que estudiar. Así podía compatibilizar la cátedra con la Dirección General de Prensa y con su alto puesto en Sindicatos. En Metafísica, nos encajamos en junio sin haber pasado de Juan de Santo Tomás. El panorama en la sección de Filosofía, con la honrosa excepción del profesor Aranguren, era desolador. Esta situación, a fuer de poco estimulante, llevó a algunos compañeros a matricularse al mismo tiempo en otras especialidades, como Psicología, y en mi caso, me empujó hacia la Sociología y hacia la Biología.

Valgan sencillamente estas palabras introductorias para reseñar uno de los aspectos más relevantes de la larga trayectoria académica de París: su papel renovador del anquilosado panorama de la filosofía hispana en esa época; tarea renovadora que ha continuado ejerciendo en décadas posteriores, como queda patente en estas Memorias y como avala su amplia lista de publicaciones.

Por hallarme en Alemania, no pude asistir a la presentación del libro en Madrid, y desconozco lo que sobre él comentaron los presentadores; presentación por cierto, según he podido ver en la convocatoria, realizada por personalidades de prestigio, como José Saramago, Martínez Montávez (rector que fue de la Autónoma madrileña y el primero en ser elegido en la España democrática) y Antonio R. Santesmases. Mas yo quiero hablar aquí de perfiles de Carlos París, que a mí me han tocado más de cerca. A fin de cuentas, como él mismo declara en las Memorias, “fue la universidad el eje perenne de mi vida” (pág. 191). Por eso, junto a la faceta antes señalada, deseo destacar su labor como reformador institucional-universitario. Su quehacer académico estuvo siempre animado por “el sueño de crear una universidad a la altura que requiere nuestra presencia más viva en el mundo científico y la elevación de nuestra sociedad” (pág. 366). Dentro de esta línea, un hito importante fue la creación de la Universidad Autónoma de Madrid y la fundación de la sección de Filosofía. En el libro encontramos datos de primera mano para conocer la historia de la Autónoma madrileña, narrados por una persona como él que fue uno de los protagonistas tanto en los momentos iniciales como en su devenir posterior. París contextualiza adecuadamente cómo las universidades autónomas nacen al amparo de la pretendida reforma de Villar Palasí en 1968, y cómo pocos años después el Régimen franquista, por sus propias limitaciones políticas, fue incapaz de digerir las reformas que él mismo había puesto en marcha. Menudean las anécdotas divertidas y curiosas sobre cómo se gestó el actual asentamiento de la Autónoma madrileña y las consecuencias que esto trajo para la vida universitaria. Se describe con fina ironía los motivos de su alejamiento a 14 kilómetros de Madrid, su posición en una hondonada, lo que París llama “aspectos topográficos”, a lo que hay que añadir el afán de una “arquitectura represiva” (pág. 260), explicitada en el diseño de los edificios. Hay abundante información sobre los eventos políticos-universitarios a partir del curso 1971-1972, así como en torno a los avatares acaecidos tras la muerte de Franco, en la etapa de la transición democrática, etapa que Carlos París analiza y critica con lucidez, poniendo de manifiesto las mistificaciones del proceso y las consiguientes frustraciones.

La constitución de la sección de Filosofía en la Facultad de Letras de la Autónoma madrileña fue otro hecho no menos significativo. Los criterios fundacionales, según nos dice el propio París, los tenía muy claros: “desarrollar una actividad filosófica abierta a los grandes problemas de nuestro mundo, no de proseguir la filosofía, que ya satirizaba Bacon, aquella que, como la araña, teje la tela a partir de su propia sustancia” (pág. 230). Este enfoque, en los tiempos que corrían, era algo insólito en el plano institucional. De este modo, se generó un plan de estudios enormemente innovador, que fue primero motivo de asombro para otras Facultades, y luego, modelo a imitar. La mayoría de los profesores, a los que París integró en el nuevo departamento, éramos gente desahuciada por la ortodoxia filosófica imperante e imposibilitados de hacer carrera dentro de la Academia. Allí convivieron en estos primeros años profesores de todas las tendencias. Era un departamento lleno de vitalidad creadora, en el que se producían vibrantes debates intelectuales. Los más frecuentes se daban entre los dialécticos o marxistas, los analíticos y los llamados “lúdicos” o nietzscheanos. Como el autor de estas Memorias señala, “cualquier relación entre aquel ambiente y el que hoy reina en la Universidad, desdichadamente, no es pura, sino imposible coincidencia” (pág. 236).

El relato de sus estancias en las Universidades de Santiago de Compostela y de Valencia nos aporta igualmente datos muy útiles para el conocimiento del ambiente universitario de ese periodo. Constituyen valiosas informaciones de cara a reconstruir la historia de la universidad española de los últimos cincuenta años, tarea que está aún por hacer. Lo mismo habría que decir de su intensa actividad intelectual, de la que se desprenden noticias y episodios de gran relieve para el análisis de lo que era la vida cultural en el franquismo y en los primeros años de la democracia. El libro resulta en este sentido un eficaz instrumento para recuperar la “memoria histórica” sobre lo acaecido en el plano universitario y cultural de ese periodo.

No podemos terminar esta reseña sin destacar otra vertiente fundamental en la vida de Carlos París, la de “intelectual comprometido”. En España, la génesis de los intelectuales como grupo social específico tiene lugar a finales del siglo XIX. Desde entonces, y propiciado por la situación española, han predominado en este ámbito dos características singulares: el compromiso con la realidad social circundante, bien como militante de un partido político o bien desde un ángulo independiente, y el modelo de intelectual como “mentor de opinión pública”, lo que lleva habitualmente a la colaboración en la prensa diaria como plataforma de expresión de ideas. Ambas connotaciones están presentes en la trayectoria vital de París. En la cuarta parte del libro el autor nos relata su itinerario hacia el PCE, y el paso del pensamiento a la acción, tránsito no siempre fácil en la vida de personas dedicadas primordialmente a menesteres teoréticos. Por último, no quiero dejar de apuntar un hecho, por desgracia hoy no muy frecuente: el libro está escrito en un buen estilo narrativo, claro y directo, en una prosa elegante y cuidada a la par que amena.

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