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Carlos París. Memorias sobre medio siglo. De la Contrarreforma a Internet.
Ediciones Península. Barcelona, 2006. 397 páginas.

ROMAN DE LA CALLE.

Valencia, febrero 2007.

Docendo discitur

— I —

La narración, que como hilo conductor, recorre las casi cuatrocientas páginas del libro que nos ocupa, comienza exactamente un día de septiembre de 1951 y finaliza un día de julio de 1979. Carlos París tenía, de hecho, 26 años cuando se inicia la narración que a él se refiere y ya había cumplido 54 cuando se da carpetazo momentáneo al hilo conductor de la obra, convertida así en el primer volumen de sus memorias.
Ahora bien, si la estrategia narrativa establecida recorre estrictamente 28 años de la vida de Carlos París, tal como hemos indicado, desde el principio al final de sus páginas, sin embargo el contenido total del libro, con sus saltos temporales, ocupa 54 años de existencia: desde aquel 1925 de su nacimiento en Bilbao hasta el fatídico acontecimiento habido en Zaragoza en aquel julio de 1979, con la muerte de Emy.
Después, se nos promete un segundo volumen de memorias, que llegará hasta la actualidad, tal como se nos indica, ocupando los últimos 28 años que aún esperan ser narrados e incrementamos vitalmente incluso.

De hecho, Memorias sobre medio siglo debe ubicarse, a nuestro parecer, entre otros dos libros, para ser perfectamente encuadrado en nuestras lecturas y expectativas hermenéuticas: (a) entre uno, que aún no existe, su segundo volumen de memorias, que tan sólo se nos ha prometido y se nos debe, por tanto, diría yo, pero que funciona como punto de atracción explicativa, como “orexis”, como dador de sentido de la narración ya ejercitada; y (b)frente a la existencia de una novela que justamente fue redactada, tras el desenlace dramático del 79, que ya hemos recordado, apareciendo, como libro, en el año 1981, aunque su contenido sea anterior. De nuevo, pues, los saltos cronológicos nos embargan.
Estoy hablando de Bajo constelaciones burlonas, novela que evoca explícitamente el ambiente de los años que siguieron a la guerra civil española y que quizás pueda / deba asimilarse a una especie de biografía no individual sino más bien referida a todo un fuerte núcleo generacional, al que perteneció el propio Carlos París. Se trata, ni más ni menos, de “otra narración” de distinto tipo a la ejercitada en el presente volumen de memorias, pero que yo no desligaría en absoluto de ellas. Antes al contrario, me apresuro a perfilar tal novela como enlace entre la imaginación y la memoria, entre la literatura de ficción y la autobiografía compartida.
En ambos casos el horizonte generacional de su autor pasa reiteradamente a primer plano, abriéndose al contexto histórico, al ambiente, al marco situacional de una serie de décadas. Y en ese panorama aflora la mirada curiosa, el sentimiento participativo y la acción comprometida de su protagonista, que nunca se nos muestra aisladamente, sino en círculos concéntricos, en interacción con otras personas; un marco donde lugares y épocas, intervenciones y recuerdos interactúan. Prefiere describir los escenarios, dejar que hablen los paisajes, los ambientes, los personajes menores… y la vida cotidiana. Es decir la intrahistoria.
Cuando Carlos París lleva redactado un tercio de este volumen, reflexiona respecto a su propio quehacer literario y expone: “Suele distinguirse entre las Memorias (más objetivas y externas, más atenidas a la pretensión de ser un documento histórico), las Confesiones (develadoras radicales de la propia interioridad) y las Autobiografías, que, de hecho, se presentan como una realidad intermedia”.
Bien es cierto que intermitentemente, a través de la estructura que da cuerpo al libro, y de la que luego hablaremos, Carlos París se aproxima a las memorias, dando estratégica cuenta de la evolución del mundo, del marco histórico y de su circundante escenografía. Pero asimismo, también intermitentemente, penetra en el relato de aspectos totalmente personales de su vida y de su interioridad. Entre las memorias y las confesiones se trenza ciertamente el hilo narrativo de su autobiografía.
Al fin y al cabo, en esa estrategia se dirige persistentemente al lector de manera apelativa, queriendo acentuar retóricamente esa función fática, de contacto, que desea establecer e incrementar con él: “Te veo, estimado lector, surgiendo ante mí y diciéndome: “estás exponiendo y juzgando jirones de una historia. Comparece (de una vez) y permite que ahora sepa quién eres y yo también te juzgue” (paginas 129-130).
Es así –ni más ni menos– como “las memorias” cruzan el íntimo dominio de “las confesiones” y devienen “autobiografía”. Una autobiografía con determinados flash-back, que explican y enriquecen las situaciones narrativas, con amplias y encadenadas contextualizaciones que enmarcan y describen las escenas, las anécdotas y los pasajes concretos, a través de los cuales se muestra la evolución personal, que corona y da sentido y profundidad a los textos.
El mismo Carlos París no regatea avisos y consejos a sus lectores: “En estas memorias encontrarás microhistorias marginadas y ejemplares. Espacios en que fulguran positivas realizaciones que, para su desgracia, no recogerá la nómina habitual del pasado. Zonas en que se desarrolla una dinámica propia, relacionada con los grandes problemas generales, pero liberada de las presiones que los poderes dominantes ejercen. Son islas en el gran mar de la historia, que los mapas oficiales no registran. Creo que gran parte de estas memorias mías se sitúan en ese territorio olvidado por la historia oficial” (Página 80).
En esos espacios narrativos de microhistorias nos vamos a mover, de la mano de Carlos París y de su voluntad de recuerdos.

— I I –-

Era, pues, un día de septiembre de 1951. Un joven catedrático de filosofía llega a la Universidad de Santiago de Compostela para ocupar la cátedra que ha ganado en oposición a sus 25 años.
De esta manera, la estrategia narrativa del libro responde, por tanto, a un evidente juego de flash-back, ubicado explícita y meditadamente a medio camino entre el Bilbao de 1925, como límite lejano e inicio de su existencia, al que volverá, y su posterior venida a la Universidad de Valencia, a la que asimismo retornará.
En resumidas cuentas, tras un prólogo situacional y reflexivo, por el que ya hemos navegado en nuestra lectura, las tres primeras partes del libro (de las cuatro que lo componen) se inician respectivamente –como una especie de bucle metodológico– con la llegada a una universidad diferente.
La PRIMERA PARTE (“Entre altos sueños y duras realidades”) es la más extensa, con 109 páginas, al abordar no sólo la dramática situación universitaria de la posguerra y en concreto la de Santiago de Compostela (capítulo 1), sino al pasar a exponer su evolución política en los años de juventud (capítulo 2), así como su vida pública en los años cincuenta (capítulo 3). Sólo luego penetra en la tarea de exponer su vida privada (capítulo 4).
Narra, pues, una historia articulada en momentos distintos, que él mismo desea explicar al lector, apelando a su atención de forma intermitente: “Quiero llamar la atención respecto a la evolución que aquí relato, que es ciertamente la mía personal, aunque no singularmente solitaria, ya que deseo presentarla acompañada por mentalidades afines. El rechazo del franquismo nos llevó a descubrir los horizontes de una revolución capaz de crear un mundo nuevo, sin explotación de clase, sin opresión de sexo, sin dominio de unos pueblos sobre otros. Alumbrar lo que Bloch llamaba la utopía concreta”.
“Tal era el discurso que movilizaba la mejor parte de la oposición a la dictadura y alentaba creadoramente en las entrañas de nuestros pueblos. Y quedó yugulado en la transición”.
Del mundo de la Contrarreforma al proyecto de una nueva Humanidad y a la caída sobre la mezquina realidad actual. Tales serían los tres momentos de la historia que relato. Dos de ellos (el inicial y el terminal) encarnados en realidades históricas: la del franquismo y la de la actual democracia). Y entre ellos una entidad de apariencia menos real, asentada en la imaginación creadora y esperanzada. ¿Flotando en el mundo de los sueños? Rotundamente no. No se trata de un sueño evanescente.[…] Por encima de las claudicaciones sigue siendo un proyecto realísimo. El único ideal cuyo triunfo puede iniciar la verdadera historia humana”. (página 16)
Esta primera parte, bien nutrida de reflexiones, anécdotas y críticas, finaliza con el golpe del destino que le separa trágicamente de Juanita, su primera compañera.

La SEGUNDA PARTE (“El despertar de los sesenta”), centrada en la Universidad de Valencia, cronológicamente la más breve (56 páginas del libro), ya que comparativamente permaneció sólo ocho años en el País Valenciano, supuso para Carlos París –en el despertar de los sesenta– un “volver a empezar” tal como titula él mismo el primer capítulo de esta parte. Volver a empezar familiarmente y académicamente, pero también volver a empezar en otros sentidos más abiertamente comprometidos…
Con Emy, su segunda compañera, tendrá una dilatada familia de cuatro hijos (tres mujeres -Inés, Isabel y Matilde- y un varón: Nacho), nacidos todos ellos en los años sesenta, entre el 62 y el 66.
En la Universitat de València-Estudi General, una de las tres facultades que contaba entonces con la especialidad de filosofía (además de Madrid y Barcelona) se le abre un nuevo horizonte: se está transformando la universidad intensamente y Carlos París participa de lleno de dicha tarea, como profesor, como ciudadano, como intelectual y como persona comprometida. Pero sobre todo como filósofo: así nos lo hace constar: “La condición de animal filosófico nunca me ha abandonado, tiraba de mí y seguía viendo que mi futuro estaba en la universidad” (página 86).
Y algo más tarde vuelve, de nuevo, sobre idéntica cuestión: “El centro de mi vida, dejando aparte los aspectos más íntimos y que considero los más importantes (mi relación con mis compañeras y con mis hijos) ha sido la dedicación a la filosofía, también a la literatura y a la universidad”. […] “Por ello me sorprende cuando soy visto exclusivamente en función de unas posiciones políticas y no de la labor filosófica y académica a que he entregado mi existencia”. (Página 99).
Los ocho años que dedicó a la Universidad de Valencia le influyeron y marcaron por su dedicación a la filosofía y a la docencia especializada, pero también por su participación insistente en la vida universitaria en sentido pleno y compartido.
Carlos París (“el Garrido” Carlos París, según Le Journal de Genève, al comentar su participación en las polémicas y tensas jornadas de 1965) se había convertido en un claro referente para muchos de nosotros. Le recuerdo en aquellas difíciles jornadas del 65, en medio de los numerosos universitarios en paro, en el claustro de la Universidad, respaldando las acciones de huelga y encierro, dialogando sosegadamente con los delegados.
Tuve como profesor a Carlos París en tres cursos y tres distintas asignaturas, durante aquellos años, y debo decir que aún conservo sus apuntes, como también los de algunos otros profesores de la época, centrados en su caso en aquella humana tensión entre ciencia, técnica y filosofía.
(Precisamente alguien que está realizando ahora su tesis doctoral acerca de la historia de la enseñanza de la filosofía en Valencia, en aquella difícil coyuntura histórica, durante el franquismo y la transición, está disponiendo de todo aquel abundante material mío, que ha permanecido perfectamente conservado, clasificado y encuadernado.)
El ámbito de las preocupaciones filosóficas de Carlos París ya estaba claro en aquel entonces y así nos lo comunica en sus páginas, acentuando determinadas funciones referenciales: “Mi trabajo ya había marcado unas líneas claras: la relación del pensar filosófico con la ciencia y la técnica, los problemas del ser humano y la sociedad, en una antropología filosófica y también el rescate del pensamiento español del sepulcro en que había sido hundido” (Página 230).
Tales líneas de trabajo cuajaron en Valencia y se consolidaron muy ampliamente en su tercera etapa, en la Universidad Autónoma de Madrid, “en su arduo empeño de fundar una universidad en tiempos oscuros”, tal como reza el título de esa tercera parte del libro.
El tránsito entre los sesenta y los setenta le sorprende, pues, ya en Madrid, centrado en poner en marcha un Departamento de Filosofía en una nueva universidad: planes de estudio, nuevos profesores, objetivos ambiciosos, nuevos alumnos y nuevos / viejos problemas.
Él mismo rememora muy expresivamente esta concreta bisagra entre Valencia y Madrid: “Con este equipo familiar se produjo nuestro traslado a Madrid. Quedaba atrás toda una etapa, los años en que había creado una familia y que fueron quizás los años más felices de mi vida universitaria. En ellos había empezado a vivir, en unidad con los alumnos, una universidad comprometida con la lucha por una nueva sociedad y con el pensamiento innovador”. (Página 190).
Quizás la Universidad de Valencia fue para Carlos París el laboratorio de posteriores experiencias y proyectos. “El panorama de la Sección de Filosofía de Valencia se fue modificando (en estos años sesenta) y se enriqueció con la entrada de diversos profesores hasta llegar a convertirse en la Sección más inserta en la actualidad y en la más creativa, a la cual acudían alumnos de otros puntos de España, huyendo de las rancias enseñanzas que en las demás secciones de filosofía (es decir en Madrid y en Barcelona) se prodigaban”. (Página 193).
Y Carlos París cita a múltiples profesores de la época con los que colaboró y compartió actividades (F. Montero Moliner, J. L. Pinillos, Manuel Garrido, Carlos Mínguez, Fernando Cubells, García Borrón o J. L. Blasco Estellés), pero recuerda asimismo a determinados alumnos, que ya destacaban en aquella coyuntura, y que luego sería relevantes profesores de la Universidad de Valencia o de otras Universidades.
Personalmente, en septiembre del 68 fui designado por Montero Moliner, ayudante de historia de la filosofía. Era mi primer nombramiento universitario y asumía así uno de los grupos en los que Carlos París había impartido docencia. Luego ya, desde 1970 me hice cargo de la disciplina de Estética y Teoría del Arte que monopolizaría mi futuro docente e investigador en varias universidades y en cuyo decurso me volvería a encontrar con la figura de Carlos París.
Cerrando este epígrafe de sus memorias apunta, insistiendo en una clara función connotativa de sus palabras: “Si hoy en día la Sección de Filosofía de Valencia posee un muy positivo balance y nivel, creo que ello se debe en buena medida, a lo que fue en los años sesenta, cuando estos profesores actuales eran estudiantes” (Página 199).

— I I I —

La TERCERA PARTE (“Fundar una universidad en tiempos oscuros”) se centra, en muy buena medida, como ya hemos apuntado, en la Universidad Autónoma de Madrid, con sus esfuerzos académicos y de gestión, con las ilusiones compartidas y de gestión, con las ilusiones compartidas con jóvenes profesores y nuevas promociones de alumnos. En torno, más o menos, a un centenar de páginas dedica a describir y analizar esta fundamental coyuntura: proyectos y colaboraciones, protestas y represión se alternan con fuerte presión vital. La transición política es vivida / narrada esencial y preferentemente desde el pulso propio de la vida universitaria.
De hecho, no es fácil deslindar la lectura de la tercera y de la cuarta parte (“La plenitud frustrada”), que cuenta con otro centenar aproximado de páginas. Y menos fácil –supongo– sería separar su redacción, dada la necesidad de articular, por parte del autor, la aproximación al contexto sociopolítico (“Los estertores y últimos coletazos sangrientos del franquismo”, capítulo I, IV parte), la descripción de la tensión universitaria (“La represión en la Universidad”, capítulo 2, parte III) y la mirada hacia la historia personal (“Mi itinerario hacia el PCE. De compañero de viaje a militante”. Capítulo 2, IV parte).
De este modo, Carlos París nos presenta cómo “la democracia da sus primeros pasos” (capítulo 3, parte IV), haciendo lo posible por aunar “memorias” y “confesiones”. Pero lo hace sin dejar nunca de apelar confidencialmente al lector en el desarrollo de su autobiografía: “¿Crees, amigo lector, que hice bien en el derrotero de mi vida, en la que ha dominado la vocación filosófica y no he pasado de ser un intelectual más o menos comprometido? En realidad, los exfuturos (que diría Unamuno) quedan a lo largo del camino, quizás en la cuneta, pero nos siguen acompañando” (Página 78).
El “Decano Rojo” se autorrevisa y revisa también su mundo y nuestro mundo: “La verdad es que el impulso de renovación que latía en la oposición más combativa y viva resultó mutilado. […] Se temía el impulso revolucionario que animaba la lucha contra el franquismo y pretendía una nueva España. […] Incluso el PCE resultaba demasiado moderado ante las voces que se oían en las universidades y en las fábricas”. (Página 331).
Y en esa línea de reflexión crítica continúa moviéndose Carlos París cuando se centra ya en el presente: “Sigo pensando que sólo la revolución, que acabe con la explotación y la desigualdad entre los pueblos y sexos y haciendo de la cultura un patrimonio universal, dará a la humanidad la altura de que es capaz. Pero todo esto –amigo lector– forma parte de una historia que relataré ya en la continuación de estas memorias”. (Página 357).
De esta manera se nos anuncia una nueva entrega, un nuevo volumen autobiográfico, que se ocuparía de los últimos 28 años que aún faltan por narrar, del conjunto de los 82 vividos por Carlos París.
De hecho, el presente volumen, esta primera entrega vivencial, reflexiva y crítica, finaliza con una especie de Apéndice titulado explícitamente “Retorno de la tragedia”. Y él mismo se hace una pregunta inquietante: “¿Será verdad que los dioses envidian la aventura de los mortales, como pensaban los griegos?”. (Página 391).
La cuestión es que la desgracia de aquel julio de 1979, con el accidente / incendio del hotel de Zaragoza en el que fallece Emy, su segunda compañera, cierra traumáticamente estas memorias.
En tales circunstancias, nos dice: “el mundo estético se levantaba en mí como más poderoso que el de la razón, incapaz de iluminar el absurdo en que me encontraba”. Y, en realidad, su primer empeño de escritura tras la tragedia fue dejar correr la fantasía en la novela Bajo constelaciones burlonas (1981), de la que ya hemos hablado, en su momento, y fue una primera aproximación novelada a las memorias generacionales compartidas con una serie de amigos y colegas de la posguerra.
Los libros, como los recuerdos, las añoranzas y los deseos, también se enlazan fuertemente entre sí, como las cerezas. Y tal sucede, en el caso que nos ocupa, cuajado de exfuturos unamunianos y de utopías concretas a lo Bloch. El inventario no deja de ser significativo: 43 años de docencia, 10.000 horas de clase, piloto, minero, filósofo, político, decano, intelectual, viajero empedernido, investigador, emérito y “candidato”… con cuatro hijos, tres compañeras y una abundante bibliografía. Sin duda, a Carlos París le gusta claramente hacer balances. Pero ¿para qué ir más allá, en estos momentos?
Leed el libro, en espera de su segundo volumen. En él se nos recuerda o se nos descubre, según las generaciones de los lectores, el alucinante panorama de la época de postguerra; se nos posibilita un mejor entendimiento del pasado reciente e incluso del presente; pero sobre todo se nos invita a reflexionar y a desarrollar un saludable ejercicio de análisis y de criticidad.

Cuando fui invitado a participar en este acto de presentación del libro de Carlos París en Valencia, rodeado de amigos y de colegas, también los recuerdos se activaron y entrelazaron en mi memoria, como una lejana película en blanco y negro.
Amicis denique hora. Cualquier momento, circunstancia y oportunidad es buena –como nos recuerda acertadamente el adagio latino– para estar, si se nos solicita, al lado de aquéllos que ayudaron ejemplarmente a nuestra formación y que incluso tomaron parte en nuestra propia existencia, en una especie de cruce entre caminos.
Uno no elige a sus alumnos, como quizás tampoco seleccionamos a nuestros profesores, sin embargo sí que podemos elegir a nuestros maestros. Y lo hacemos.
Jamás olvidaré un consejo de Carlos París, que luego he visto asimismo citado y recogido en la página 18 de sus memorias: “Nunca hay que confundir el abandono de la ética con la libertad

– El acto de presentación del libro de Carlos París, en Valencia, tuvo lugar en el Salón de Actos (Sala de la Muralla) del Colegio Mayor Rector Peset, el día 2 de febrero del 2007. Participaron los profesores: Carlos Mínguez, Román de la Calle y Carmen Alborch, precediendo, en este orden, la intervención de Carlos París, antes del coloquio final.
.- Las referencias bibliográficas a la filosofía de Carlos París son expuestas y tratadas en la presentación desarrollada por el profesor Carlos Mínguez, tal como acordamos diferenciar nuestras intervenciones en el acto de la presentación del libro.

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