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El rapto de la cultura
Ed. Mañana, SA. Madrid, 1978
Ed. E. Laia,Barcelona, 1983

PRÓLOGO

El rapto de la cultura por los poderosos: un grande y terrible tema de toda nuestra historia. Junto a la explotación del trabajo humano. Junto al crimen y la guerra. Grandes ejes que organizan, reforzándose mutuaménte, el chirriante giro de una historia doblegada por frustraciones. Cuyo viento desolador se llevó la Imagen de otra historia posible: la convivencia de los hombres, abrazados en el gozo de su existencia, en la fiesta en que crecen las energías capaces de hacer un mundo a nuestra medida y revelarnos nuestras más altas posibilidades.

Sí: el rapto de la cultura, un hecho complejísimo en sus alcances y resonandas, un dilatado panorama que explorar. Primaria, radicalmente significa algo decisivo: la realidad de que la cultura como elaboración superior y como forma de vida ha sido arrebatada a las masas. Y entonces resuena como motivo básico el despojo y clamor de estas multitudes. De unas muchedumbres que levantaron catedrales, botaron naves dominadoras del mar, alzarono inmensos pájaros de acero, estremecedores de un espacio atónito. Que forjaron también los instrumentos con los cuales hemos explorado el infinito inmenso del espacio y la oquedad infinitésima de la célula y el átomo. Son los “aceituneros altivos”, los canteros y leones, los picadores de las minas, los obreros de las fábricas. Hombres y mujeres que con su trabajo físico han sostenido la historia del progreso humano. Mujeres que han parido y amamantado la carne de sufrimiento y explotación, que ha prolongado las savias de esta fuerza de trabajo y desarrollado el oscuro laborar doméstico, aún más ignorado y robado que la faena productiva. Manos armadas secularmente de martillos y hoces, vencedores de la materia, protagonistas de una épica creadora, sobre la cual se han encaramado las minorías. Hombres y mujeres agentes de una cultura manual que desarrolló nuestro cerebro y posibilitó la ciencia moderna. Y a quienes se ha querido negar la comprensión de su la tarea, el perfil de las ecuaciones que encierran los ritmos y leyes a que esta insistente labora se ajusta.

Hombres y mujeres, a cuyos ojos llamados a leer la grandeza del cosmos se ha velado la lectura de las grandes armonías de los astros. Cuyas bocas se ha do enmudecer para el discurso en que la palabra alcanza la plenitud del rigor o la belleza. ¿De qué nos sirve la libertad de expresión -nos dirán- si nuestra voz ha sido privada de los grandes recursos de la palabra trabajada durante siglos por los profesionales del verbo? ¿Para gritar nuestro despojo y reclamar lo que nos ha sido arrebatado? Se nos ha querido reducir a la imagen silente del coro que admira y aplaude, que sentado sobre el polvo espera las grandes decisiones del torneo verbal o físico de los señores y las órdenes que pondrán en marcha el ejército del trabajo o la violencia. Lenguajes de órdenes, los únicos permitidos a unos oídos en que la riqueza de mensajes son cantos de sirenas, a que debemos ser sordos, como los remeros de Ulises, si no queremos caminar a nuestra destrucción. Se nos ha educado, dirán, en la destreza de la mano, para que en las de otros no crezcan los callos, y se nos ha equipado con un pequeño talego de conocimientos imprescindibles para que la mano rinda su cometido.., y también con un equipo de sueños, de viejos cuentos con que adormecer nuestras energías capaces de romper los privilegios y levantar el hombre verdadero.

Esta sustracción de la cultura a las masas, este destierro de las multitudes ha determinado una cultura escindida, dividida por un tajo profundo. De un lado, los grandes mandarines, los chamanes con sus poderes mistéricos, los clérigos, los profesores, los sabedores, los tecnócratas hoy. En sus jardines han ido elaborando la cultura como faena propia del gremio. El jardín alejado del latido profundo de las aguas torrenciales, de la inmersión en la realidad más dura y cruenta, muchas veces se ha convertido en invernadero y la cultura ha ido cargándose de distancia y exquisitez. Sobre la necesaria complejidad de su técnica y su dificultad propia ha florecido la patología de la sofisticación, la acumulación de distinciones y contradicciones, brillantes lenguajes esotéricos, la pila ficticia de publicaciones, sólo necesarias para justificar nuevas publicaciones mostrativas de su vacuidad. La anquilosis, el rito, el bizantinismo y la escolástica una y otra vez han sido huéspedes del invernadero,

Y de otra parte, las multitudes, amasando con su experiencia cotidiana y las migajas desprendidas del symposium de los mandarines, su propio mundo cultural. Asentado en las vivencias primarias de la lucha con la naturaleza y la vida, con los duros materiales y las verdades metálicas. Hundiendo sus raíces en un humus remejido con evidencias básicas de lucha y sufrimiento, con la afirmación desesperada del hombre, troquelada en la solidaridad de la fábrica y el sudor, en las certidumbres de una indignación creadora. Pero recocido también con viejas supersticiones y retazos de cultura muerta. Carente esta cultura espontánea de la puesta en forma que el oficio intelectual produce, denunciando en su mutilación la injusticia de que es víctima.

Víctima, si, pero víctima todos en este gran holocausto, en que los verdugos mismos sufren la inmolación de sus más altas posibilidades. Víctima definitivamente la cultiva misma, dividida como la criatura del juicio salomónico. Sometida, poseída por las furias del poder, a un despedazamiento creciente, cuyos fragmentos descompuestos sólo pueden ser ya pasto de especialistas, llamados a reproducir a un nuevo nivel la servidumbre del trabajo domesticado y explotado.

La rebelión contra este estado de cosas arranca de los senos de la historia, coexistente y rival con la voluntad secuestradora de la cultura. Es una larga procesión de contestatarios que han luchado por romper los mitos paralizantes, las viejas hipnosis, unirlo desunido, instalar al hombre en el seno de una cultura universal, sin barreras de clases ni etnias. Toda la historia de la cultura está plena de luchas. En estateoría de esfuerzos el movimiento que creó la ciencia moderna encuentra una posición cimera. Cuando todo un nuevo mundo social de técnicos y artistas, heredero de la vieja disciplina medieval del trabajo invadió el recinto de los saberes académicos fosilizados, haciendo que la mano penetrara revolucionariamente en el reino del conocimiento. La actividad manual se hizo solidaria del descubrimiento y la teoría renovada se fundió con la praxis transformadora. El saber se hizo hermano de la invención y la superación del mundo dado. Una invención que dejo de ser hazaña de héroes legendarios, de dioses lejanos para convertirse en
posibilidad cotidiana de un hombre que divisa en el horizonte una nueva naturaleza y una nueva sociedad en que su posibilidad creadora culmine.

Pero, naturalmente, toda esta revolución que rompía muy viejas instalaciones fueferozmente combatida, denunciada desde los altos pedestales en que monocordemente se seguía salmodiando los viejos saberes y perseguida desde los tronos del poder, temerosos de terremotos que puedan conmover sus cimientos. Del sofisma a la hoguera se extiende la larga historia de los instrumentos represivos manejados contra los grandes esfuerzos creadores dela época moderna. Hasta que se impuso la asimilación de esta metodología innovadora, perennemente creadora. Y entonces se nos dio asistir al ataque más insidioso. Las viejas aves de rapiña abandonaron la anterior intentona aniquiladora, para iniciar la codiciosa apropiación del saber. La ciencia se convirtió en ‘cuestión prioritaria”. Y así presenciamos el nacimiento de este Leviatán asolador que es la utilización destructiva del trabajo de generaciones científicas. Se acumularon arsenales capaces de hacer saltar el planeta, se aquilataron técnicas capaces de dominar y destruir la mente, se estudiaron los puntos neurálgicos del dolor humano para hacer insoportable la tortura. Se afinaron las prácticas sociales capaces de empantanar al hombre en una vida estúpida. De las más altas posibilidades culturales brotó la barbarie máxima convirtiendo las masas en rebaños. Y junto a la polución física se condensó una nube sofocante de incultura, impulsando comportamientos primarios, despertando violencias atávicas o ilusiones paradisíacas, para que al final la regimentación, la voz de mando encuadradora aparezca como la posibilidad salvadora.

Y se retorna entonces en medio de los avances de nuestro mundo, de su imponente espectáculo de realizaciones a las formas más arcaicas de la cultura, en que su oculto esoterismo representaba la gran arma de las castas apropiadoras del saber, de los chamanes y los sacerdotes egipcios, de los intérpretes autorizados. Poderes que lanzaban al charco del terror al hombre que se enfrentaba con ellos, aun el poderoso monarca y el guerrero. Y desde aquí se irradiaba sobre las masas el tenor de la cultura, de sus poderes enigmáticos, que sólo el sabedor de casta, ayer el chaman, hoy el tecnócrata, embrida. La conveniencia de la sumisión y la obediencia. Pero los propios beneficiarios eran -como siempre- victimas de sus armas, de su voluntad dominadora, porque la cultura se erizaba de signos misteriosos, se cargaba de oscuridad y terror, en lugar de resplandecer en el mediodía racional que es su esencia.

Hemos aludido a un retomo, al control y esoterismo del saber. Pero hoy su signo es distinto. Ya no son ni siquiera los sabios sus detentadores. Despojados de su iniciativa y de sus instrumentos son obreros, meros fabricantes de potencias que los señores del poder se apropian. Nuevos desposeídos, aterrados testigos del destino de su trabajo, aprendices de brujo, deben encontrar su lugar en el conflicto que cruza nuestro mundo. Cuando la culturaen nuestros críticos tiempos conjuga el máximo de sus posibilidades y el punto culminante de su degradación, suena la hora de la gran revolución cultural. Del salto prometeico a los cielos del poder para robar el fuego e inflamar en él a las masas humanas ateridas por un despojo de siglos. Frente a la cultura arrebatada a los hombres y a la condición humana, la nueva violencia de su rescate liberador sobre los hombros titánicos de las masas.

Y entonces vendrá un nuevo arrebato, el del entusiasmo colectivo. El arrebato de la multitud en la “gran alegría báquica en que todos los miembros están ebrios”. En que el círculo enloquecido de la alegría gira festivo en tomo a la cultura nacidá a un nuevo destino. El que era su sino más propio y le había sido sustraído.

¿Es una utopía esta visión de la cultura recuperada, devuelta a las masas, esta imagen de una sociedad cuyo centro sea la creación cultural, de la humanidad universalizada en un filosofar colectivo? Evidentemente es una utopía creadora. Una utopía que nos aparece en la dinámica imparable que va extendiendo crecientemente la educación y el trabajo científico, aunque hoy este fenómeno se reduzca al ámbito de las sociedades avanzadas y se trate de degradarlo y manipularlo, para que el avance no se realice hacia la cultura verdadera, sino hacia su caricatura. Es algo que nos aparece en el vector de la historia como proceso de racionalidad y libertad crecientes, en lucha inagotable con los viejos atavismos. Y que habrá de significar sobre la transformación de las relaciones económicas y políticas, asumiendo y dando nuevas dimensiones a la colectivización, la realización más plena de la sociedad sin clases, el establecimiento de un mundo de nuevas relaciones sociales.

Pero es que, además, de un modo inmediato nos abre este gran tema, el rapto de la cultura, el sentido del movimiento más profundo de la crítica y transformación de la cultura actual. El paso de la mera insatisfacción, el gesto de impotencia o el remedio momentáneo, a la comprensión de nuestra patología cultural. Desde la raíz podemos entender en todo su significado tanto el actual violencia y deshumanización desprendida de nuestro mundo cultural científico y técnico como las relaciones autoritarias y selectivas, que dominan la transmisión del saber, la iniciación en la cultura. Y se diseña el programa de transformación, a través de un proceso democratizador que ponga la política científica en manos de los interese populares, que convierta la creación y transmisión de cultura en empresa desjerarquizada, en aportación solidaría dentro de los equipos de investigación y de formación pedagógica. Que inicie ya los procesos de comunicación entre los ghettos de los científicos y los obreros en una tensión dialéctica desde las realidades actuales, en un movimiento profundo de comunicación, más allá de la mera tolerancia, del paternalismo de unos y otros, o de la divulgación de una ciencia de fin de semana y de un trabajo manual como adorno humanístico y exhibicionismo del que no vive su profunda realidad. Poniéndose en marcha una nueva educación unificada, que abra los bienes de la cultura y la necesidad de trabajo a toda la sociedad.

Así, en las páginas que siguen se dibujan algunos de estos grandes motivos críticos. La necesidad de que la cultura, rompiendo su monolitismo e imperialismo, sea comprensión del otro, integración creadora de la pluralidad de nuestro mundo y, al par, comprendemos desde el dominio del sistema de valores propio de una casta impositiva la enorme frustración a que las culturas de nuestros pueblos de España han sido sometidas, para buscar en el futuro esperanzado que se nos abre la realización de las posibilidades que quedaron desbaratadas a lo largo del camino (capítulos 1 y 2). La necesidad de iniciar nuevas formas de pensamiento, comprometidas en el proceso de transformación del mundo, en la experiencia técnica y en la
revolución social, así como la crítica de nuestra práctica filosófica, se abren paso (capítulos 3 y 4). Para considerar después el tema de la ciencia, conquista tipificadora de la cultura moderna occidental en su deformación determinada por su utilización clasista yen su intento esforzado e insuficiente de renovar la filosofía. Se ha añadido una entrevista realizada por la revista Teorema; revista significativa de los intentos renovadores de nuestra filosofía en los últimos años. Abre paso a las perspectivas biográficas y anecdóticas. Esta irrupción de la subjetividad del autor, al hilo de las diferentes preguntas, quizá pueda ser iluminativa, a través de la presencia de la peripecia personal y generacional en estos difíciles años, de las consideraciones que llenan las páginas anteriores y de su proceso evolutivo.

En el agobio de nuestra actual vida universitaria, en medio del escepticismo general y la ilusión de unos pocos, en el empeño por sacar adelante los viejos proyectos renovadores, a través de tareas más exigentes de paciencia que de gratificación y que la imaginación mágica e infantil de tantos se resiste a comprender en su necesidad, he releído este puñado de trabajos que fieles y benévolos amigos me han animado a reunir en el presente libro. Son estos trabajos una selección de escritos redactados a lo largo de una época intensamente evolutiva de la vida española, desde la hegemonía de Carrero Blanco hasta la incipiente democracia que empezamos a vivir. Responden a imperativos inmediatos muy diversos que caracterizan nuestra vida intelectual, prologar un libro, redactar una ponencia para un congreso, intervenir en un ciclo de conferencias o en una obra colectiva, y han de ser detectables las múltiples sensibilizaciones que la oportunidad -el momento en que ante todo clama íntimamente la protesta por la sofocante represión o aquel en que se abre la esperanza- y esta intensa evolución histórica determinan en quien quiere pensar y actuar en su mundo histórico. En esta búsqueda de la identidad que caracteriza a los intelectuales de mí generación. Hay, estimo, una profunda unidad en todo caso, que las páginas anteriores han apuntado. Centrada en los dolores y esperanzas ante la cultura humana que inspiran estas líneas de presentación y que en las pagmas sucesivas pretenden ser en términos más conceptuales y menos pasionales análisis críticos y predicciones orientadoras de la acción.

Y hay, girando en torno a una temática unitaria, obsesiones repetitivas, que cercan los grandes motivos. Podríamos recordar aquí el símil a que tan aficionado era Ortega de los hebreos circundando la ciudad de Jericó, hasta derribar sus muros al son de las trompetas. Yo preferiría otra metáfora, la del ritmo, repetitivo, obsesionante del taller y de la fábrica. De los martillazos que moldean y esculpen las materias más duras con su tesón y su fuerza, que forjan las cuadernas de los barcos, los artefactos todos del trabajo humano. Porque nosotros no tenemos poderes mágicos, gracias ocultas de clarines, voces que hacen milagros. Poseemos sólo, y nada menos, la eficacia inmensa de las masas que, como el mar, asaltan una y otra vez la costa. Que a través de derrotas sucesivas, con empecinamiento irreductible son capaces de triturar los más orgullosos acantilados. Así serán destruidas las barreras que se oponen al ascenso cultural de las masas. Las muchedumbres que triunfarán en la gran inundación vivificante de las tierras que el orgullo de clase dejó yermas. Y que entonces experimentarán la gran floración, “las cien flores” y las “cien escuelas que compiten” en la explosión de nuestra creatividad cultural.

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