Carlos París

Bajo constelaciones burlonas. Ed. Nuestra Cultura. Madrid. 1981 pp44-46

Cuando la vida es dura, cuando la tierra se cierra ante el arado y los cielos arrugan su ceño, cuando los niños lloran porque el cuenco de leche está vacío y las manos que se tienden hacia el pan sólo tropiezan con migas, cuando la leña en el hogar se extingue y el viento ulula y la rueca se para, ayuna de lana, entonces el hombre se siente en el destierro y en su alma estremecida nacen imágenes mensajeras de otros mundos.

Cuando las fábricas se cierran, y el martillo pilón yace derribado y las estridencias metálicas han enmudecido, las multitudes cubiertas de negras boinas se apiñan desoladas ante las puertas herméticas. Y las obras paralizadas se convierten en osamentas de gigantes absurdos y las grúas son sólo inmensas jorobas estériles, Entonces en las ciudades estalla la angustia, la desesperación, y el hombre se transfigura ante la helada mirada del hambre.

Y las brujas retoman a un mundo que las creía sepultadas en tiempos remotos. Se citan en Zugarramurdi. Ya las puertas de los caseríos se oyen golpes tremendos que parecen reclamar las almas de los recién nacidos, Y se abrazan el padre y la madre, recitan viejos exorcismos, mientras nacen en los hondones del alma temores de milenios pasados. Y las gentes caminan entre los maizales, temiendo tropezarse con los muertos en el triunfo de la desesperación.

Cuando el poder restalla su látigo, reduciendo las multitudes humanas a rebaños, haciéndoles bramar como vacas con las ubres vacías, apenas se cree en el amigo y el miedo se apodera del hombre. Entonces nacen, crecen lo fantasmas, surgen de la tierra, vienen galopando desde los ríos, brotan de los fondos submarinos con rostros abisales. Son una niebla inmensa que envuelve y arrastra al hombre.

Esto ocurría en los años cuarenta. Nacían los fantasmas de las viejas trincheras, de las muecas de las casas hundidas por las bombas, de las cárceles en que sonaban los gritos de los vencidos, de las chabolas. Y se apoderaban de todo. Surgían también de las simas terribles de los que se creían vencedores y arrastraban como un perro su mala conciencia. Golpeaban a los que se querían instalar en la tranquilidad de la guerra ganada. Y arrastraban los fantasmas a aquellos jóvenes que habían visto la guerra desde la ingenuidad y el desamparo de la niñez, cuando los educadores exorcizan los fantasmas del hombre acuñando la idea de los malos. Y arrastrado por aquel viento fantasmal iba N. H. con sus camaradas de generación.

Los fantasmas son nubes que velan el paisaje, que se enredan, se atornillan en los árboles, falsean la imagen cotidiana de lo real y hacen presentes mundos que se creían lejanos. Y España era una niebla inmensa en que seres perdidos se llamaban a gritos, apretaban sus miembros para arroparse en su propio cuerpo aterido, tratando de arrancar las llamas que encendieran las viejas hogueras de los pastores, las luces con que se llaman los caminantes extraviados en la intemperie.

Pero las nieblas, las nubes no sobreviven mucho tiempo. Son criaturas del momento. El viento impetuoso las desgarra, arrancándoles gemidos, y las empuja contra las aristas exactas, duras, de las montañas. Entonces se convierten en lluvia, en dulce lluvia; se funden con la tierra. Envuelven el inhumano paisaje cósmico en dolor sosegado, fecundante. El espanto de lo irreal hácese blanda cuna brizada por las lágrimas de la naturaleza. Y surge la espiga, el fruto luminoso, la verde hierba de los pastos.

Así N. H. y sus hermanos de destino generacional serían lentamente empujados hacia las cordilleras de lo real, para romper la fantasmagoría de sus sueños, para hacerse carne de lluvia y descender sobre una realidad que les esperaba. Fundirse con ella. Quizá no una realidad definitiva, pero sí el fin de un viaje. De un primer viaje. Para experimentar nuevas frustraciones, ver quizá levantarse nuevas fantasmagorías y volver a empezar, con la alegría, en todo caso, de quien se siente frente a la roca inmóvil criatura del tiempo y del esfuerzo, ave que sobre la desnudez del mar bate incansable sus alas con la esperanza de nuevas playas.

Bajo constelaciones burlonas. Ed. Nuestra Cultura. Madrid. 1981 pp44-46

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