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Carlos París

Mundo técnico y existencia auténtica. Ed. Guadarrama, Madrid 1959, pp117-119. Reeditado en Revista de Occidente 1973

La aguda conciencia de la capacidad inventiva es un hecho bien reciente en la historia humana. La enorme amplitud del pensar primitivo, de grandes culturas antiguas y del medioevo mismo, duerme junto al polvorín, dispuesto a estallar, de nuestras inmensas posibilidades. Así el invento es percibido como un hecho excepcional, que cruza como un cometa los tiempos de la historia, hasta entrar en la época moderna.
Este fenómeno profundo, la toma de conciencia de nuestra capacidad, implica una transformación inmensa de nuestro ritmo histórico y nuestra fe en el hombre. Esta conquista espiritual supone algo aún más decisivo que sus resultados momentáneos, pues es el suelo mismo sobre el cual la aceleración de éstos descansa.
Resulta curioso y significativo cómo el hombre ha estado ausente de algo que representa no ya un mero potencial energético, sino una propiedad muy reveladora de su ser. También aquí se verifica la dificultad del humano “nosce te ipsum”. El ser inventor ha llegado a creer, durante dilatadas etapas de su jornada, que la invención era algo ajeno y superior a su capacidad.
Mas el hombre, lentamente, ha ido tomando conciencia de su inventividad como categoría propia. Frente a la visión del invento como algo excepcional, como don recibido, o carisma de una raza heroica, erguida en las lindes de lo superhumano, se ha ido viendo que en el fondo de todos nosotros latía dormida esta asombrosa posibilidad.
Recordemos la alusión de Ortega a la excelencia profunda latente como capacidad en el fondo de toda vida humana. Del orden moral, podemos pasar aquí a un terreno rigurosamente ontológico. En las ultimidades de la existencia están amordazadas plenitudes, encadenadas alturas de vuelo, que una falsa humildad, una ignorancia de nuestra propia grandeza emboza.
Y esto ha ocurrido con la condición inventiva del hombre. Ortega nos decía que para Moisés el héroe, toda roca era hontanar. Leído desde nuestro ángulo, la afirmación se carga de un curioso contenido. La materia pétrea que nos rodea está dispuesta literalmente a convertirse en fuente, en energía pura, cuando el hombre es capaz de estrangularla entre sus ecuaciones físicas.
La historia moderna, se ha ido llenando de calor, chorreando de vida, a medida que el hombre se hundía, con asombro, en el abismo de sus posibilidades técnicas. Cuando sus manos, su órgano indiferenciado preparado para el dominio, para empuñar la herramienta, acariciaba el torso de la nueva imagen natural que la mente conquistaba. Y se daba cuenta con lección asombrosa, simultánea de humildad y de orgullo, de que todo lo que hacía era imperfecto y perfectible. Inacabado siempre, siempre llamado a ser roto, como el niño que se cansa de sus juguetes, pero disparado siempre hacia una conquista ulterior. El patos fáustico de lo infinito, tan típico de lo moderno, conecta aquí con el descubrimiento de nuestra capacidad inventiva e inunda la condición humana.

Qué cosa más inevitable, llegados aquí, que ver levantarse la imagen del progresismo, como los navegantes que al doblar el Ecuador vieron aparecer sobre sus cabezas la cruz del Sur. Hoy, muchos desengañados, rotos en tal aventura, se ríen del ideal progresista. Es fácil, y más, es justo, dadas las formas bobaliconas que con frecuencia alcanzó. Hemos tenido ocasión de recordar reiteradamente la lección del pensamiento de entreguerras. Nadie, por muy elemental que sea, puede olvidar la enseñanza recibida. Pero seamos justos y comprendamos el fondo de grandeza que posibilitó tal simplismo.
A la concepción testamentaria de la historia, se opone esta visión progresista. A la transmisión hereditaria, el invento. Al aprendizaje, la creación, a la imitación, la aventura.
Hemos salido al espacio libre, a un viento y sol duros, en que el hombre tiene que encararse con todo lo que le rodea, para romperlo, superarlo y llegar más lejos. ¿No nos sentimos ahora, frente al tópico del humanismo antitécnico, inmensamente más solos?

Porque la herramienta que las manos paternas han dado no es la nuestra. Tendremos que forjarnos una nueva. Estaremos obligados a penetrar en nuestra intimidad, én el mundo de nuestra figura personal, para levantar un universo físico no solamente ético y artístico que lleve nuestro sello.
El solar patrimonial tampoco nos cobija, ni nos sirven sus viejos árboles para arropar en su sombra nuestra vida. Nuestras manos levantarán el orgullo de una casa que tenga nuestro estilo y el esfuerzo de nuestros brazos plantará nuevos bosques.

Y la angustia existencial, ¿no hace su presencia aquí? Al filo precisamente de esta soledad creadora. No es el aislamiento del ensueño, la morriñosa nostalgia de lo materno, sino la noche tense de vigilia en que se prepara un plan de acción. Es imaginación para el dominio y la lucha.
Cada generación se hace hija de sus propias obras. Recibe sus talentos, pero ¡ay de quien los entierra! En el día de las cuentas no valdrá enseñar intacto el patrimonio que recibimos, sino haber compuesto un nuevo himno con las letras aprendidas.
Mas para percibir el hecho técnico, armado de estos valores, es preciso contemplarlo en su auténtica dimensión de creación, de invento. Volvamos, otra vez, sobre la distinción fundamental entre la creación y el disfrute técnico. El inventor, el ingeniero, el piloto, el productor, de una parte, y el burgués de otra.

La diatriba antitécnica parte de un mundo en que la inventividad se ha estancado. Monstruosa situación técnica desmedulada que ha perdido su propia esencia. Este es, precisamente, el estado de los mundos técnicos descritos por Huxley y Orwell.

Tal situación vivencial, en una historia formada por hombres que se sienten capaces del invento, no puede por menos de expresarse y repercutir de un modo global. Los seres humanos se sienten llamados a una perfectividad ilimitadamente abierta en un dominio bien concreto, la conquista técnica de la realidad. Mas de aquí saltará la fe, el entusiasmo conseguido a campos bien distintos.
Hemos subrayado ya la unidad, con la concepción progresiva de la historia. También con la idea del cosmos entero y la vida como proceso ascencional. Finalmente, la concepción misma de nuestro ser como proyecto.
Platón, el gran filósofo de la caída, del hombre desterrado, del saber cómo recordar, al volver sus ojos a la ciudad ideal, diseña como utopia una vida pasada, una dudad que traslada la sociedad indoeuropea primitiva y aspectos de la existencia neolítica. El hombre moderno mira al futuro.y crea el sentido revolucionario, el ideal del avance histórico. La democracia que recoge este afán plebiscitario de voluntades capaces de erguirse y crear, de revisar e innovar. Con esta igualdad teórica con que en el fondo de cada alma humana está la genial capacidad del invento.

Mundo técnico y existencia auténtica. Ed. Guadarrama, Madrid 1959, pp117-119. Reeditado en Revista de Occidente 1973

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