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CARLOS PARÍS

ed. PUBLICO, sábado 31 de Enero de 2009

No deja de ser curioso observar que, en el debate sobre el Plan Bolonia, una gran parte de los estudiantes, supuestos beneficiarios del mismo, lo rechazan, frente a los rectores, que lo defienden, y a los ministros, que lo acordaron y firmaron. La masa frente a la minoría gobernante. Una manifestación más del modo en que, en la Unión Europea, la elite en el poder marca caminos que divergen, muchas veces, de la voluntad popular. Y los dirigentes imponen sus decisiones, aun ante votaciones democráticas, de las que se desentienden, y obligan a repetir. Pero, centrándonos en nuestro tema, ¿qué podemos decir sobre este controvertido Plan, llamado a crear el Espacio Europeo de Educación Superior y a transformar una Universidad que se tacha de anquilosada y desbordada por el desarrollo de los nuevos tiempos y las nuevas tecnologías?
Al discutir el Plan Bolonia no se puede olvidar el problema que representa la modificación del currículum académico, mucho más cargada de significado y de consecuencias de lo que aparenta. Se acortan los estudios de licenciatura y doctorado para desplazar la formación del universitario hacia los masters. Ello implica un aumento del coste de los estudios difícil de resolver mediante préstamos –porque condicionan al profesional salido de las aulas– o a través de becas –ya que en nuestro país son muy reducidas–. Este es un aspecto económico que ha sido destacado en la rebelión contra el Plan. Pero, además –y en ello no se insiste tanto– semejante desplazamiento supone un retroceso en la manera de plantear la formación que la Universidad debe dar.
De la atención básica a una formación general que, con rigor, prepare la inteligencia y transmita la cultura, atendiendo al desarrollo del alumno, para una vida más plena, y para la aplicación de tal desarrollo a actividades múltiples y cambiantes, transitamos a la adquisición de miniespecializaciones, que encierran la mente en un estrecho recinto. Y priman las habilidades sobre el conocimiento. Cuando, ya en los sesenta del pasado siglo, se planteó la crisis de la educación y sus salidas, se insistió por autores como Richta en el mundo socialista o Coombs en el capitalista, en que lo importante, en tiempos de acelerado cambio, no era la especialización y la adquisición de habilidades unilaterales, sino la capacidad de “aprender a aprender”. Ahora, encubierto por un engañoso manto de innovación, retornamos a ideas que, hace medio siglo, habían sido superadas. A la formación de especialistas.
Los test de Spearman establecían el factor G, de desarrollo general de la inteligencia, como un elemento básico en su rendimiento. Podríamos hablar, trasladando claves, de un factor G en la educación. Y este es el que potenciaba el currículum de los cinco años de licenciatura y el doctorado, con una formación global. Y que, en medio de sus deficiencias, ha permitido el desarrollo de la ciencia europea.
No podemos olvidar que la capacidad de creación científica más profunda está unida a una amplia formación general. Figuras importantes de la física cuántica, como Scrödinger o Heisenberg, escribieron sobre los filósofos griegos. Kuhn mantenía que las ideas innovadoras en la madurez sólo se daban cuando se era capaz de abordar campos científicos inéditos respecto de las dedicaciones anteriores. Y la mayor importancia de la ciencia reside en sus desarrollos teóricos, especulativos, base de las ulteriores aplicaciones. Es aquello en lo que una auténtica Universidad debe insistir.
Giner de los Ríos hablaba en su época de tres modelos de Universidad en nuestro espacio europeo: la alemana –dedicada desde Humboldt a la ciencia pura–, la inglesa –orientada a la formación del carácter– y la latina –centrada en la preparación de profesionales–. La Universidad estadounidense, posterior a las europeas, desde la creación de la John Hopkins, mostró un nuevo modelo, el de la “estación de servicio” de las necesidades sociales, tal como la apodaron sus críticos. Claro que hay que distinguir entre las necesidades de la sociedad, en toda su amplitud, y las que gobiernan la economía de las empresas. ¿Son estas las que en el Plan Bolonia van a regir la Universidad, como temen nuestros estudiantes?
No pretendo negar la importancia de la relación Universidad-Empresa, que, por cierto, en la Universidad Autónoma de Madrid iniciamos hace largo tiempo. Pero sí la supeditación de la primera a la segunda, que parece revelar la nueva organización de los estudios. Tampoco niego la importancia de las nuevas tecnologías, pero sí su mitificación supersticiosa. Se repite tópicamente la crítica de las lecciones magistrales, pero la enseñanza que puede llegar de un maestro al estudiante es mucho más aleccionadora, rica y estimulante que la que le procura la pantalla de un ordenador. Pensemos, al respecto, no en los recelos que un inadaptado a las nuevas tecnologías puede padecer, sino en la crítica que, nada menos que el creador de ellas, Wiener, hacía en su God and Golem de la fe alienante depositada por los actuales humanos en las máquinas. Y que patentiza, nuevamente, la diferencia entre los grandes creadores y los beatos de la innovación.
Lo que la Universidad necesita son más medios y profesores. Maestros bien preparados y entregados a la investigación y la enseñanza y alumnos deseosos de saber. Bien está, sin duda, la creación de un espacio europeo de enseñanza superior, aunque el ideal sería la creación de un espacio universal mas allá de las fronteras, pero siempre que este espacio sea el libre desarrollo del conocimiento y la comunicación desinteresadas, no el del pragmatismo mercantil.

COMENTARIOS EN: publico.es

Comentario por primo — 31/01/2009

Esta bien que en un mismo medio se difundan diferentes opiniones -en contra y a favor- del proceso bolonia, lo que no esta bien es que unas se escondan más que otras.
Excelente articulo

Comentario por Desertor del Arado — 31/01/2009

Mucho me temo que esta sociedad está infantilmente mercantilizada y que los gobernantes de turno no hacen otra cosa más que reflejar los deseos de los amos del dinero. Es más cuando vienen mal dadas y producen una crisis sin precedentes los que más ayudas reciben son aquellos que dicen a los cuatro vientos no necesitarlas. Eso sí, el dinero lo cogen, lo usan y se lo gastan en pagarse sus bonus. Puesta así la cosa y con una Universidad en permanente deficit es fácil optar por el recurso fácil y hacer que los paganos sean los estudiantes, o sus padres. Todo ese análisis, tan brillante y acertado, que realizas en un artículo estoy seguro que se lo han pasado por el forro de sus miserias la mesnada que representa los intereses del Dinero en el mundo. Un abrazo

Comentario por rollingstone  — 31/01/2009

Los hechos desmienten bastantes asuntos de los que comenta el Sr.Paris. En muchas Universidades USA, mucha gente combina estudios de Ciencias , Sociales y Humanidades, aspecto que es promovido por la propia Universidad. Eso por la parte voluntaria. Además, en muchas es Obligatorio para los alumnos de una rama hacer alguna asignatura, como mínimo 2, de las otras dos, hablamos de Ciencias Naturales, Humanidades y Ciencias Sociales. En España, por el contrario no ha sido posible ese enfoque, sino que todo ha sido mucho más rígido y encasillado, aunque eso si, aqui somos todos nos hemos mantenido muy puros…
Hay otra crítica al Sr.París que es muy fácil: la Universidad Española nunca ha enseñado en serio a pensar, estando muy por debajo de las Americanas,Inglesas o Alemanas en ese aspecto, lo que se ha traducido en su irrelevancia secular en la creación de conocimiento en cualquier rama del saber, como todos sabemos.
Desde luego que las Universidades británicas son pragmáticas por eso generan descubridores tan mercantilistas como Newton,Darwin,Dirac, Rutherford, Faraday,Maxwell,Russell,Wittgenstein,Adam Smith, y miles de etc..
De Estados Unidos mejor no hablar porque necesitaríamos volúmenes para recoger sus contribuciones a la Ciencia y a las Humanidades. Claro que los hechos y la realidad no van a desanimar a nadie para seguir insistiendo en que allí sólo se trabaja ”a sueldo” del capitalismo y que aquí teníamos un Olimpo del conocimiento desde el que iluminabamos al resto del mundo, aunque ellos no se enterasen.
Una cuestión que ya aburre es la falta de interés por la Ciencia de algunos filósofos, por no hablar de su desprecio absurdo por la tecnología.

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