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Ponencia leída el 15 de octubre de 2009 en el Congreso Internacional “El pensamiento de Américo Castro. La tradición corregida por la razón”

Carlos París

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos” proclamaba Jesús, según el Evangelio. Entre estos hambrientos de justicia figura eminentemente nuestro señor Don Quijote, pero también su creador Cervantes y su investigador  Américo Castro, víctima de un violencia que le condenó a largo exilio. Y lo que ninguno de ellos encontraron en esta tierra- y mucho me temo que no haya otra- es la hartura que se le prometía. Sirva, en el marco de este congreso, esta reflexión sobre la justicia de homenaje a las tres figuras y de afirmación de la necesidad de proseguir la lucha por un mundo en que brille la justicia

La crítica de la justicia vigente
El comentario de Américo Castro sobre la obra cervantina nos ofrece, en relación con la justicia, tres grandes perspectivas. La primera de ellas es aquella en que Cervantes se muestra un duro crítico del funcionamiento y la organización de la justicia en la España de su época, objeto de radical repudio.  Los textos más conocidos y ciertamente muy expresivos son los pasajes en que los galeotes relatan los abusos a que han sido sometidos, valiéndose de  un lenguaje de bajos fondos carcelario, de “gente non sancta” según uno de los guardas, cuyos términos y usos desconciertan a Don Quijote. Pero a ellos añade Américo Castro otros que completan el aguafuerte.
¿ Cuáles son los males que aquejan al ejercicio de la justicia en aquella España? En primer lugar se debe citar el uso de la tortura para arrancar confesiones a quienes tiene la desventura de caer en manos de la justicia. Forzándoles a “cantar en el ansia”, según la vívida expresión empleada por los galeotes. Una práctica no sólo inhumanamente cruel sino nada fiable. Pues más sirve para medir la capacidad de resistir el sufrimiento que para desentrañar la verdad. Tal como explicaría la actitud apesadumbrada “pensativa y triste del galeote que confesó, que “canto como un canario”, mientras otros ladrones que le desprecian por su debilidad resistieron,
A tal  violencia se añade la difusión del soborno. La cual da un sentido de clase a la justicia, al favorecer y dejar impunes a quienes tienen medios económicos, mientras daña a “pobretes que están mascando barro”(1). Y que aparece también en las quejas de los galeotes, como es el caso del que declarara estar condenado por no más que por no tener diez ducados.  Denuncia a la cual ha aportado Américo Castro otros muy ilustrativos y expresivos textos.
Así en La Gitanilla. “Coheche, vuestra merced, señor tiniente y no haga usos nuevos, que morirá de hambre… ¿Habrá favor tn bueno que llegue a la oreja del juez y del escribano, como estos escudos, si llegan su bolsa”. (2)  O con gráfica expresión se nos dice en La ilustre fregona” : “Que no falte ungüento para untar a todos los ministros de la justicia; porque si no están untados, gruñen más que carretas de bueyes” (3)
A estas dos grandes lacras se añaden otras. Como la desproporcionada crueldad de las sentencias que se refiere en El licenciado Vidriera, al comentar “una sentencia tan exorbitante, que excedía en muchos quilates a la culpa de los delincuentes” . Aunque curiosamente tras ella se descubre una trapacera maniobra pues la finalidad de tan dura sentencia era halagar a los “señores del Consejo” dejándoles “el campo abierto “ para permitirles “mostrar su misericordia” (4)
Respecto a la competencia de los jueces clama  Cervantes, lamentando el poder de su arbitrio individual y la desdicha de aquellos que son víctimas de la “cólera de un  juez absoluto, de un corregidor, o mal informado o bien apasionado” ( 5) Y al añadir que “más ven muchos ojos que dos” parece anticipar la necesidad de los jurados. Frente a los jueces reprobados en Persiles describe la figura del buen juez. “Los jueces discretos castigan, pero no toman venganza de los delitos; los prudentes y los piadosos mezclan la equidad con la justicia, y entre el rigor y la clemencia dan luz de buen entendimiento” (6). Son textos ambos aducidos por Américo, y a los cuales podríamos añadir en esta misma línea aquellos prudentes consejos que Don Quijote da a Sancho para llevar a punto la tarea de gobernador.  “Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia” (7)
Y aún podríamos añadir en esta relación crítica. La aparición de mitos de la época, convertidos en delito. Tal es el caso del galeote al cual, además de habérsele acusado y condenado, como alcahuete, se le ha imputado “tener sus puntas y collar de hechicero”( 8), Delito este último  que el galeote niega haber cometido.  Y en que se hacen presentes las obsesiones fantasmales de la época, que alcanzaron su culminación en la caza de brujas, la cual en el caso de Salem ha adquirido tanta notoriedad.
Sería de observar  que, en este alegato crítico de la justicia de la época,  comentado por Américo Castro no se hace directa alusión al mal que  aqueja hoy a la justicia en nuestro país y es motivo de tanta desconfianza popular hacia ella:  su lentitud,  tantas veces, desesperante. Sin embargo, tal crítica aparecerá, implícita,  al comparar la justicia ejercida en el entorno de Cervantes con la manera más ágil de realizarla en otros ambientes, comoveremos.
En medio de su análisis de las ideas cervantinas por Castro, surge de repente un vívido lamento. Cuando compara los afanes del noble espíritu de Cervantes  con los que otros ánimos sienten “en los días aciagos por que España atraviesa”.(9)  Como señala Rodríguez Puértolas, en nota a pie de página de la edición crítica por el elaborada, y,  de acuerdo a la fecha de la escritura de estas palabras, Américo Castro  se refiere a la dictadura de Primo de Rivera. Y no deja de ser conmovedora esta dolorosa alusión,  leída hoy. No podía pensar Américo Castro que aquellos aciagos días serían superados por décadas mucho más sombrías y sangrientas, que le obligarían a padecer el exilio y en la tierra abandonada se llenarían de sepulturas bajo el imperio de la barbarie.
Pero, ya que hemos saltado de los tiempos cervantinos a otros más recientes, no deja de ser tentador contrastar las denuncias que hemos encontrado referidas a aquella época con el panorama de la justicia actual. Traerlas al presente y observar desgraciadamente, a  pesar de los siglos transcurridos, la escandalosa permanencia de los males repudiados, hoy bajo la máscara encubridora de un mundo justo y democrático. En que se han declarado solemnemente los derechos del hombre, de la mujer, del niño, de los mismos animales,  pero en que se sigue practicando la tortura, incluso con refinamientos proporcionados por la ciencia. En que la violencia bélica está al orden del día y tribunales internacionales, como el creado para castigar los crímenes  en Yugoslavia, sólo sirven para legitimar el injusto orden de los poderosos y  en que los responsables de inmensas masacres, producidas por las avanzadas armas tecnológicas de destrucción, quedan impunes.

La justicia natural
Pero, retornando a nuestro tema central, la visión cervantina de la justicia, expuesta y comentada por Castro, hemos de preguntarnos: ¿ Qué idea de la justicia tenía Miguel de Cervantes? ¿ Desde qué posiciones  realizaba su alegato crítico ? ¿O su tratamiento del tema se reducía a la mera crítica?
No es fácil imaginar una crítica que no se realice desde convicciones  más o menos elaboradas, que, opuestas a lo realidad criticada, permitan desautorizar a esta.  Y, efectivamente, según Américo Castro, al que estamos siguiendo, Cervantes  tenía una visión propia de la justicia, aunque no resulte tan precisa como sus  rotundas denuncias. Y así afirma:  “Cervantes se complace en oponer la justicia espontánea,  sencilla y equitativa, en suma, místicamente natural, a la legal y estatuida ; no se formula dogmáticamente esta doctrina en ninguna parte, pero los hechos la presuponen con la mayor elocuencia” (10)  . Y aquí se nos abre la segunda perspectiva sobre la justicia en Cervantes, vista por Américo Castro
El ideal que hemos visto pergeñado ¿se encuentra realizado en alguna parte? cabe preguntarse. Según indica Américo a este “molde cervantino de la justicia” se ajustaban “los moros, la reina de Inglaterra, Sancho, Roque  Guinart”. ( 11)
La alusión a los moros se debe a la idea de que en ellos la práctica  de la justicia se realiza sin complicaciones burocráticas. Como se refiere en “El amante liberal” y cita Américo Castro en apoyo a tal idea:  “Las más (de las causas) despachó el cadi, sin dar traslado a las partes, sin auto, demandas ni respuestas, que todas las causas, si no son matrimoniales, se despachan en pie, y en un punto, más a juicio de buen varón que por ley alguna”.  (12) Situación que también es alabada en el Quijote:  “Entre moros no hay traslado a la parte, ni “a prueba estése”,  como entre nosotros” (13) Y encontramos la misma referencia a la falta de trámites y fórmulas  respecto a la reina de Inglaterra, al indicar en La española inglesa”, como “sin acuerdos de letrados y sin poner a su camarera en tela de juicio, la condenó…” (14)
No deja de resultar sorprendente, hoy día, esta exaltación de una justicia ejercida individual y subjetivamente, cuando la evolución de las prácticas jurídicas ha seguido el camino de asegurar las garantías procesales. Y cuando el mismo Cervantes afirma que “muchos ojos ven más que dos”. Para comprender la posición cervantina es preciso tener en cuenta dos grandes supuestos. En primer lugar su desazón ante la justicia practicada  en su época,  que ve con ojos negativos, y que le lleva a soñar otros mundos, Y, en segundo lugar su exaltación de lo natural..   Aspecto en el cual insiste Américo Castro y que sitúa a Cervantes dentro de una amplia corriente. La que se origina en el Renacimiento, desde su  naturalismo, y yo añadiría, se extiende hasta el siglo XVIII, culminando en el pensamiento de Rousseau y sistemáticamente se desarrolla en el iusnaturlismo desde Hugo Grocio.
Escribe, así, Castro: “La noción de justicia se relaciona… con el concepto de la natural virtud  del hombre” (15). Y cita a Montaigne y a Charron como formuladores de esta idea. Que en nuestro tiempo tendríamos que cuestionar profundamente. Tanto en lo que se refiere la bondad humana, desmentida por la barbarie de nuestra historia, como respecto a la imagen de la naturaleza. Dominada por la lucha por la existencia y la supervivencia de los más aptos. Realidades que, sin embargo, no deberían gobernar el mundo humano, como pretende el darwinismo social. Pero, además, los reiterados desastres de Don Quijote, en su empeño de hacer justicia ¿no nos revelan la mezquindad y maldad dominantes en el mundo en que se desenvuelve su acción? ¿ No es la perenne lección de amargura que nos da la novela un testimonio de que estamos muy lejos de haber alcanzado la sociedad a que pueden aspirar los ideales humanistas de cara a nuestra más alta realización?

La  tolerancia
A la vindicación de la justicia de la reina de Inglaterra y de los moros, se añade la exaltación  de la tolerancia, que encuentra Cervantes en ambos casos. “En la Española inglesa la reina Isabel de Inglaterra, escudo del protestantismo, tolera y favorece junto a sí a la católica Isabela”, escribe Américo Castro. (16) Y, por boca de la reina, aprendemos que la estima tanto más, cuanto “tan bien sabía guardar la ley que sus padres le habían enseñado” Y, así,  hace prender a la camarera por haber intentado, llevada de un fantismo religioso, matar a la católica Isabela”, tal como antes hemos indicado (17) . Independientemente  de la tan discutible fidelidad histórica de la imagen de la reina,  lo importante es notar aquí el ideal de la tolerancia alabado por Cervantes. Tal como Américo escribe . “ No nos importa la irrealidad histórica de la reina que Cervantes  forja , y quizá a él tampoco; pero si el hecho de que el autor haya proyectado sobre la reina la idea de la comprensiva y señoril tolerancia …”(18)
Actitud que también se daría entre los moros. En los baños de Argel dice Vivanco: “Y aun otra cosa si adviertes- que es de más admiración- y es que estos perros sin fe- nos dejen , como se ve,-  guardar nuestra religión” (19)  Y es bien sabido que, en efecto, los musulmanes toleran la existencia de otras religiones bajo su dominio, como fue el caso de los mozárabes en España y de los judíos según nota Castro, en el norte de Africa (20)  .
Aunque semejante espíritu abierto, tanto entre los musulmanes como entre los protestantes, se vea cruzado por crueles actos de violencia y barbarie. Y así Osorio, prosiguiendo el discurso de Vivanco,  puntualiza:  “Que digamos nuestra misa- nos dejan, aunque en secreto. Mas de una vez con aprieto-  se ha celebrado y con prisa:- que una vez desde el altar, al sacerdote sacaron- revestido, y lo llevaron- por las calles del lugar- arrastrando”.
Pero, en todo caso, y en esta madeja universal de permisividad  y de violencia represiva,  la tolerancia es una virtud que críticamente echa en falta el autor del Quijote en la España de su época. Pues, como escribe Castro: “ Esa tolerancia según el ( refiriéndose a Cervantes) existe en Francia, en Italia, en Alemania, en la reina de Inglaterra, hasta entre los moros, pero no en España, donde los moriscos, españoles y bautizados, se ven forzados a buscar aquella virtud donde la hay”  (21)

Roque Guinart
Pero, en este recorrido me parece especialmente interesante la aparición  de Roque Guinart, en las páginas quijotescas, en las cuales un bandido es elevado nada menos que  a modelo de justicia. Y es que Roque Guinart “se opone con su legalidad propia a la ley oficial; reparte el dinero a su compañía con tanta legalidad y prudencia que no pasó un punto, ni defraudó nada de la justicia distributiva” escribe Castro. Y afirma de si mismo Guinart que es “compasivo y bien intencionado”. Cualidades que-añadamos-  se confirman en el desarrollo del episodio.  Vemos, así,  como imponiendo la equidad, obliga a sus hombres a devolver “todo lo que le habían quitado del rucio” a Sancho.   Y su natural compasivo se manifiesta cuando la desgracia de Claudia, arrepentida de haber dado muerte  por error a su prometido,  arranca lágrimas “de los ojos de Roque, no acostumbrados a verterlas en ninguna ocasión ”  (22)
La exaltación del bandolero, a mi modo de ver, alcanza un punto culminante, por el hecho de que vemos a Don Quijote por única vez rendirse. Cruzando las manos e inclinando la cabeza. Cosa que si bien es comprensible. cuando se encuentra ante más de cuarenta bandoleros y el se halla  a pie y con la lanza arrimada a un árbol, no guarda relación con el ánimo habitual y propio del caballero, capaz de enfrentarse con gigantes y con ejércitos enteros. Y convierte a don Quijote en prisionero de Roque. Además el mismísimo don Quijote entona la laudatio del capitán de  bandoleros a quien se dirige exclamando: “Oh valeroso Roque” . Y  afirmando  que la fama del mismo valeroso Roque “ no hay límites en la tierra , que la encierren” (23)
Son numerosísimas las trasformaciones, dignas de Proteo, a que a lo largo de la gran novela cervantina asistimos.  La conversión de un bandolero en modelo de justicia no es  obra de ningún encantador, sino del ingenio cervantino. Y resulta coherente con la actitud crítica de Cervantes  ante la justicia y ante la sociedad de su época en general. No se trata de una trasmutación de los valores, que diríamos en términos nietscheanos, sino del lugar en que estos se realizan, Han huido de la justicia oficial al espacio de lo marginal.
Es manifiesta la simpatía de don Quijote por las figuras no integradas en el orden establecido. En primer lugar las malparadas por el abuso delos poderosos y que es  misión de la caballería andante defender. Pero, también los marginales, o aquel que en la venta se niega a pagar y los mismos bandoleros, como acabamos de ver.

Sancho prudentísimo juez
Y llegamos así al ultimo ejemplo que A. Castro cita como modelo de justicia: el representado por Sancho Panza al frente de la ficticia insula Barataria. Un elemental labriego, analfabeto, inculto en todo lo que no sea recordar refranes, aparece convertido en prudente, discretísimo juez. Con la consiguiente sorpresa del mismo don Quijote.  El cual escribe a su escudero. “Cuando esperaba oír nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo, las oí de tus discreciones, de que dí,  por ello, gracias particulares al cielo..” (24)
La idea de que no se pueden ejercer los oficios sin una preparación se encuentra en el mismo Cervantes. Américo Castro describe “el interés  cervantino, por una sociedad culturalmente jerarquizada, con cada uno ocupando su sitio, sin atender  a su condición eclesiástica o hidalga” apuntando la posible influencia en esta idea del erasmista Juan López de Hoyos. (25) Y en “Los alcaldes de Daganzo” se señala la conveniencia de que a los alcaldes se le diere “carta de examen” para ejercer su importante función. Así don Quijote considera necesario aleccionar a Sancho con un curso, “moral” en la calificación de Castro,  antes de que acceda al puesto de Gobernador. Pero el desarrollo de la historia de  Sancho, en dicho puesto rompe con las convenciones.
¿Estamos en presencia de una nueva transmutación, comparable con la de Roque Guinart erigido de bandido en modelo de justicia? Por mi parte, diría que aquello a que asistimos es más bien a un revelación. A la salida a la superficie de potencialidades sumergidas por los tópicos sociales. Y  aquí, añadiría,  nos da Cervantes una de sus más importantes lecciones de crítica social y de política, sobre las cuales me agradaría llamar la atención,  pues no dejan de poseer actualidad.
Bajo la engañosa capa de las apariencias y las convenciones clasistas, que hacen pensar en Sancho como un sujeto apto solo para destripar terrones y servir a un señor, alientan en el importantes cualidades. Una inteligencia natural, unida al más realista sentido común, una imaginación poderosa y culminantemente una grandeza moral.
El primer aspecto recorre toda la novela y determina el incesante contraste entre la realidad vista por Sancho y las quimeras de don Quijote. Que, sin embargo, desde  la pretendida superioridad de su hidalga condición, desprecia los consejos de su escudero, persistiendo en sus locuras. ¿No se podría  aplicar esta crítica a tantos gobernantes de nuestro tiempo  incomunicados con la realidad social? .
Pero, además, goza Sancho de una potente imaginación.  Bien hace gala de su capacidad imaginativa,  cuando inventa su encuentro con Dulcinea o convierte a las campesinas que aparecen cabalgando borricos, en la tal Dulcinea y sus damas. Semejantes  trucos, evocando a Hegel, muestran las astucias de que se vale el esclavo ante su señor. En una relación en que el desprecio de la muerte por don Quijote, frente a la cobardía de Sancho, ilustra anticipatoriamente  las ideas del pensador germano.
Pero, por encima  de las cualidades señaladas,  inteligencia, sentido común, capacidad imaginativa, brilla la grandeza moral que acaba manifestándose en Sancho. De un modo muy preciso, y que me parece conmovedor, en el interesante diálogo que Sancho mantiene con la Duquesa,  en la íntima solidaridad y capacidad de comunicación, la complicidad que se establece entre dos personajes subordinados, la Duquesa como mujer de su época patriarcal, supeditada a su marido, y Sancho como criado de Don Quijote. Sancho confiesa, frente a supuesta credulidad, la lúcida convicción  de que su amo está loco. “… yo tengo a mi señor Don Quijote por loco rematado” dirá el buen Sancho. Y llega a afirmar que “ verdaderamente  y sin escrúpulos, a mi se me ha asentado que es un mentecato” (26)  Y, sin embargo, y aquí resplandece la sensibilidad afectiva de Sancho no ha de abandonarle. Ni lo hará en todos los días de su vida. “…seguirle tengo: somos de un mismo lugar, he comido su pan, quiérole bien, es agradecido, dióme sus pollinos, y sobre todo yo soy fiel, y así es imposible que nos pueda apartar otro suceso que no sea el de la pala y el azadón ”(27)
No hemos de sorprendernos, pues, de los aciertos de Sancho como árbitro de la justicia. Se ha colocado, aplicando el decir tópico, a la persona adecuada en el lugar adecuado y en el momento oportuno, aunque el lugar sea ficticio, una ínsula inexistente y el momento sea fugaz, pues se trata solo de una burla de los prepotentes y frívolos Duques.
Que no pueden imaginar el gobierno de un personaje salido del pueblo, carente de los carismas de la nobleza más que como una broma. Y aquí, tal como he desarrollado en mi libro “Fantasía y Razón- Don Quijote, Odiseo y Fausto”, (28) podríamos leer el relato como una parábola del modo en que las derechas ven el gobierno de la izquierda, en genial anticipación  cervantina. Que perciben como una subversión  del orden natural-  o del divino-  que establece una radical división entre aquellos nacidos para mandar y la masa destinada a trabajar y obedecer. Subversión que ha de ser liquidada, cuando se produce. Y, así, con profética lucidez en el relato asistimos a los sucesivos acosos a que un gobierno popular ha de ser sometido y hemos comprobado en la historia reciente.
En primer lugar,  el cerco económico, desde el aislamiento al bloqueo. Es la frustración que sufre Sancho, cuando su glotonería, propia de un estómago  heredero de  viajes hambrunas, se topa con  el supuesto médico don Pedro Recio de Agüero, natural de Tirteafuera, que le va retirando los apetitosos manjares. Y el padecimiento del hambre llega al punto de que Sancho “en su secreto maldecía el gobierno”. (29)  . En segundo lugar aparece el acecho y la conspiración, las inquietantes noticias que un mensajero trae con un carta del Duque a Sancho, en que se le advierte de la entrada de personas disfrazadas, de un comando de los servicios secretos, diríamos hoy, que pretende asesinarle. Y, en tercer lugar, fracasadas las anteriores maniobras, se producirá el asalto militar, parodiado en el relato cervantino.

La utopía libertaria
He comentado, siguiendo la pauta marcada por Américo Castro, dos formas  de la justicia: la que Cervantes encuentra ejercida en su entorno, objeto de crítica, y aquella, más natural y sencilla, que añora, contrapone a la anterior,  y ve practicada, sea en otros parajes, sea en el mundo de su imaginación literaria. Pero, por encima de ambas formas, planea,  un último y supremo ideal de justicia, que podemos designar como justicia utópica. Es la que anima el espíritu de don Quijote. Imbuido de una utopía libertaria. .
En este sentido, es expresivo, del ideal quijotesco su discurso a los cabreros. En el canta nuestro caballero “aquella dichosa edad y siglos dichosos” a que  “los antiguos pusieron el nombre de dorados”.  Se “ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”. “No había la fraude, el engaño, ni la malicia mezclábase con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar, ni ofender los del favor y los del inerese, que tanto ahora la menoscaban, turban  y persiguen. La ley del encaje aun no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había que juzgar, ni quien fuese juzgado” (30)  Todo un paraíso, cuya pérdida, y esfuerzo de remedio ha originado la nstitución en que don Quijote milita : “… andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y menesterosos” (31).
No es pues el Estado, que en aquella época despunta poderoso, en la forma de las monarquías absolutas, con su policía y sus tribunales, el llamado a asentar  un orden justo, sino el brazo individual del caballero. Convicción  que lleva a nuestro héroe a chocar con el aparato oficial, y a ser perseguido por la Santa Hermandad. Y a cuyo mantenimiento se une la exaltación de la libertad como “uno de los bienes más preciosos que los cielos dieron  a los humanos”. La conjunción de ambos puntos configura la peculiar utopía libertaria que guía  la acción y pensamiento del caballero de la Triste Figura.
La exaltación  de la libertad individual adquiere un interesante tinte  feminista en la defensa de la pastora Marcela, pero se manifiesta de un modo especialmente intenso y dramático en el lance de los galeotes.  Si Don Quijote, en el primero de ambos  episodios, hace brillar su condición de adalid de la libertad, tomando partido en favor de una doncella contra la bobalicona incomprensión y asedio de la comunidad masculina, su compromiso con la causa libertadora se manifiesta aun más encendidamente, cuando no es una doncella la defendida, sino una ristra de condenados, y el enfrentamiento se produce no con un grupo de civiles , sino con el poder del Estado representado por la Santa Hermandad. Aquí la utopía libertaria del Caballero de los Leones resplandece en toda su intensidad, en peligroso conflicto con el orden establecido. Con la potencia del Estado Moderno que inicia su marcha.

La liberación de los galeotes
Es significativo de la radical pasión con  que la libertad es defendida por nuestro héroe el hecho de que don Quijote, desde el primer momento rechace  la idea de que sea lícito hacer fuerza a alguien, imponiéndole aquello que su voluntad no desea. ( 32) Cuando Sancho le describe la cadena de galeotes, que acaban de divisar,  como “gente forzada del rey”, el Caballero cándidamente sorprendido desde su mundo ideal, exclama: “¿Es posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?”.(33)  Al parecer, para  nuestro héroe semejante forma de actuar solo seria propia de los malandrines y follones que la andante caballería combate.  O de los crueles y desaforados gigantes. Pero ahora se hace presente un nuevo gigante, muy distinto de aquellos que aparecían en las lecturas de Alonso Quijano: el poderío de los Estados que nacen a la luz de la modernidad. Un tiempo extraño para nuestro héroe.
Y, al llegar a la hilera de presos y sus guardas,  Don Quijote, desde la supremacía  del caballero andante,  se arroga el papel de juez instructor de la situación, tratando de descubrir si en ella, cual parece, se da algún  agravio.  Tras un  inicial rechazo de tal intervención,  por los cuadrilleros de la Santa Hermandad, aceptan estos que Don Quijote interrogue a los prisioneros, y, entonces, asistimos a un curioso diálogo entre el caballero y los condenados.
El dominio cervantino tanto del universo de la fantasía caballeresca, como de la realidad social, se manifiesta, una vez mas, en el divertido y chirriante contraste entre el decir y el mundo de la picaresca, de una parte, y las actitudes y lenguaje de Don Quijote, de otra.  Al respecto, no dejan de sorprenderme  las afirmaciones de Américo Castro cuando, comentando  este lance en la obra cervantina, escribe: “En resolución, Cervantes ha establecido el habitual contraste entre un mundo ideal y universal y la concreta realidad que le cercaba; pero, por tratarse de asunto tan vitalmente próximo a él, de contornos tan dolorosos, no hallamos el menor intento de sátira, de critica de la fantasía con que soñaba su alma noble. No hay aquí lugar para el escorzo humorístico, como acontecía con la Edad de Oro, lo pastoril, lo caballeresco o la esgrima científica”. (34) Por mi parte, estimo que ,  por el contrario, el episodio de lo galeotes con su sarcasmo es uno de los que, cargados de trágico humor   más intensamente revelan el misterio y la ambigüedad del Quijote
En el diálogo, como ya anteriormente he glosado,  salen a luz lo abusos e irregularidades de la justicia: el tormento, el soborno, el “torcido juicio del juez”, tan criticadas por Cervantes. Sin duda, como ha señalado, ahora muy certeramente,  Américo Castro,  las negativas experiencias vividas, en este dominio, por Cervantes,  inspiran el dialogo y su sentido crítico ( 35) .La conclusión es que la predispuesta actitud de Don Quijote se refuerza con la información recibida. Y así se desarrolla la segunda parte de la aventura, la liberación de los galeotes,  a la cual sigue la que podemos considerar como tercera, el apedreamiento del caballero, su rocín y su escudero por los presos ya liberados.
Podríamos decir en términos modernos, que la aventura discurre por los cauces de un ideal libertario, de una critica dirigida a los sistemas penitenciarios –como la que en nuestro tiempo desarrollará Foucault ( (36)– y una acción revolucionaria contra ellos. Pero son los ideales y fantasías de la caballería andante en la mente de Don Quijote los que dan su sentido peculiar, trágico-cómico, a la acción y la sitúan en el mundo cervantino.  Determinan la aparición del disparate. Surge, así, la burla cervantina, que corta el discurrir ideológico de la acción libertaria, produciéndose una cascada de acontecimientos esperpénticos.
Se manifiesta la parodia, primero, en el modo versallesco con que Don Quijote se dirige a los cuadrilleros, pidiéndoles nada menos que la libertad inmediata de los condenados a galeras. Por centésima vez asistimos a la idealización quijotesca de los seres humanos y a la visión irrealista de la  sociedad, unida al ucronismo arcaizante de Don Quijote, al tratar a los guardas como sujetos autónomos, capaces de tomar justas decisiones por sí mismos, sin atender a la “obediencia debida” y a la división del trabajo. Alejamiento de la realidad que Américo Castro califica de error moral, según, más adelante, comentaré. Y el disparate llega a su ápice,  cuando, desarmados los cuadrilleros, ordena Don Quijote a lo excautivos que retomen su cadena y se dirijan al Toboso, a rendir pleitesía a la inexistente señora de sus pensamientos.
Se ha recordado por algunos eruditos, al respecto, la costumbre según  la cual, los cautivos redimidos ofrendaban sus cadenas en una iglesia. Aquí tal práctica es secularizada, y convertida en un viaje imposible.  El disloque entre la exigencia quijotesca y las posibilidades prácticas es total. Imposibilidad que Ginés de Pasamonte aduce en un discurso todavía  respetuoso y sensato,  y que asentado en la realidad, desconoce el carácter  puramente imaginario de la meta que se propone a su peregrinación y que lanza la pretensión quijotesca al mundo de la quimera. . Con todo ello, hemos pasado, en el desarrollo del relato, de la exaltación del idealismo quijotesco a la sátira. Y, como término, a la más amarga melancolía .Que nos asalta cuando vemos a Don Quijote apedreado por los mismos a quienes había liberado de las cadenas.
Américo Castro comenta el desarrollo de este episodio dentro de su teoría del error, distinguiendo entre el error que consiste en “la falsa interpretación de una realidad física” y cuyos resultados son cómicos y el que se basa  en la “mala interpretaciónde una realidad moral” y cuyas consecuencias suelen ser trágicas (37) . Y aprecia tres errores morales en la historia que abalizamos. El primero de ellos  se refiere a la injusta desproporción entre los delitos y las apenas. “ “Aquellos sujetos no debieron ir a galeras“ “La sociedad y la justicia no debieron moralmente imponer aquellos castigos”.escribe Castro (38).
Los otros dos conciernen a la conducta de don Quijote. Así “los guardas están obligados, por su función, a no soltar a los galeotes”, aunque don Quijote cree su deber imponerles tal liberación. Y, finalmente, como tercero y más absurdo error, “quiere que vayan con sus cadenas a hacer pleitesía a Dulcinea” (39)
La verdad es que no me parece muy exacto asumir estas tres situaciones bajo la categoría del error. Un error moral se da cuando una afirmación que es falsa, al ser aceptada y creída, genera una conducta que sin tal  aceptación  no se hubiera producido. Y, si la falsedad es descubierta, suscita el consiguiente arrepentimiento, de quien se equivocó.  Claudia incurre en error moral cuando mata a su prometido, creyendo que este le es infiel. Pero un juez que sentencia sobre un testimonio obtenido bajo tortura no comete un error, sino una injusticia. Don Quijote, cuando fuerza a los cuadrilleros, no incurre en error, sino que actúa contra ellos, en plena coherencia con sus ideales libertarios, que no se someten al orden establecido. Si podría hablarse de error, en cambio, un error de cálculo, diríamos en términos actuales, cuando don Quijote, pretende que los galeotes retomen sus cadenas, para ofrecerse en pleitesía a Dulcinea, sin percibir que tales órdenes ni van a ser aceptadas, ni pueden serlo. Aun sin tener en cuenta la fantástica figura, inexistente fuera de la imaginación del caballero, de la dama a quien tal homenaje debería rendirse. Pero no constituye tal disparate, sino un ejemplo más, especialmente doloroso del aislamiento de la conciencia quijotesca respecto a la realidad.
Un episodio que encajaría adecuadamente  en la categoría del error moral, producido, de una parte,  por la exaltación de un personaje, en quien se deposita una inmerecida confianza, y, de otra,  por la desmesurada fe de don Quijote en su autoridad y capacidad de acción, es el de Juan de Haldudo. Cuando en la misma iniciación de su peregrinaje descubre a tal propietario, azotando cruelmente a un zagal a su servicio, atado a un árbol. Y, ante la palabra de Juan de Haldudo, cobardemente atemorizado, de resarcir al muchacho y no castigarle más, se retira satisfecho don Quijote, orgulloso de la justicia que cree haber impuesto, y cuyo resultado real es un apaleamiento aún mayor del infeliz adolescente,
Retornemos a  la aventura de los galeotes, ¿ Cuál es el mensaje implícito en esta tan dramático episodio? Reducir su ejemplaridad a la conclusión extraída por el héroe –“siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la  mar” (40) resulta natural en el ánimo del hidalgo, en su inmediata y atribulada aflicción  ante el fracaso. Pero quedarse en ella seria demasiado superficial  y reaccionario. El mismo Don Quijote, más tarde, asumirá su acción e incluso hará gala de ella, cuando la vea criticada.
Don Quijote, en efecto, transcurridos los momentos de decepción inicial, vuelve a vindicar el sentido de su gesta. Tal  ocurre, cuando el cura, con intención provocadora, a fin de picar a nuestro héroe, critica e  insulta a la persona que liberó a los galeotes,  y, por añadidura, fabula que él mismo ha sido asaltado por los liberados delincuentes. Todo ello, fingiendo no saber que dicho libertador es el mismo Don Quijote, allí presente.  Hasta que el infeliz de Sancho lo revela.  Y, entonces, Don Quijote levanta su voz, recriminando a su escudero y dirigiéndose a todos los que allí se encuentran, con estas rotundas palabras: “Majadero; a los caballeros andantes no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran por los caminos, van de aquella manera o están en aquella angustia por sus culpas o por sus gracias; sólo les toca ayudarles como a menesterosos, poniendo sus ojos en sus penas y no en sus bellaquerías. Yo topé un rosario y sarta de gente mohína y desdichada, y hice con ella lo que mi religión  me pide” ( 41)
¿No resulta moralmente menguado estimar que sólo se ha de favorecer en la lucha a los mejores o a las personas de quienes se puede esperar el agradecimiento? ¿No se entra, entonces, en una contabilidad de reciprocidades? No es esta, como vemos, la última y definitiva conclusión de la magnanimidad quijotesca. Ahora bien, en esta perspectiva altamente ética surge una nueva inquietud: ¿expresaría el episodio de una manera especialmente cruel el fracaso de lo ideales libertadores en un mundo demasiado mezquino?
Frecuentemente la amargura que nos asalta ante el final de la aventura es vista en términos que lamentan la imposibilidad de una justicia ideal. Así Américo Castro escribe: “…. la justicia pura, como tantas otras construcciones de la razón o del anhelo, cuando llegamos realmente a asirlas se nos van de las manos. La justicia encantadora prometida por el humanismo, queda maltrecha y abollada por la nube de pedradas que los galeotes arrojan sobre su libertador. Hay cosas que no son para este mundo, no obstante no tener sentido sino dentro de este mundo. He ahí la tragedia cervantina”. (42)
Evidentemente tal comentario de Américo Castro aparece como una resignada renuncia a los grandes ideales, resulta cargado de escepticismo respecto a la posibilidad de su realización en el mundo. En este sentido me parece, tal como expresé en “Fantasía y Razón·, más atinada la visión de Bloch, al criticar el utopismo “abstracto” de Don Quijote,  tan claro en esta aventura, sin renunciar, no obstante, a la marcha hacia la utopía que define las formas “concretas” de esta, y abre el horizonte del progreso y la esperanza. (43)

Ni leyes jurídicas ni económicas
No nació para defender la “razón de Estado” la caballería andante, tal como la vive Don Quijote. Al servicio de tal razón se creará la Santa Hermandad, la policía, los tribunales de justicia, el enorme y poderoso aparato represivo del Estado moderno. Y de él brotarán los servicios secretos, la CIA, los grupos paramilitares, los GAL, toda una patología, en que la pretendida razón de Estado, se manifiesta como plena “sinrazón”. Y que, en estos malhadados tiempos, se unirá al control de las mentes para integrar a los ciudadanos y yugular toda posibilidad de pensamiento y de acción críticas. Todo estremecimiento que cuestione la dominación de quienes se han instalado en el poder. Desde su escuálido jamelgo parece avizorar El Caballero de la Triste Figura el panorama que se configura lenta pero tenazmente. Y contra él, contra la sinrazón de su voceada racionalidad arremete con sus débiles, pero valerosas, inquebrantables fuerzas. Y proclama una más encumbrada racionalidad; la del “reino de la libertad”.
Un reino que defiende don Quijote , tanto para doncellas oprimidas en la cerrada sociedad patriarcal como para condenados por la justicia a servir como remeros forzados en las naves bélicas. Pero en el cual se considera ya aposentado nuestro héroe por su condición de caballero andante, negándose, en términos ácratas, a cualquier obligación social que no sea su empeño en la justicia.
Y así lo proclama, del modo más altivo, al enfrentarse con los cuadrilleros de la Santa Hermandad que pretenden apresarle. Oigamos sus palabras:
“Decidme: ¿quién fue el ignorante que firmó mandamiento de prisión
contra un tal caballero como soy yo? ¿Quién el que ignoró que son exentos de todo judicial fuero los caballeros andantes, y que su ley es su espada, sus fueros sus bríos, sus premáticas su voluntad? ¿Quién fue el mentecato, vuelvo a decir, que no sabe que no hay ejecutoria de hidalgo con tantas preeminencias y exenciones  como la que adquiere un caballero andante el día que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio de la caballería? ¿Qué caballero andante pagó pecho,  alcabala, chapín de la reina, moneda florera, portazgo ni barca?¿Qué sastre le llevó hechura de vestido que le hiciese? ¿Qué castellano le acogió en su castillo que le hiciese pagar el escote” (44)   El caballero andante, nuestro señor Don Quijote, proclama su soberanía privilegiada sobre los grandes resortes del mundo moderno, la economía con sus obligaciones y la razón de Estado. Los resortes que hoy día manejan los los actuales tiburones de la economía y del poder, Y, como Don Quijote se sienten por encima de ellos. Pero de una manera inversa a la de nuestro héroe. Porque ellos los gobiernan pulsándolos a su servicio, infringiendo las leyes que ellos mismos dictan e invocan y Don Quijote, en cambio, los ataca en desigual combate en nombre de la justicia ideal y la utopía.

NOTAS

(1)Américo Castro, “El pensamiento de adrides y otros estudios cervantinos” Ed Trotta, adrid, 2002 . p. 192

(2) Ibid, 192   (3) Ibid. 192   (4) Ibid 193   (5) Ibid 192    (6) Ibid. 193

(7) “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, II Parte, cap 42

(8) Ibid, I,cap 22

(9) Américo Castro, op. cit. p 192

(10) Ibid 190   (11) Ibid 190 (12) Ibid 191 (13) Ibid 191  (14) Ibid 191  (15) Ibid 189  (16) Ibid 274  (17) Ibid 275   (18) Ibid 275  (19) Ibid,  274  (20) Ibid p. 274, nota

Ibid 275

Don Quijote, II, cap 60

Don Quijote II, cap 51

A. Cstro, op. cit 76

( 26) Don Quijote II cap 33

(27) Ibid

(28) París,  C. « Fantasía y razón- Don Quijote, Odiseo y Fausto” Ed Alianza, Madrid

(29) Don Quijote,II 51

(30) Don Quijote I, 11.

(31) Ibid

(32) Habiendo tratado ampliamente este episodio en mi libro, antes citado Fantasía y Razón, reproduzco en esta parte de la ponencia algunos de los textos allí publicados.

(33) I , Cap. 22.

(34) ( A. Castro, op. cit. p 194)

(35) Cfr, Castro A. “Hacia Cervantes”,Ed. Taurus,, Madrid, 3º ed. 1967, pp. 191 y s.s.

(36) Véase M. Foucault, “Surveiller et punir”. Ed. Gallimard, Paris, 1975)

(37) Castro A., El pensamiento de Cervantes, p.124

(38) Ibid

(39) (Ibid)

Don Quijote, I, cap. 23

Ibid I, cap.30

Castro A. “El pensamiento de Cervantes”, p. 194

“Don Quijote es el utópico más grandioso, pero a la vez su caricatura…. Don Quijote constituye un ejemplo de conciencia activo-utópica demasiado emocionante …pero, sin embargo, la burla pone de manifiesto lo que puede hacer y provocar un sueño simplemente abstracto”. Bloch, E. “El principio esperanza”, trad. castellana, Ed Aguilar, Madrid, tomo III, 1980, p. 135

(44) Don Quijote, I, cap 14

 

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