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CARLOS PARÍS

(Trabajo publicado en el libro colectivo “O Darwinismo en Galicia”, Edición a cargo de Francisco Díaz Fierros Viqueira, Universidade de Santiago de Compostela, 2009, pp. 249-269)

Era el último año de la década de los cincuenta en el pasado siglo xx. Y estamos en Santiago de Compostela. Allí residíamos y trabajábamos tres Carlos, unidos por el nombre de pila y, más profundamente, por inquietudes comunes :  Carlos Alonso del Real que enseñaba historia y antropología, Carlos Soveral lector de Portugués y el que esto escribe y rememora Carlos París, entregado a la  especulación filosófica. Y decidimos traer al debate universitario la aportación de dos grandes figuras históricas, relegadas en la Universidad de aquellos tiempos por resultar altamente peligrosas para la salud espiritual que el régimen imponía. Tales figuras eran Marx y Darwin. Y curiosamente resulto que también  respondían al nombre de Carlos, Carlos Marx y Carlos Darwin. Brotaba, así,  un singular “carlismo” que no tenía que ver con aspirante alguno al trono de España, ni con las partidas que defendían su causa y animaron la pluma del gran escritor gallego Valle Inclán, sino con la renovación de nuestra Universidad.

La obra de Carlos Marx- y también de su compañero Federico Engels – fue objeto de un curso vespertino que se realizó en el edificio de la vieja Universidad, con asistencia de bastante público y que fue recogido en un libro editado por Guadarrama en 1961. Pero, ahora, me corresponde recordar el dedicado a Carlos Darwin, sin olvidar, naturalmente, el interés que el análisis de las reacciones de Marx ante las teorías de Darwin ofrece.  Y no sin dejar de recordar la represión que dos catedráticos de la Universidad de Santiago, Augusto González Linares y Laureano Calderón  padecieron en el siglo XIX, siendo expulsados de sus cátedras, hecho que jugó un importante papel en la creación de la Institución Libre de Enseñanza. (1)

El curso compostelano sobre Darwin

Dicho curso sobre Darwin encontró una motivación y justificación importante en el hecho de que en 1959 se cumplía un siglo de la publicación del famoso libro de, naturalista inglés “Del origen de las especies según la selección natural”. Las sesiones se desarrollaron  en el Colegio Mayor  San Clemente, del cual era yo Director  Y en cuyo espacio con ayuda de Alberto Giráldez, que hacía su doctorado en Fisiología Animal, de Raúl Calvimontes y naturalmente de Carlos Alonso del Real, todos ellos residentes en el Colegio, pude promover  muchas actividades culturales.

Intervinieron en el curso, pronunciando conferencias,  Carlos Alonso del Real, el biólogo  Faustino Cordón, el canónigo Guerra Campos y yo mismo.

Carlos Alonso del Real en su condición de prehistoriador, en que había intervenido en numerosas excavaciones, disertó sobre los orígenes de lo humano. Faustino Cordón era un biólogo experimental y teórico que había visto su carrera académica cerrada por razones políticas, pero gozaba de gran `prestigio y había dedicado a la evolución una parte importante de su obra. Y, justamente en aquellos años, según el mismo ha escrito, entre 1958 y 1960, la “mayor parte de su tiempo” la empleaba en estudiar “El origen de las especies”. (2)

Quizá al lector actual, si es conocedor de los últimos tiempos de la dictadura, en que se caracterizó como campeón de las posturas más cerradas, le sorprenda la presencia de Guerra Campos en el ciclo. Sin embargo su exposición fue muy abierta a las posibilidades que la evolución ofrecía para un pensamiento cristiano innovador. Apertura que también se mostró en su conferencia sobre el marxismo, dentro del antes aludido curso sobre Marx en que asimismo intervino. Pero en aquellos días era Guerra Campos mero canónigo y sus actitudes ultra se produjeron cuando se vio elevado a obispo de Cuenca. Quizá hay una ley, aun no formulada con precisión, según la cual, el ascenso en poder y privilegios ha de compensarse con un descenso en dotes intelectuales y apertura de espíritu.

Y ya que estamos evocando la intervención de Guerra Campos es posible recordar, anecdóticamente, que fue interrumpida por algunos cortes de luz. Uno de los cuales coincidió, a modo de ilustración, precisamente, con el momento en que Guerra afirmaba que los teólogos no podían hacer mucha luz sobre el tema. Pero no caigamos, amigo lector,  en teorías conspirativas,  No han de ser atribuidos tales cortes a ninguna acción de una censura eclesiástica, boicoteadora, que haría honor a la cerrazón del régimen, sino a los juguetones trasgos que habitan en Galicia y, con explicación más materialistas, a la penuria de los servicios eléctricos que el Santiago de la época- y en general toda España-padecía.

Más allá de estas anécdotas lo que no se puede olvidar es que el ciclo coincidió con la difusión del pensamiento de Teilhard de Chardin que se produjo, justamente, en la década de los cincuenta,  cuando Editions du Seuil inició la publicación de los volúmenes en que se recogían los numerosos escritos del jesuita, paleontólogo y pensador francés, que había desarrollado una amplia concepción espiritualista de la evolución. (3) En ella Teilhard centraba el desarrollo del proceso evolutivo en en la formación de “complejificaciones” crecientes. Entendiendo por tales “complejificaciones”, siguiendo el término que utiliza, no meras “complicaciones” o agregados de elementos, sino unidades centradas y estructuradas unitariamente. En su sucesión escalonada se produce la aparición de los fenómenos de  conciencia, que culminan en la conciencia autorreflexiva humana, “conciencia al cuadrado” o “infinito de la complejidad”. Y cuya relación interactiva define el último de los estratos evolutivos: la “noosfera”, iniciando una trayectoria  que culmina en una “concientialización universal”, espiritualización del universo, designada como “punto Omega”, que recuerda la apocatástasis paulina. Imagen de un final del universo que fue expresada ya por Unamuno en 1909 en su Discurso sobre el Centenario del nacimiento de Darwin, anticipándose a la visión que propondrá Teilhard ( 4). Y quizá ello influyó en la exposición de Guerra Campos. Aunque no puedo asegurarlo, pues, desgraciadamente no conservo notas ni cintas que recogieran el ciclo, y me permitirían  dar más cumplida cuenta  de sus contenidos.

Creo que el curso no sólo tuvo un valor testimonial de homenaje , sino que fue fructífero, tanto para los que en el intervinimos y nos sumergimos en la problemática del evolucionismo darwiniano, como para los estudiantes, muchas de cuyas preguntas revelaban un gran desconocimiento de la temática allí planteada.

El principio cairológico. Por una racionalización de la historia de la ciencia y la tecnología

El hecho de conmemorar un centenario invita a preguntarse por el sentido histórico del acontecimiento celebrado. En este caso creo que tal  reflexión resulta muy pertinente. ¿Por qué a mediados del XIX surge la comprensión de la evolución de la vida a través  del proceso de “selección natural?  Es relevante que tal visión no haya sido lanzada sólo por  Darwin, sino también y simultáneamente por otro naturalista, Alfred- Russell Wallace. Y con tan extremada coincidencia  que la memoria de este “On the tendency of varieties to depart indifenitely from the original type” se presentara en la “Linnean Society el 1 de julio de 1858, al mismo tiempo que el escrito en que Darwin resumía sus ideas, un año antes de publicar “Del origen de las especies”. Y el deseo de Wallace de dar a conocer sus ideas fue el desencadenante  que impulsó a Darwin a salir de la reserva con que iba elaborando sus concepciones.

Podríamos recordar en la historia de la ciencia moderna la también simultánea invención del cálculo infinitesimal por parte de Newton y de Leibniz. Y preguntarnos: ¿Por qué un momento determinado del pensamiento científico se ve enriquecido por ideas innovadoras en que coinciden diversos investigadores? ¿Por qué este misterio del tiempo propicio?

Marx en el Prólogo a la “Contribución a la crítica de la Economía Política de 1859” y, también, en el mismo año de la publicación del famoso libro de Darwin afirmaba que “La Humanidad no se plantea en cada momento mas que los problemas que puede resolver”.  Es la idea que he recogido y desarrollado en varios de mis escritos a través de lo que designo como “principio cairológico”, aplicando el término griego de “kairós”, momento  oportuno, coyuntura favorable. ( 5)

Indudablemente la Humanidad acaricia ideales y sueños que son irrealizables en un ambiente histórico determinado. Entiendo que semejante realidad no está excluida por Marx. Pero lo que flotaba en un mundo ideal o fantástico se puede convertir, en una nueva coyuntura histórica, en algo abordable e incluso urgente de resolver. Ello supone la alianza de medios capaces de solucionar  el problema (subprincipio de madurez) y de una situación apremiante  que atiza la investigación (subprincipio de urgencia) El viejo sueño de volar no sólo alimentó fantasías, como la de Icaro o las de las alfombras voladoras, sino que movió el ánimo de Leonardo, tratando de crear máquinas voladoras. Y, cuando aparecieron los motores de explosión, después los de reacción, y ello se alió con el espíritu y la economía modernos. ansiosos del transporte rápido y de la exploración, surgió la aviación. Es un llamativo ejemplo de una situación que podríamos ilustrar con  otras muy diversas historias. Y cuya aplicacíón a la historia de la ciencia y de la tecnología pienso que puede ser fructífera, a efectos de su comprensión racionalizadora.

Bajo un nuevo cielo conceptual. La transformación de la idea del tiempo

Entonces hay que preguntarse por las condiciones que hicieron posible e  impulsaron el descubrimiento de la evolución, a través del mecanismo de la selección natural, en la obra de dos naturalistas ingleses. Y el análisis de tal circunstancia nos muestra, entre otras cosas, la necesaria relación dialéctica entre experiencia y teoría, situando en el campo de la teoría la importancia de las categorías filosóficas, explícitas o latentes en una época.

En el cielo de las grandes ideas y representaciones, en  la global cosmovisión que, consciente o inconscientemente, preside el  hacer del científico  hay que situar, en este caso, la transformación de la idea del tiempo que se impuso en la modernidad. Ya en el mundo griego de habían producido atisbos de la evolución, especialmente en Empedócles, que anticipa la idea de la selección natural. ( 6) Pero en la cosmovisión helénica, marcada por  las ideas del destino y el eterno retorno, faltaba el marco adecuado para pensar evolutivamente los procesos vitales, Y a ello se añade el “esencialismo”, que concibe las especies como entidades inmutables. recortadas e independientes. al modo de las figuras geométricas. Aspecto  en que ha insistido certeramente Mayr  (7) Un esencialismo que caracteriza la epistemología de Aristóteles, el cual piensa que no hay ciencia de lo individual. Realmente podríamos comentar que el individuo ha tenido bastante mala presa. Nada más expresivo que la concepción tomista de esas criaturas superiores que representan  los ángeles, las cuales no son individuos, según el Aquinatense, carecen del principio de individuación al ser inmateriales, y resultan, entonces, puras esencias, géneros y especies. Y, sin embargo, tal como expone Mayr, las ideas de individuo y de población serán claves en la revolución que representa la concepción evolucionista.

Es  en  la modernidad, cuando se abre paso una nueva visión del tiempo. como proceso de innovación creadora. En la iniciación de la Edad Moderna asistimos a una interesante polémica entre las teorías inversas  de la degeneración y del progreso (8) Y será esta última la que se impondrá. Son diversos los factores que se conjugan para asentar la idea de progreso en el espíritu de la modernidad. Pero, entre ellas, sin duda, el descubrimiento e invención de la nueva forma de conocer que representa la ciencia moderna, con la percepción de las posibilidades que abre a la técnica, jugó un papel decisivo.

No es preciso sino recordar, una vez más, las esperanzadas palabras de Descartes en su sexta parte del Discurso del Método, cuando, según escribe, la “filosofía especulativa” enseñada en las escuelas sea sustituida por una “filosofía práctica” – que no es otra cosa sino la nueva ciencia-  “mediante la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, del cielo y de todos los demás cuerpos que nos rodean, podríamos… hacernos señores y poseedores de la naturaleza”. Dominio de la naturaleza que también expresó Bacon, concibiendo al ser humano como “magíster et interpreter de natura rerum” y que en Leonardo se levantó a proclamar al hombre como “dio della natura”. Los viejos temores ante las fuerzas de la naturaleza, que en Lucreció alimentaban la religiosidad, son sustituidos por la voluntad y seguridad de un dominio sobre tales fuerzas y la confianza de su utilización a nuestro servicio.

Ciertamente, hoy día el entusiasmo de estas afirmaciones no deja de producir inquietud. Sabemos que el ser humano no es dueño y señor de la naturaleza, sino, como escribió Marx en los “Manuscritos de Economía y Filosofía”, parte de ella, Constituye “nuestro cuerpo inorgánico”, según la gráfica expresión del autor del Capital. Y no es la naturaleza un enemigo, ni un poderosos amo al que hay que “vencer”, utilizando las astucias del esclavo como afirmaba Bacon: “Natura non vincitur nisi parendo”. La ecología nos ha enseñado que nuestra capacidad de utilizar los recursos del planeta, “los frutos de la tierra” en la expresión cartesiana, no puede caer en la explotación ilimitada, sino que debe ser racional. Armónicamente, guiada, si queremos evitar el suicidio. No somos dueños sino pastores del planeta tierra. Pero aquello que en estos momentos nos interesa es señalar como esta seguridad en el poder humano, recién conquistada, descubre un horizonte de futuro, cargado de expectativas y de innovación.

Y esta percepción esperanzada, rebosante de optimismo, del tiempo se extenderá a la sociedad con la Ilustración. Las grandes utopías del Renacimiento se dibujan ahora como realidades de un porvenir mejor. En el siglo XVIII se asienta la idea de “civilización”, en la década de los setenta, según Norbert Elias   (9) Y se establecerá la secuencia de salvajismo-barbarie- civilización. como etapas de un desarrollo humano progresivo.

Y esta visión procesual se extenderá, superando la concepción de la naturaleza como máquina, “el universo como reloj”- también el cuerpo humano y animal  en Descartes –  al mundo de las realidades físicas y biológicas, a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Ya Collingwood, en su obra “Idea de la Naturaleza, señalaba, lúcidamente, la representación de la naturaleza como historia, cual  la tercera gran concepción de la naturaleza, que sustituía a su visión como organismo entre los griegos y a su categorización  mecánica, en los primeros tiempos de la modernidad. Entonces, el tiempo no es un mero discurrir extrínseco a los acontecimientos que data, sino que penetra en ellos. Es la expresión de un proceso en el cual, según una lógica interna, surge el “novum” , lo antes inexistente.

En cierta forma podemos ver en la concepción bíblica, en el  Exodo, la anticipación de esta idea procesual del tiempo, contrapuesta a la del eterno retorno de los griegos que llegó a seducir a Nietzsche, así como a la estaticidad del universo mecánico. Es un caminar hacia la tierra prometida, cargado de esperanza y de futuro. Y toda la historia se sitúa entre la caída y el Apocalipsis. Pero el “homo viator· medieval, en marcha hacia la vida ultraterrena, hacia la  salvación,  se convierte, en la idea de progreso moderna, en caminante hacia un mejor futuro terrenal .

Ciertamente Darwin no ve la evolución en términos de progreso, sino de mera adaptación a un medio cambiante. En ello ha insistido rotundamente Stephen Jay Gould. ( 10) Aunque en los párrafos finales del Origen de las especies habla Darwin de la “producción de animales superiores”, como “la  cosa más alta que somos capaces de concebir”.  En todo caso,  lo que pretendo señalar es cómo la concepción procesual de la realidad transforma nuestras categorías mentales y es capaz de inspirar y alentar una concepción evolutiva, no fijista, de la vida y sus manifestaciones. Considerar a unas especies, incluida la humana, como superiores a otras, es transcender la mera descripción, para introducir categorías axiológicas. Debate que me parece tan necesario como interesante, pero  que ha de ser planteado en términos filosóficos.

La idea del tiempo transformador no sólo proyecta su luz sobre  la concepción de la historia humana, sino que se irá extendiendo al universo físico.  Se abre paso en la geología, inicialmente, con el debate sobre la explicación de los fósiles marinos en las montañas y, sobre todo, en el XVIII, con las teorías de los cataclismos. Como escribe Jacob “ En el siglo XVII la sucesión de las generaciones- refiriéndose a las especies vivientes- representa todavía una serie aburrida de producciones idénticas,  una trayectoria sin altibajos, y sin rupturas. La historia de la tierra, por el contrario, aparece como una sucesión de catástrofes, una multitud de transformaciones que se distribuyen en períodos largos” Lo cual, como indica el mismo autor, rompe la imagen bíblica de una “tranquilidad sólo alterada por el diluvio” (11)  Y se extenderá a la Astronomía.  En 1755 desarrolla Kant toda una concepción del origen del universo, en su obra “Allgemeine Naturgeschichte und Theorie des Himmels,  anticipadora, a pesar de estar cargada de elementos fantásticos. En cierta forma precursora de Laplace, aunque es de notar que este último, junto al mayor rigor científico, no pretendía explicar mas que el origen del sistema solar y no de todo el universo como Kant.

Pero, si la tierra cambia, no sólo gana terreno en la conciencia histórica la idea de un tiempo irreversible, sino que se alteran las condiciones de la vida, en cuya concepción la importancia del medio se había ido asentando también en el siglo XVIII. Como nuevamente Jacob escribe:  “Al atribuir una historia agitada a la tierra, el mundo viviente oscila, tiembla. La base sobre la que descansa este último empieza a moverse”. No es de extrañar entonces que la visión evolucionista se manifieste en una serie de autores como Benoît de Maillet, Robinet, Charles Bonnet y Diderot, Bufón y Maupertuis en el ámbito de lengua francesa , -curiosamente los únicos citados por Jacob- a los cuales hay que añadir Erasmo Darwin, autor de la “Zoonomíoa” y abuelo de Carlos Darwin.  Y dicha visión será sistematizada, en un primer gran intento, ya en 1800, por Lamarck, a través de la transmisión de los caracteres adquiridos.

La observación planetaria

Pero el mundo de las ideas y categorías ha de interactuar con la experiencia, en fecunda dialéctica,  para que se produzcan los grandes avances científicos. Y, justamente, es esta interacción la que permitirá el desarrollo de la teoría evolucionista de la selección natural. En su “Autobiografía” ha destacado Darwin la importancia que concede a sus dotes de observador en sus logros . “ Mi éxito como hombre de ciencia … ha venido determinado… por unas cualidades y condiciones mentales complejas y variadas. De entre ellas las más importantes han sido el amor por la ciencia, la ilimitada paciencia para reflexionar largamente sobre cualquier tema, la laboriosidad en la observación y la  recolección de datos y una buena cantidad de inventiva, así como de sentido común” A lo cual añade un párrafo ejemplarmente modesto: “”Con las moderadas habilidades que poseo, resulta verdaderamente sorprendente que haya influido de un modo tan considerable en las creencias de los científicos sobre algunos importantes puntos” ( 12)

Pero a tal reconocimiento del valor decisivo de la observación empírica hay que añadir las posibilidades que abrió el viaje en el Beagle para su amplia realización. Es tópico recordar la importancia de la visita a las islas Galápago, en que Darwin, en 1835,  pudo observar detenidamente las afinidades y diferencias entre las especies aborígenes y las existentes en el continente, sólo explicable a través de un proceso evolutivo. ( 13) Al par que Wallace recopilaba, también, amplios  materiales en Indonesia. La observación ha adquirido rango planetario, ha sido “globalizada”, diríamos en términos actuales, Y su desarrollo a tal escala patentiza hechos decisivos que abonan la visión evolutiva de la vida. Aunque la fecunda dilatación planetaria del examen de los vivientes no impide que, tras regresar a Inglaterra, Darwin siga realizando importantes comprobaciones en su ámbito más inmediato.

Selección artificial y natural

Ahora bien, por más que Darwin se encontrara ya convencido de que “las especies se van modificando paulatinamente”(14) ¿ Cual es el mecanismo que actúa en este proceso y lo  conduce a la formación de nuevas especies? Es la gran pregunta que se plantea y sin cuya respuesta no cabría hablar de una teoría de la evolución.

La respuesta vendrá dada por la conjunción de dos aportaciones decisivas al pensamiento del naturalista inglés. En primer lugar Darwin observa la acción de los criadores de ganado y de plantas, para obtener razas o variedades adecuadas a diversos fines. ¿No podría extenderse a la naturaleza esta selección artificial, esta demiurgia, en un proceso de “selección natural?. Nos encontramos, una vez más,  ante la interesante sinergia en la historia de la ciencia y de la tecnología, en que conceptos de un campo resultan fecundos al ser trasladados al otro. ¿No había servido la idea de máquina para inspirar la concepción entera de la naturaleza en el mecanicismo?  Y todo el discurrir de la tecnología desde el siglo XIX ¿no ha estado guiado por los conceptos científicos?   .

Y, entonces, cuando estaba en estas cavilaciones, según ha explicado Darwin en su Autobiografía, “cayó por casualidad en mis manos el “Ensayo sobre la población de Malthus”  (15) Si, como escribe Querner, “ hasta entonces había predominado la idea de que todo en la naturaleza era perfectamente útil, Darwin comprobó que esta idea era falsa” ( 16) La exhuberancia de los mecanismos reproductivos, sobre la cual llama enérgicamente la atención Malthus y que, según el, desborda las posibilidades de supervivencia de  gran número de los descendientes, es canalizada, ahora, en el pensamiento de Darwin a través de la selección natural que, partiendo de las variaciones espontáneas,  permite a los mejor adaptados a los cambios del medio sobrevivir y reproducirse, transmitiendo sus características a su prole, Se desarrollan así los mecanismos que conducen a la formación de nuevas especies. Partiendo del puro azar, la selección actúa como un proceso orientador y creador, que para Darwin no se puede definir como progreso, pero si como evolución adaptativa. Y, en cierta forma, Darwin anticipa la idea del orden a partir del azar- o del caos-  que jugará un papel importante en diversos campos de la ciencia del siglo XX.  En la comprensión de las leyes macrofísicas, a partir de un indeterminismo microfísico o del orden a partir e las catástrofes.

Como escribe Jacob: “Lo que separa radicalmente el evolucionismo de Darwin y Wallace de todo el pensamiento anterior, es la aplicación a los seres vivos de la noción de contingencia” (  17) El conjunto de la evolución de los vivientes no es un proceso dirigido por una fuerza interna orientadora hacia formas más avanzadas de lo real. Mucho menos a través de un “diseño inteligente”, que hoy los conservadores pretenden oponer, como residuo de la idea de la creación divina, al pensamiento basado en Darwin.

La visión estratigráfica de la realidad. Los procesos de recuperación y recreación

Pero, aunque ni esta fuerza interna ni una inteligencia externa directora existan, lo evidente es que el proceso evolutivo va organizando la realidad en sucesivos estratos, en que, desde estructuraciones más simples de la materia viva, vamos transitando hacia formas complejas. Basta abrir los ojos sobre el mundo y contemplar el espectáculo de los organismos pluricelulares, la aparición de los sistemas nerviosos, con su facultad  de captar el medio ambiente y de responder con múltiples recursos ante el. Y el surgimiento de la cultura, ya en el mismo reino animal, capaz de transmitir a los descendientes no por herencia biológica, como pensaba Lamarck,  sino por la vía de la enseñanza y el adiestramiento lo adquirido en la experiencia.(18). Una realidad innovadora, dotada, además, de la potencia de transformar el medio, no sólo por la interacción biológica sino, a través de la acción constructiva, Posibilidad que culmina en la creación de una potente tecnosfera por la especie  humana, capaz tanto de desarrollar las potencias de la naturaleza, como de destruirla.

Y a la vista de este panorama se plantea la posibilidad de una lectura axiológica de la evolución, de la cual, por añadidura,  se desprende la necesidad de una ética evolucionista.   En efecto, si atribuimos un valor positivo a la realización de estructuras complejas en la naturaleza, al modo en que otorgamos a una catedral un valor de realización arquitectónica superior a una cabaña, ante el panorama de la  aparición creciente de tales sistemas podemos hablar de un progreso en la evolución. Pero, además, el mismo desarrollo de los procesos  reproductivos parece mostrarlo. La ecología de poblaciones, a través de “la teoría de la selección “r” y “K” nos muestra dos grandes estrategias reproductivas, En la primera de ellas, la “r”, la adaptación al medio se consigue mediante camadas muy numerosas, en que gran parte de los descendientes sucumben y los cuidados parentales son escasos o inexistentes, surgiendo los recién nacidos con un alto grado de autonomía. En cambio en la estrategia K el número de neonatos es muy reducido, la inversión en tiempo y recursos de la gestación es elevada y la maduración del neonato muy lenta, requiriendo la atención y el cuidado de los progenitores. Es el modelo reproductivo propio de las especies más evolucionadas y que culmina en la  humana, con el fenómeno de la “prematuridad”. ( 19)

La misma naturaleza, al acumular recursos de tiempo, energías  y cuidado en la producción de las especies que surgen en las últimas etapas de la evolución parece responder a la superioridad de sus individuos, como logro, sobre aquellas que solo perviven gracias al numero de descendientes, llamados muchos de ellos a la extinción.

Pero, aun debemos añadir otra consideración en este análisis valorativo. La organización de la realidad en estratos, en el caso de la vida de especies crecientemente complejas, no supone sólo un aumento cuantitativo de las formas que reviste la realidad planetaria, sino una reasunción y reincorporación enriquecedora. Al respecto he detallado, especialmente en mi libro “El animal cultural” el mecanismo que designo como “recuperación y reconstrucción” (20) concepto que mi colaborador y gran amigo Tomás Pollán, ha extendido a diversos campos de la cultura. La aparición de nuevas zonas de lo real, como el paso de lo inorgánico a la vida y, dentro de esta, del reino vegetal al animal y a las especies que lo pueblan hasta culminar en el “homo sapiens” no se explica por la irrupción de fuerzas externas a la organización de la materia, como serían las que invoca el vitalismo, al modo de  las entelequias de Driesch, sino por un  proceso de acumulación numérica y reestructuración formal de los elementos existentes en niveles anteriores. Estos son “reincorporados” y “recreados” dando lugar a una nueva realidad. Que, por ende, puede ser percibida, no como mera adición o suma, sino como elevación de posibilidades a un nivel superior. Como un enriquecimiento cualitativo.

Por una ética de la evolución

Pero de semejante concepción de la evolución como progreso se desprenden importantes consideraciones éticas. Ya Julian Huxley en “Evolutionary ethics·” apuntó una moral  e incluso una religiosidad basadas en la evolución. Como indicaba Marx, y antes he recordado, somos “parte de la naturaleza”. Y ello nos emparenta, con el reino de los animales y con el destino de la tierra.  Sigmund Freud describió como dos grandes humillaciones del hombre el desplazamiento de nuestro planeta del centro del universo, con Copérnico  y la pertenencia del ser humano al reino animal, con Darwin. Pero, tal desplazamiento de un pretencioso antropocentrismo no es una humillación, sino una ganancia de realismo y un encuentro de nuestro lugar en el mundo. En medio de los espacios infinitos que aterrorizaban a Pascal no somos sólo la “caña pensante·” que describía el filósofo francés, sino los creadores de una tecnología, de una poderosa tecnosfera, que, sobreponiéndose a la biosfera y envolviéndola, plantea graves problemas de equilibrio entre ambas. Y nos hace responsables del futuro que alumbramos, como ha señalado Hans Jonas. ( 21)  Heidegger, retóricamente presentaba al ser humano como “pastor del Ser”, con más exactitud tendríamos que hablar de el como “pastor de la naturaleza, si asume los deberes que una ética evolucionista le señala.

El descubrimiento de nuestras raíces biológicas, al situarnos en el panorama de la vida,  nos aleja de las ilusiones idealistas que han  presidido las tendencias filosóficas. No somos como creía Descartes “una cosa que piensa y carece de extensión” . Con razón al “pienso luego existo” contraponía nuestro Turró el “como luego existo”. Al situarnos en nuestra realidad,  comprendemos a los animales como hermanos menores, a los que hay que respetar y proteger, especialmente en sus formas superiores. Tras la afirmación de los derechos del hombre, primero, de la mujer, después, del niño, ha surgido también la proclamación de los derechos de los animales. (22).

Pero, principal  y supremamente, surge el grave problema de las condiciones materiales de vida de la Humanidad, en que mil millones de personas, en medio de una civilización dotada de los recursos que soñaron antiguas utopías, están sometidas al flagelo despiadado del hambre, de la radical necesidad en que hacía hincapié Turró. .En estas reflexiones ha aparecido anteriormente la idea de progreso. Por encima del avance de la evolución biológica, en cuya cumbre la naturaleza nos ha situado, es necesario  que este progreso transforme radicalmente nuestra sociedad. Y nos sitúe en la historia verdaderamente humana  que anunciaba Marx. Pero ninguna fuerza ciega nos llevará hacia ella, sólo el esfuerzo solidario de los pueblos. Lo único que está escrito en nuestro destino, como afirmó Rosa Luxemburgo, es la alternativa entre socialismo o barbarie. Una barbarie hoy equipada con un poderoso arsenal tecnológico.

Notas

(1) Aunque no se refiere a este episodio, sobre el tema general de la recepción del darwinismo es interesante el libro de Diego Núñez , “El darwinismo en España” Ed. Castalia, Madrid, 1977

(2) Cordón F. “Prólogo” a “ El origen de las especies” Ed Bruguera, Barcelona, 1980, p.5

(3) Véase especialmente “Le phénomène humanain” Editions du Seuil Paris, 1955, “La place de l´homme dans la nature”, 1956, Sobre el pensamiento de Teilhard de Chardin puede verse mi trabajo “Teilhard de Chardin: aspectos cosmológicos de su obra” en mi libro “Filosofía, ciencia, sociedad”, Ed. Siglo XXI, Madrid, 1.972. También “Ser y evolución” en la obra colectiva “La evolución” . Crusafont, M., Meléndez, B. Aguirre, E. Ed La editorial católica, Madrid, 2ª ed. 1974, pp. 899-929.

(4) V.  Unamuno Obras .Completas Ed Vergara S,A, y Afrodisio Aguado, Barcelona y Madrid, 1958 vol X .También aquí puede verse el Capítulo “La filosofía unamuniana de la evolución” en mi libro “Unamuno- Estructura de su mundo intelectual”  2º  Edición, Anthropos,  Barcelona, 1989

(5) Sobre el “principio cairológico” veáse:  París, C. “El animal cultural- Biología y cultura en la realidad humana” Ed. Crítica, Barcelona, 2ª edición, Biblioteca de bolsillo, 2000.  pp.106 ss.

(6) Diels- Kranz, “Die Fragmente, der Vorsokratiker”, vol I, Empedokles, Fragmente 57-61.

(7) V, Mayr E. “One long argument-Charles Darwin and the genesis of modern evolujtionary thougtt”, Penguin Books,1993, pp.  40-43

(8) Bury,  J. “La idea de progreso” trad. castellana, Ed. Aliaza Madrid 1971

(9) Elias, N. “El proceso de la civilización. Investigación sociogenética  y psicogenética”. traducción castellana, Fondo de Cultura Económica. México 1987, p. 32

(10) Cfr. Gould , S. J. “Ever since Darwin – Reflections in natural history” New York 1977.

(11) Jacob, F.  “La lógica de lo viviente”, trad. castellana, Ed. Laia, Barcelona, 1973, pp. 148, 149

(12) Darwin, Ch., “Autobiografía” trad. castellana, Ed Verticales, Barcelona. Sin fecha, p. 93

(13) Cfr. Querner, H. “  El descubrimiento de Darwin”en “Vom Ursprung der Arten- Neue Erkenntnisse und Perspektiven der Abstammungslehere”, trad. castellana,  “Del origen de las especies”, Hans Querner et alii,  Alianza Editorial, Madrid, 1971, pp. 58-60

(14) Ibid. p. 60

(15) Darwin “Autobiografía”, ya cit.  p. 68

(16) Querner, H. op.cit. p.61

(17) Jacob, op. cit.  p.172

(18) Sobre la cultura zoológica V. París C. “El animal cultural” ya cit. I  Parte, caps 1 y 2

(19) Véase, Gould S.J. “Ontogeny and Phylogeny”, The Belnap   Press of Harvard University Press,, Cambridge, Mass. 1977, pp. 289-294, V. También Portmann, A. “Biologische Fragmente zu einer Lehre vom Menschen”, Schwabe Verlag, Basel, Sttugart, 3ª ed. 1969 y París C. “El animalo cultural”, ya cit.p. 316 y ss.

(20) V. “El animal cultural”  ya cit. pp 72 ss.

(21) Jonas  “El principio de responsabilidad- Ensayo de una ética para la civilización tecnológica”, trad. castellana, Ed Herder, Barcelona, 2004

(22)En este terreno se plantea el problema de su utilización experimental que ha puntualizado certeramente Giráldez en varios escrito s.  V. Especialmente: Giráldez, A, “Breve historia de la experimentación animal”, Ed. Realigrafía, Madrid, 2008

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