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CARLOS  PARÍS

Presidente del Ateneo de Madrid

Creo que, si queremos profundizar en la historia contemporánea de España, no es posible prescindir del papel que en ella ha jugado el Ateneo de Madrid. Y, obviamente, si, de un modo complementario, aspiramos a comprender la vida de este, nos vemos obligados a enmarcarla en los avatares que han marcado nuestro devenir cultural, político y social, desde el siglo XIX.  Ha sido el Ateneo  madrileño tanto una caja de resonancia del acontecer y de las etapas recorridas por la colectividad hispana, como una fuerza impulsora en la evolución de nuestra sociedad. En términos biológicos, podríamos hablar de un permanente metabolismo entre la llamada “docta casa” y el curso d e la vida española.

En la mente de todos, y del modo más llamativo, está el protagonismo del  Ateneo en el desarrollo del florecimiento cultural que representó la generación del noventa y ocho, convertido su edificio en destacado lugar de encuentro y comunicación, en la rica vida de aquellos años. En los  cuales ocuparon la Presidencia de la institución figuras como Miguel de Unamuno o Valle Inclán. Y, de un modo aun más culminante, no se puede olvidar la importancia del Ateneo en  la gestación de la II República, de la cual fue Presidente Manuel de Azaña, también Presidente del Ateneo de Madrid.

Y, ya antes, el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, cuya creación, auspiciada por la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, hace ciento setenta y cinco años, conmemoramos,  en este 2.010, había sido un decisivo actor en el escenario de la vida española, Nuevamente, pueden resultar significativos los nombres de las personalidades que estuvieron al frente de este centro de cultura y compromiso social. Una galería en la cual se pueden señalar figuras prominentes de la literatura y la política, como, entre otras,  la del Duque de Rivas, primer Presidente, y las de Francisco Martínez de la Rosa, Núñez de Arce, Donoso Cortés, Echegaray,  Salustiano de Olózagsa, Alcalá Galiano o  Cánovas del Castillo.

Pero, la mención de los ilustres nombres que presidieron la docta casa representa solo un exponente, por más significativo que sea, del intenso dinamismo que, en el interior de la misma, se desenvolvía. De sus conferencias, innovadoras cátedras,  múltiples reuniones, debates y tertulias, actividades, todas ellas, en que el Ateneo se levantaba a vanguardia de la cultura, Y,  trataba,  también, de extenderla a los más diversos sectores sociales, cuando los Domingos abría sus puertas a los trabajadores. Y cuando, finalmente, empezó  recibir a las mujeres, superando lentamente su discriminación, en el interior de su núcleo  social. Era el discurrir de una potente vida que Rafael María de Labra nos relata fielmente, a través de  sus dos historias del Ateneo, en sus etapas, hoy menos conocidas, fuera del ámbito de los eruditos: las recorridas desde su creación hasta 1905.

En alguna ocasión he lanzado y desarrollado la idea de la “microhistoria”. De la realidad que representan espacios apartados de la dinámica de la historia dominante, pero llenos de creatividad y de potencialidades que no se difunden, por lo menos de un modo inmediato, más allá de sus fronteras. No corresponden al oleaje que agita  la superficie del océano histórico, pero tampoco son  las aguas profundas, abisales, de que hablaba Unamuno en su concepción de la “intrahistoria”.  De la vida de la multitud de hombres y mujeres que despliegan su existencia, sus gestos, sus cotidianos quehaceres en el anonimato, bajo los grandes acontecimientos y las  eminentes figuras objeto de  la historia tradicional.  Los espacios de la “microhistoria” no son ni una cosa, ni otra, ni el aparatoso panorama de la historia oficial, ni la profunda intrahistoria, son, como lagos ocultos, separados por altas montañas del territorio en que se producen los grandes sucesos. ¿Forma parte el Ateneo  de esta microhistoria, tan marginal como creativa? Tal vez, en algunos momentos, haya podido ser  así. Quizá incluso hoy día. Pero no en la mayor parte de la vida de la institución, en que ha representado un eco poderoso de la realidad social y un agente de su evolución. Y debemos aspirar a que recupere este protagonismo, dados los nobles ideales que se ha esforzado  por difundir.

Nacieron los ateneos a la sombra de la Ilustración. El poderoso movimiento que aspiraba a realizar una sociedad mejor, y pensaba que la difusión de la cultura en todo sus aspectos era el arma decisiva para tal venturosa transformación. Y así fueron proliferando en Europa y América. El primero de todos ellos fue el llamado Ateneo Español, creado en 1820, en momentos de esperanza y libertad, y cerrado en 1823, al producirse el retorno del absolutismo, tras la llegada de los cien  mil hijos de San Luis. Constituyó un antecedente del actual Ateneo, que nació, como antes he indicado,  en 1.835,  y tomó al acertado nombre de Ateneo Científico, Literario y Artístico, cubriendo los distintos campos de la cultura. Y que también, como el Ateneo anterior, hubo de conocer la represión y el cierre, cuando, tras el final de la Guerra civil, que siguió  la sublevación contra la II República, fue despojado de su nombre y se transformó en un “Aula de Cultura”, dependiente del Partido creado por Franco,  unificando las fuerzas a su servicio, FET y de las JONS. Para  pasar, después, en una segunda etapa dictatorial a ser un organismo de la Dirección General de Propaganda del Ministerio de Información y Turismo. Solo,  tras la transición, pudo recobrar el Ateneo su histórica entidad y funcionamiento libre y democrático. Son estos los episodios culminantes de la represión que el Ateneo ha padecido, pero, como el atento lector de  la historia narrada por Rafael María de Labra podrá comprobar no han faltado otras acciones  menores en que la libertad de la docta casa ha sido obstaculizada por los recelosos ante la “funesta manía de pensar”

El volumen con las dos historias del Ateneo, de Rafael María de Labra, que el lector tiene en sus manos, posee un alto interés, tanto desde el punto de vista de su contenido como por la relevancia y peculiaridad de su autor, Rafael María de Labra,  A cuya figura  ha dedicado un excelente y documentado libro la historiadora  y ateneísta María Dolores Domingo Acebrón.

Fue Labra una personalidad de alto relieve en la España del siglo XIX  y principios del XX,  Jurista, escritor y activo político, en la permanente contienda entre conservadores y progresistas, como fervoroso republicano y liberal, ocupó un destacado lugar en la lucha por el avance histórico. Su mirada se tendió sobre la mayoría de los más vivos problemas de su época, tratando de hacer luz sobre ellos. Así, se preocupó muy  intensamente por la cuestión colonial, divisada en toda la  amplitud de su perspectiva, como una de los máximos desafíos a resolver por la Humanidad de sus días.  Y, dentro de tal ámbito, especialmente  sensibilizado, sin duda,  por su nacimiento en La Habana, y por la agitación que afloraba en la colonia española, concedió una atención especial al futuro de Cuba, abogando por su autonomía. En principio mantenía la necesidad de una relación de libertad y colaboración entre España y sus colinas, pensando que si esta no se conducía con éxito, no cabía sino la independencia, a pesar de lo cual lamentó el fracaso del autonomismo con la independencia final de Cuba. En todo caso, propugnó la más estrecha relación entre España y el conjunto de Hispano-América,

Ante otra de las emancipaciones de sus tiempos, sometida a debate, fue un resuelto campeón de la abolición de la esclavitud en una prologada  e intensa campaña. Y no dejó de ser  sensible para problemas como la situación de la mujer y de la clase obrera, en su época. A  lo largo de esta incansable  actividad ocupó importantes cargos: al frente de la Sociedad de Fomento de las Artes, como Presidente y como  Rector de la Institución Libre de Enseñanza. Pero su ámbito preferido de acción fue, sin duda, el Ateneo.  Como el mismo Rafael María de Labra afirma, se formó en él. En sus cátedras, en las conferencias y tertulias que enriquecieron y orientaron su juventud. Y asumió la Presidencia de la “docta casa”, desde 1913 hasta 1917,  en que pasó a dicha Presidencia Ramón Menéndez Pidal,

Esta estrecha relación de su vida intelectual y política con el Ateneo, así como la devoción que profesaba hacia tal entidad,  le movió a escribir estos dos libros sobre la historia de ella. Representan una aportación imprescindible para conocer la historia de la “docta casa”, así como  para documentar aspectos importantes de la vida  española de la época y sus claves.

Para Rafael María de Labra el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid constituyó una realidad  muy singular, de personalidad propia, que compara con otras, ya extranjera, como el Colegio de Francia o el Atheneum de Londres, ya españolas, como las Academias y Universidades, destacando la peculiaridad genuina y la eminencia de la institución madrileña. En el largo recorrido de su  historia,  no  sólo se enumeran y documentan minuciosamente las actividades y temáticas que, muchas veces innovadoramente, se aportaron a la vida cultural española, sino las etapas que atravesó la “docta casa”.  En unas ocasiones, de esplendor, en otras de decadencia, y, desde el punto de vista político, orientadas, ya  en sentido progresista, ya dominadas por tendencias conservadoras, siendo de notar, al respecto,  la objetividad con que Labra, a pesar de su personal progresismo, comenta las fases conservadoras, llegando a resaltar sus logros.

No es posible cerrar este prólogo sin preguntarse por la función que, hoy día, los Ateneos pueden llenar en nuestra actual civilización. Según he indicado anteriormente, nacieron a la luz del espíritu de la Ilustración, con el propósito de impulsar  el desarrollo de la cultura en todos sus campos y protagonizar el esfuerzo de extenderla sobre la sociedad, como instrumento de avance hacia un mundo más justo, en el cual se realicen en plenitud las potencialidades  de los seres humanos. Mas, desde aquella época, en que fueron lanzadas las ideas de la ilustración y surgieron los ateneos los tiempos han cambiado. En el presente no sólo el saber, la ciencia, ha alcanzado increíbles cumbres, sino que su difusión se ha dilatado inmensamente, gracias a la ampliación de las instituciones docentes y a la importancia de los medios de comunicación. Sin duda, en el orden internacional las diferencias son escandalosamente hirientes, pero, ciertamente, si  nos referimos limitadamente al Primer Mundo, en el,  la enseñanza se extiende sobre toda la población, las universidades han crecido en número de ellas y en el alumnado que frecuenta sus aulas,  dentro del cual las mujeres, largamente excluidas se han convertido en mayoría. La televisión y la radio llevan a  la misma intimidad de nuestras viviendas las últimas noticias, transmitidas instantáneamente, así como los debates parlamentarios, las discusiones de políticos, especialistas y pensadores. Ante este panorama ¿ no deberíamos considerar fenecidas las viejas instituciones como los ateneos y despedirlas con un piadoso reconocimiento de sus méritos históricos?

Creo que, muy por el contrario, estos centros aparecen, hoy día,  más necesarios que nunca lo fueron, para el avance histórico, si cumplen una nueva y vital función que informe creativamente su actividad y espíritu.  Vivimos, tiempos en que, especialmente en el Primer Mudo, el potencial de difusión del conocimiento, de la información y de los productos culturales  no sólo alcanza una amplitud antes impensada, sino que llega a resultar abrumador. Algunos investigadores han podido hablar de “polución informativa”.  Mas,  ante este desarrollo hay que preguntarse:  ¿cómo y por qué fuerzas está orientado tan  enorme potencial? .

En el último tercio del siglo XIX, en  el proceso que Lewis Mumford designaba como revolución “neotécnica”, al hacerse el avance tecnológico dependiente de los grandes descubrimientos científicos y de las perspectivas que estos habían abierto,  la ciencia, más allá de su interés como realización del noble impulso del conocimiento,  se revela cual una fuerza, que atraerá el interés y el control de los poderes económico, militar y político. Hoy día la investigación científica, en su mayor parte, esta financiada y dirigida hacia fines bélicos, y orientada, también.  hacia el beneficio  de las grandes empresas. Por referirnos a uno de sus campos, en el terreno sanitario son las grandes corporaciones las que controlan los fondos y la información, en una medicina que,  como los críticos de “Science for the people” señalaban, atiende, en su investigación y su ejercicio, mucho más a las enfermedades propias de las clases dominantes que a las que afectan a los trabajadores y a los habitantes del Tercer Mundo, y, en relación con los sexos, prima  las propias de los varones con relegación de las mujeres.

Ya, al apuntarse la última revolución, la de las nuevas tecnologías. el mismo creador de la Cibernética, de cuyo desarrollo han brotado tales conquistas, Norbert Wiener, señalaba, en 1948, el peligro de que los grandes avances tecnológicos, que el mismo contribuía a lanzar, dadas sus enormes posibilidades. cayeran en manos de los poderosos y fueran utilizados con arreglo a sus intereses, aumentando su dominio. Y, años después, en su ensayo “God and Golem”, lamentaba la pérdida de sentido crítico de una ciudadanía, que, alienada, renunciando a su iniciativa y responsabilidad, depositaba su capacidad de pensamiento y decisión en las máquinas y en las autoridades erigidas.

En verdad, bajo el manto de las grandes realizaciones, que, sin duda, los avances tecnológicos representan, se nos revela un mundo hermético para la iniciativa del individuo y de los grupos sociales. La que Hegel designaba como “sociedad civil” se encuentra aplastada. Estamos sumergidos en una sociedad dirigida por poderes políticos, supeditados a los económicos, que  orientan el desarrollo hacia  el mantenimiento y  creciente aumento de sus privilegios minoritarios.  Y tales poderes no sólo imponen su fuerza, sino que, insidiosamente, troquelan las conciencias. Frente a los ideales de la ilustración impera el “pensamiento único”, es decir la negación del pensamiento, que supone creatividad y libertad.

Por una parte, la “industria cultural”, ya denunciada en  la escuela de Franfurt, por Horkhaeimer y Adorno, cuando todavía no era sino un pálido anticipo de su fuerza actual, gobierna el mundo de la creación. Y ofrece, con el mayor éxito, a compradores domesticados, la escapatoria de la realidad hacia  mundos mistéricos e irracionales.  Cultiva la elementalidad y la infantilización- un aspecto detenidamente analizado por analistas como B. R. Barber-   como resortes de una sociedad dócil. Y se desenvuelve a placer en un ámbito en que, muy especialmente en nuestro país,  la crítica imparcial ha casi desaparecido y la existente lanza al limbo de la nada cualquier creación que  escape a su despotismo.

Por otra parte,  los Partidos políticos, ciertamente no todos, pero sí  aquellos que, bajo las imposiciones actuales, gozan de capacidad  para alcanzar el poder. no juegan otro  papel que no sea el de agentes o gestores- “comisarios políticos”, según el término que complace a Saramago- del gran capital. Y este controla de tal modo la  información que , sin mas que posar la vista sobre la portada de la mayoría de los diarios,  adivinamos como van a relatar y juzgar cualquier acontecimiento reciente. Vivimos en una sociedad tan pobre de ideas como falsamente democrática y que, por añadidura, se ha precipitado en la crisis.

A la vista de este panorama, se hace patente la urgente necesidad de tribunas y tertulias abiertas, en que la sociedad civil, no sólo en ciberespacios sino en el calor del directo contacto humano, pueda aportar ideas propias, independientes, originales, no domesticadas por las estructuras de poder e interés. El enriquecimiento de ideas y de cultura innovadora que supusieron los Ateneos, debe recuperarse en la crítica y superación del hermetismo actual. Y entonces lejos de aparecer como reliquias de tiempos idos se pueden convertir en agentes del necesario despertar social.

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