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CARLOS PARÍS

ed. PÚBLICO el 22 de febrero de 2011

Mientras cerraba la puerta del coche, me decía un amigo, satisfecho de poseer una mente muy al día: “Convéncete, Carlos, hemos entrado en una época radicalmente nueva. La importante revolución industrial ha quedado atrás. Ahora estamos en la era posindustrial. Vivimos, en virtud de las nuevas tecnologías, en la sociedad del conocimiento. Nuestro mundo es el de la información. Y el proletariado que en otros días fue tan importante ha desaparecido”.
Bastante sorprendido por tan segura rotundidad, le dije: “Me da la impresión de que este vehículo en que entramos no es un teorema, ni una imagen virtual, sino un producto fabril. Ciertamente elaborado con robots, pero dirigidos estos por manos de trabajadores. No tantos como los que se agrupaban en las antiguas fábricas, que la estrategia capitalista ha dispersado en múltiples maquiladoras, pero que, recientemente, han sido los principales protagonistas de la última huelga. Además, la elegante camisa que llevas ha sido elaborada en el Tercer Mundo por niños brutalmente explotados. Hace unos meses conmovió a la opinión pública la noticia de que en Chile había 33 mineros enterrados. Y espero que la comida a que me invitas no sea de elementos imaginarios sino de sabrosos frutos del campo y del mar”. Mi buen amigo, tan a la última quedó, ya que no ciertamente convencido, sí bastante desconcertado.

Comentaba Heidegger en su Ser y tiempo el “afán de novedades” como una característica de la “existencia banal”, pero en realidad se ha extendido al pensamiento. Después de la II Guerra Mundial han ido surgiendo diversos intentos de calificar los tiempos que se abrían con rotundos apelativos, normalmente, de signo rupturista: “Postmodernidad”, “sociedad posindustrial”, “sociedad del conocimiento”, “sociedad de la información”. El error común radica en pensar la historia, al modo de Cuvier, como una sucesión de catástrofes en la que la innovación entierra el inmediato pasado. Maniobra que en muchos autores no es inocente, pues subrepticiamente pretende declarar obsoletas las teorías revolucionarias que movieron las masas en los siglos XIX y XX y, según la expresión utilizada por los posmodernos, convertirlas en meros “relatos”, a la par que se dota de una eficacia casi mágica a los nuevos medios y recursos para resolver los grandes problemas que afligen al mundo. Como pensaba Clinton, cuando afirmaba que el problema del hambre en África se resolvería dando teléfonos móviles a sus habitantes o la ignorancia en el Tercer Mundo instalando en los pueblos un ordenador que les conectaría con la Enciclopedia Británica. Tampoco el lamentable retraso de la actual educación española se supera dando a cada niño un ordenador, como creen nuestros gobernantes.

Indudablemente en los últimos 70 años se ha recorrido un largo camino en el que se han producido importantes transformaciones en nuestra civilización, desde la estructura del orden internacional y la evolución del capitalismo hasta trascendentales innovaciones tecnológicas. Pero el mundo material –con sus urgencias e imposiciones y con la explotación del trabajo humano como recurso básico para servir a las necesidades de las clases dominantes– no ha
desaparecido. Sigue tenaz como base del orden mundial, por debajo del pensamiento y del innovador ciberespacio. La ilusión de que ha sido sustituido por una angélica sociedad de seres pensantes, popularizada hoy, en realidad es muy antigua. Se expresó ya en la línea dominante de la filosofía griega. En la iniciación del pensamiento moderno Descartes afirmaba: “Soy un ser que piensa y carece de extensión”, y el idealismo concibió la realidad como expresión de la idea. Ilusión que provocó la sátira de Marx cuando explicaba la tragedia del que se ahogó tras creer que bastaba con haber desterrado la idea de gravedad de su cabeza. Más realista era Hesíodo al definir a los humanos como “comedores de pan”, coincidiendo con nuestro Ramón Turró cuando contrapuso al “pienso luego existo” su radical “como luego existo”. Cosa que no pueden afirmar los mil millones de hambrientos que hoy pueblan nuestro planeta.

No se trata, evidentemente, en esta crítica, de negar el papel decisivo del conocimiento en la realización del ser humano, así como las revoluciones que su desarrollo ha producido, sino de situarlo y liberarlo de su utilización regresiva. Aquella en que, según he comentado, nos lleva a olvidar la realidad viva. Y también, abriendo otro campo de reflexión, de su utilización por el poder. Desde que la ciencia mostró su capacidad de innovar la técnica, la financiación de la investigación científica ha sido orientada, en medida preferente, hacia tecnologías de dominación: el desarrollo de armamentos y los medios que permiten el control de los seres humanos y de su conciencia, logrando la “domesticación de las masas”. En este sentido sí que podemos hablar de una “sociedad del conocimiento”. Pero de un conocimiento controlado y dirigido por el poder, gracias a los recursos de la técnica actual, desde los satélites hasta la televisión. Es una situación clave para comprender el desarme de la actual ciudadanía, ante el imperio despótico del actual capitalismo financiero. Y que sólo se superará mediante la democratización de la información y la reorientación de la investigación científica.

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