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Carlos Paris

El mundo actual clama por la iluminación de un pensamiento, que guíe la acción imprescindible para salir del abismo en que nos encontramos. Un abismo en que el despotismo del poder está sepultando las enormes posibilidades del actual desarrollo científico y técnico, capaz de crear una sociedad liberada de la miseria material y espiritual que ha lastrado nuestra historia. Adolfo Sánchez Vázquez aparece como un paradigma del pensamiento que necesitamos. Fue un pensador dedicado no ya a “contemplar” el mundo, sino a “transformarlo”, a levantarlo a la cúspide de las posibilidades humanas. Un pensador que, como afirmaba León Felipe de la poesía, y, en mi visión, debería aplicarse también a la filosofía viva, no  parte del frío “pienso” ensimismado, sino del grito crispado ante el espectáculo social de nuestro mundo. Y analiza los senderos de la liberación.  Hemos perdido recientemente la voz y la presencia física de Adolfo Sánchez Vázquez, tras una vida dedicada al desarrollo de la filosofía marxista y a la militancia por una sociedad  sin explotación, pero permanece enteramente vivo su ejemplo.

Nos ha dejado A. Sánchez Vázquez en momentos en que la barbarie del capitalismo, en su desarrollo especulativo, impone sus dictados a gobiernos domesticados, aplasta a las masas empobrecidas y estas empiezan a expresar su creciente indignación. Sánchez Vázquez, en su marxismo ético, nada mecanicista, gustaba de repetir el dilema de Rosa Luxemburgo:  “socialismo o barbarie”, al cual en tiempos de la guerra fría, de la confrontación nuclear, añadía la posibilidad de la aniquilación bélica de la humanidad.

Y es que toda la vida de Adolfo Sánchez Vázquez fue una lucha contra la barbarie. Primero la barbarie del golpe contra la II República, cuando muy joven, nacido en Málaga y estudiando en Madrid en la Facultad de Filosofía y Letras, cultivando la poesía y militando en el Partido Comunista, se entregó en el frente de combate a la defensa del Estado republicano. que iniciaba  un prometedor futuro para los pueblos de España, en un esfuerzo popular que cantó en su renovada poesía épica.

Tras el triunfo de la barbarie, hubo de desarrollar su obra en el exilio, como otros ilustres “trasterrados”, algunos, cual José Gaos, David García Bacca, Eduardo Nicol, Ramón Xirau  que era ya eran profesores, y otros más jóvenes como Ferrater Mora. Era el despuntar de un renovador pensamiento hispano que hubo de trasladarse a fecundar las tierras iberoamericanas, mientras en España ensotanadas figuras los sustituían para imponer la más rígida escolástica medieval.

Tras sus estudios en Méjico Sánchez Vázquez desarrollará una dilatada obra que le sitúa entre los máximos filósofos  marxistas y ejercerá una importante influencia no solo en la cultura mejicana, sino en la reflexión internacional. Partiendo de la  fundamentación de una estética y una ética marxistas, en su primeros trabajos, realizó después una profundización de la concepción marxista más general, entendiéndola como  filosofía de la “praxis”, al modo de Gramsci, aunque con  una entidad muy propia. Elaboró, así, un marxismo abierto, con acentos éticos, opuesto a las visiones deterministas y mecanicistas, como la de Althusser,  que gozaba de una amplia difusión en Ibero-América. El  marxismo, en la obra de Sánchez Vázquez se revela, así, pleno de actualidad. Una actualidad apremiante en momentos en que la indignación popular ante el imperio del capitalismo busca los caminos de una nueva sociedad.

Aunque su labor académica se desarrolló básicamente en Méjico, en la UNAM, Adolfo Sánchez Vázquez mantuvo una estrecha relación con España, naturalmente, no con la filosofía oficial propiciada por el franquismo, sino con la que se desarrollaba en la oposición. En sus múltiples viajes pronunció numerosas conferencias en la Universidad Autónoma de Madrid, en la Fundación de Investigaciones Marxistas, en el Ateneo, del cual había sido ilustre socio y fue nombrado, además, Doctor Honoris Causa por la UNED.

He tenido la gran  fortuna  de mantener una estrecha relación de profunda amistad e intercambio de ideas con A. Sánchez Vázquez, durante casi cincuenta años. Nuestro primer encuentro tuvo lugar en el Congreso de Méjico de 1963. Me felicitó por algunos escritos míos y pronto se estableció una profunda corriente de compenetración. A partir de aquel momento, nos enviamos nuestras publicaciones, me invitó a congresos realizados en Méjico, y a desarrollar en la UNAM un curso. Y fue ponente en el Congreso Internacional sobre mi obra, que se realizó con motivo de mi jubilación.

Siempre que venía a España o yo viajaba a Méjico me llamaba y manteníamos un inolvidiable diálogo, en los últimos veinte años en compañía de Lidia Falcón, a la que profesaba un gran afecto y con la que lamentamos la muerte  de la compañera de Adolfo, cuando perdió a esta tras larga vida solidaria.

No querría terminar esta evocación de Adolfo Sánchez Vázquez sin traer a este homenaje el recuerdo de unas imágenes lúdicamente alegres, que nos dan idea de la personalidad más humana de Adolfo. Tras un Congreso de Filosofía, el y yo nos trasladamos con un grupo de alumnos y alumnas a un local de fiestas y allí el gran maestro se puso a bailar con los estudiantes en una fraternidad y una solidaridad que no es fácil encontrar en otros pretenciosos profesores, Así era la rica humanidad del gran pensador cuyo legado vence a la caducidad de las muerte,

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