Carlos París

Ed. Público 29 de abril de 2012

Han transcurrido quince meses desde que los “indignados” iniciaron sus acampadas en Madrid, en Barcelona y en diferentes plazas de España. Acampadas desde las cuales se convocaron marchas de protesta, que  recorrieron masivamente las calles de nuestro país. Y, hoy día, más exactamente a lo largo de días que incansablemente se prolongan, de nuevo los espacios urbanos se vuelven a llenar de multitudes que protestan y reclaman los derechos a la  vida altamente humana que se les está robando.

En el movimiento de indignados el motor era la repulsa global de un mundo gobernado de un modo insoportable. Dominado por la mentira. Por la invocación de una inexistente democracia, ante la cual levantaban su voz gritando ¡Democracia real!  ¡Democracia ya!. Un mudo regido por el mercantilismo degradante, para el cual los humanos no son sino una ínfima mercancía.  Por mecanismos que asientan la discriminación y la desigualdad. Por el privilegio.   Era el  mundo al que habían abierto sus ojos juveniles, pues el movimiento, aunque lo hayamos seguido y apoyado gentes que llevamos en el ala el plomo de los años, tenía un carácter centralmente juvenil. Como, en parte, era la misma elementalidad de la repulsa, negando cualquier forma de representatividad, recurriendo al asambleísmo como modelo exclusivo de organización democrática, Recelando no sólo de la política vigente, sino de la política y de los partidos en general.

En las multitudes que hoy día se movilizan la repulsa adquiere el carácter no ya de intuición, sino de palpable evidencia. La sensibilidad genérica de los indignados se ha plasmado en precisa concreción. En la terrible evidencia de que los actuales poderes económicos, a que los gobiernos europeos sirven como lacayos, como “comisarios políticos del capitalismo”, en expresión de Saramago, están guiados por un voracidad canibalística. La cual, desaparecido, según piensan,  el peligro del comunismo, les lleva a aplastar a la mayor parte de la ciudadanía y liquidar el Estado de Bienestar. Con una acción especialmente intensa en los países menos poderosos de la Unión Europea, como es el caso de España, junto a los de Grecia, Irlanda, Portugal o Italia.

Ya el anterior gobierno de Rodríguez Zapatero se había plegado a estas exigencias, en actitud suicida, pero, ahora, el huracán Rajoy, proveniente de la Moncloa, se está llevando por los aires los últimos restos no ya del Estado de Bienestar, sino de la misma supervivencia material de un buen número de ciudadanos y ciudadanas, condenados al hambre por la reducción de las tarifas de desempleo.  O por la eliminación de las ayudas a la dependencia. O por las restricciones e incluso desaparición de las empresas. Y, en un escalón superior, estamos asistiendo al espectáculo de un Gobierno del Estado que se ensaña con sus propios servidores, los funcionarios. Un inmenso colectivo que comprende junto a los empleados de los Ministerios,  a profesores, investigadores, médicos, enfermeras, jueces policías, bomberos, militares. Cuyo número y situación en España era ya precario en relación con la media europea y, ahora, ven disminuida su proporción, sus ingresos y el reconocimiento de su trabajo, poniendo en difícil situación la educación, la sanidad, la seguridad, todo el funcionamiento de un Estado moderno. Al par que algunos de los mejor preparados emigran,  para poner al servicio de otros países las dotes y preparación que en España habían conseguido,

Muchos de los protestatarios son personas con años de trabajo y experiencia. Algunos infelices habrán votado al PP, embaucados por sus ficticias promesas. Y ahora llenan las calles, junto a los parados, a los que buscan lo que se ha hecho imposible: encontrar un empleo,  Uno de los abundantes empleos que el PP iba a  “crear”,  según su propaganda electoral, en cuanto llegara al poder. Y sin que, en esta rápida visión, podamos olvidar la marcha impresionante de los mineros. Eterna vanguardia en la lucha por un mundo socialmente más justo.

Lo novedoso e impresionante es la unidad de la ciudadanía que la despótica política de Rajoy está logrando, En una fotografía de una de las manifestaciones  habidas en Barcelona, junto a una pancarta del Sindicato Unificado de Policía podía apreciarse una bandera anarquista. En Valencia policías circularon de uniforme, unidos a la protesta multitudinaria y, en Madrid, los antidisturbios de despojaron del casco en actitud que fue aplaudida por los manifestantes.

Y esta unidad solidaria es la que hay que estrechar. Porque lo que está en juego no son los intereses de sectores aislados de la población, sino la eliminación de cualquier protagonismo de la ciudadanía de base en el funcionamiento de la sociedad. Su domesticación bajo la amenaza de un futuro peor aun que su lamentable presente. Y el abierto despojo de la independencia de los Estados.

Solo así se explica la imposición de medidas que, lejos de estimular el funcionamiento de la actividad económica, la paralizan, tanto en el ámbito estatal como en el privado. Y cuya sumisa aceptación no mejora la   calificación de las economías por parte de las agencias. La  definición jeffersoniana de la democracia como “gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo” ha sido sustituida por el “gobierno del capital financiero por el capital financiero y para el capital financiero”.

Pero no basta con la protesta por más masiva que esta sea. Hay que organizarse y pasar a la acción. A la creación de un movimiento internacional en el ámbito europeo, dentro de una globalización de los tan justamente indignados. En España un nuevo Frente Popular, cuyos  logros y proyectos de futuro nos fueron salvajemente arrebatados, al derribar la II República.  En el cual, a la vista de pasadas y tristes experiencias, se cumpla el milagro de la unidad de la izquierda. Y ha de quedar claro que el fracaso del capitalismo debe llevarnos a la conquista de una sociedad en que los medios de producción y las instituciones financieras sean propiedad de los pueblos y no de una rapaz  minoría.

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