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ed CUARTOPODER

Julián Sauquillo

El pasado viernes treinta y uno de enero, por la tarde, falleció el filósofo comunista Carlos París (1925-2014). Se esperaba velar su cadáver en el Salón de Actos del Ateneo de Madrid entre el sábado y el domingo inmediatos. A pesar de su elevada edad, mantenía toda su ilusión y dedicaba sus energías al Ateneo que presidía. Me queda en el recuerdo su inicial y sugestiva conferencia sobre Unamuno y Heidegger. Su alocución precedió a una etapa dilatada de mandato presidencial en esta institución casi bicentenaria. Su tono brillante como conferenciante coincidía con un criterio muy personal de dirigir la “docta casa”. En las elecciones, fue apoyado por sectores críticos –identificables por un seminario de lectura de El Capital de Carlos Marx, iniciado en torno a Jesús Ballesteros-. Pero fue capaz de romper las alianzas que distrajeran, en su criterio,  el camino más apropiado a seguir. Mucho antes de llegar al Ateneo, el cierre del  Departamento de Filosofía que había compuesto en la Universidad Autónoma de Madrid (fue su director entre 1968 y 1992), bajo el franquismo, le había concedido una merecida leyenda de filósofo opositor a la dictadura.De alguna forma, en la sociogénesis más solvente que se haya escrito sobre la filosofía española bajo la dictadura, aparece como un dispositivo académico para la promoción de sus destacados discípulos: Javier Sádaba en la ética, José Jiménez en la estética y Tomás Pollán en la antropología filosófica (Francisco Vázquez García, Herederos y Pretendientes. Una lectura sociológica (1963-1990), Abada, Madrid, 2009). La persecución académica franquista sobre otros profesores tan destacados como Fernando Savater, Santiago González Noriega, Pedro Ribas o Ludolfo Paramio, expedientados en la Universidad Autónoma de Madrid, recayó también contra Carlos París. El seminario fundacional del pensamiento nietzscheano se organizó en 1972, publicado como En favor de Nietszche (Madrid, Taurus, ) en un contexto creado por él. Como suyo fue el impulso dado, desde la UAM., a la revista Teorema dirigida por Manuel Garrido. Igualmente codirigió la imprescindible revista Teoría con Miguel Sánchez Mazas. Sus inquietudes filosóficas se debatieron entre las cuestiones morales, políticas y, muy decididamente, científicas. Su última y muy bien recibida publicación es Ética radical. Los abismos de la actual civilización (Tecnos, Madrid, 2012). En el año 1973, sufrió el cierre de su Departamento, y fue Decano de la Facultad de Filosofía de la UA iniciada la democracia. En el campo de la filosofía, Carlos París fue también un impulsor de otros –mediante tertulias, universidades y asociaciones que lideró-. Mientras que fue muy personal su implicación en el gobierno del Ateneo. Completó cuatro mandatos de dos años desde 1997. No cabe descuidarse en gobierno tan cara a cara como el que allí se da. Manuel Azaña decía, antes de la guerra, que presidir el Ateneo le había supuesto más esfuerzo que presidir la Segunda República. Algunos de los más necios críticos de París resaltaron sus orígenes falangistas, compartidos, por otra parte, con filósofo tan respetado como Manuel Sacristán.

Hace dos meses, París nos recibió a unos socios que propugnábamos una reforma del Reglamento del Ateneo -para adaptar su organización a la Ley de Asociaciones- acompañado de algunos de los miembros de Junta de Gobierno. Carlos París nunca dejó de ser un universitario aún metido en política. Pudo ser uno de los últimos partidarios del cuerpo de catedráticos como un grupo de excelentes que honraba al resto de la sociedad. Allí se prodigaron los tratamientos de respeto que parecían complacerle en grado sumo. Y él solicitaba con educación exquisita conceder más confianza a la Junta de Gobierno. Unos mandatos más largos en el tiempo, de cuatro años, y unas Juntas Generales de socios más espaciadas, trimestrales, que dificultaran una oposición feroz, eran los dos núcleos de la reforma que propugnaba. Carlos París se mostró como un demócrata que no concede más credibilidad que las urnas. No hizo concesiones a los que pierden las elecciones y desean gobernar de facto, mediante el golpe de mano asambleario. Entre despistados, modernos, conservadores y algún  masón excelente, la reunión se cerró con anuencia al presidente. Era un presidente pragmático y crítico con las oposiciones minoritarias que dificultan rudamente las iniciativas de gobierno. Su tono fue optimista dentro de la gravedad económica que atraviesa el Ateneo tras quedarse solo sin apenas ayuda pública alguna. Confiaba en estar ejerciendo una presidencia decente y entregada a sostener una tradición republicana y cercana a los movimientos sociales.

Política y economía son, hoy, dos aspectos indivisibles en instituciones deficitarias como el Ateneo y el Círculo de Bellas Artes. Carlos París fue un presidente realista, consciente de la necesidad de obtener fondos privados mediante alquileres de los espacios de la casa. Su delegación a los miembros modernizadores y contables de su Junta de Gobierno no fue nunca desentendida. Bajo su presidencia, el Ateneo sufrió un descenso del número de socios a en torno los dos mil socios, debido a la crisis. Carlos París supo bandear contra viento y marea este infortunio. Lo hizo como si la nave del Ateneo fuera la plasmación pequeña del gobierno de una pequeña república literaria por un particular Rey filósofo. Un Rey muy peculiar que pasó por el Partido Comunista y siempre fue fiel a estas ideas hasta el final. Si el último combate de Manuel Sacristán pasó por la ecología, el de Carlos París se desenvolvió en esta abigarrada y complicada institución. No es poco. En el Ateneo, no han faltado la paciencia y la bonhomía de los sabios. Recuerdo a Julio Caro Baroja aguantando la descripción de una tertuliana de cómo se movía vertiginosamente la lámpara de su casa, caso omiso a la ley de la gravedad, en la tertulia de Brujería, Magia y Religión. Tuvo mérito. Pero aún comprensivo, desestimó el ofrecimiento de presentarse a presidente. Carlos París fue un intelectual más comprometido. No dudó en arriesgar su prestigio en una empresa arriesgada pero merecedora de energías.

Quien acepta presidir el Ateneo se vincula con la mejor tradición republicana, regeneracionista y noventayochista, que interrumpió la guerra civil. Ahora se abre un periodo de necesaria interinidad. Puede que algunos no aprecien la talla intelectual de sus presidentes y ya hagan acopio de apoyos para cubrir, pronto, el hueco abierto por el fallecimiento con diletantes biografías. No van a faltar candidatos a presidente. Pero muchos de ellos sin el prestigio que requiere afrontar un momento crítico del Ateneo. El Ateneo no es una institución soberbia sólo porque organice muchos actos mensuales. Sino porque posee una de las dos mejores bibliotecas de España, como ha resaltado su archivera –sometida a un ERTE-. Su fondo bibliográfico internacional puede ser el mejor de nuestro país hasta 1936. Hubo un Ateneo intelectual sin el que no se entiende ni la generación del 27, ni la generación del 45, ni la del 56, por referirme a la historia más inmediata. Hay dos Ateneos en el Ateneo de Madrid. El Ateneo revolucionario, que se atrincheró durante la guerra civil, convive con el Ateneo de una hemeroteca y una biblioteca fascinantes. Ambas sedes bibliográficas están, hasta cierto punto, olvidadas, pues no se ven. Pero sus libros y revistas internacionales representan los instrumentos de trabajo de la mejor línea creativa de España, de Ramón y Cajal a Juan Ramón Jiménez.

El intelectual visible de la actual Junta era Carlos París. Y sería un desperdicio que su historia no fuera presidida ahora por alguien que reúna también cultura y eficacia para superar el endeudamiento del Ateneo. La oposición muy conservadora a su presidencia ha trivializado en la prensa madrileña el debate sobre su futuro en torno a unos grabados de Goya y otra obra excelente, en parte donada, que tuvieron que sacar a subasta. Como han resaltado sus críticos acervos, capciosamente, el empleo de una subvención a las obras de remodelación de una cafetería de explotación privada. Ambos incidentes son tangenciales, después de todo, respecto de los auténticos retos del Ateneo. ¿Cómo sobrevivirá una Docta Casa, cargada de historia, en tiempos de indigencia cultural, abandono público y volátil nube electrónica? Lo está haciendo con regulaciones de empleo, explotación económica intensiva de sus espacios, derramas económicas de sus socios,.… pero aún parece poco. Y vamos a echar de menos a su esforzado presidente.

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