Publicado por en Entre el mar y la meseta por

Ayer murió Carlos París. Un hombre singular y cabal. Filósofo, profesor universitario, escritor prolífico y hábil conferenciante. Un hombre político, que pasó del catolicismo y el falangismo de sus años de juventud y primera adultez, hacia el comunismo. En cierta ocasión, en plena Transición, oí de mi padre que otro catedrático universitario, originario de Salamanca, bramó contra su persona por el hecho de haber pasado del falangismo al comunismo. Lo ponía como ejemplo de lo que por entonces se conocía como cambio de chaqueta. Craso error, porque París no perteneció a esa ralea, como intentaré responder en lo que sigue.

Fue un intelectual precoz. Muy pronto accedió a la docencia universitaria, a la vez que se dedicó a una labor intelectual creadora. Vinculado con otros profesores al falangismo, intentó aunar el mito fascista de la justicia social y el nacionalismo. La realidad, sin embargo, lo llevó por otros derroteros. A la vez que su pensamiento fue descubriendo nuevos horizontes, se atrevió a sentir en su propia carne el peso de la explotación. Eso le llevó a trabajar durante un verano en un pozo minero, lejos de su condición de catedrático universitario. Después vino su militancia comunista, que se hizo conocida en los años del tardofranquismo. Sufrió por ello las iras del que le gustaba firmar como “ministro de Carrero”, el nefasto Julio Rodríguez, que le apartó en 1973 de su cátedra.

Lo recuerdo de mis años de juventud como un hombre del eurocomunismo, del que Santiago Carrillo se erigió como su sumo sacerdote. Luego, en plena crisis del PCE de principios de los 80, rompió con él. Pero, a diferencia de tanta gente que hizo lo mismo y acabó asentándose en el remanso de las aguas del sistema, París se mantuvo en la militancia de la vida, como decía Benedetti. Le he ido siguiendo a través de sus artículos publicados en periódicos revistas y, más tarde, los medios digitales. Siempre ha mantenido el norte de sus convicciones. Ello le llevó a saber deslindar en sus críticas lo que había de aborrecible en el campo del comunismo de la URSS y sus aliados, y lo que pertenecía al sistema dominante generador de explotación, guerras, miseria o alienación. Fue generoso con los pueblos que han deseado y desean mantener sus dignidad, lo que explica su actividad en pro del Sáhara Occidental, de la Nicaragua sandinista, de Cuba… Fue añadiendo en sus preocupaciones aspectos de la realidad que necesitaban de respuestas políticas, a las que pasó siempre por el tamiz de su universo intelectual. Así se entiende su atención al feminismo, el pacifismo o el ecologismo. Tras su jubilación encontró en el Ateneo madrileño un medio donde encauzar públicamente sus preocupaciones políticas y culturales. Lo presidió, hasta su muerte, durante varios mandatos y contribuyó a erigirlo en un faro de la cultura de nuestro tiempo.

Carlos París ha participado, en suma, en la conformación de una nueva dimensión ética del mundo en que vivimos, de carácter radical, necesaria para hacer frente a los poderes que controlan el mundo y ayudar a resolver los retos que permitan construir un mundo más justo y solidario. Eso le llevó a denunciar que “vivimos en la gran mentira”, como dijo en octubre pasado cuando inauguró el curso actual del Ateneo y que desarrolló en su último libro. Dijo también que “la verdad está en el pueblo, en las masas”, añadiendo que “las masas salgan del engaño”. Coherente con lo que practicó durante buena parte de su vida, no ha dejado de apelar a la movilización permanente para hacer frente a tanto desatino.

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