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DIARIO DE AVISOS.com

Luis Ortega

Abierto en 1835, contra todas las tentaciones totalitarias, el Ateneo de Madrid fue, es, un foro de integración y debate progresista que, aún con los férreos controles del régimen cancelado, mantuvo su dignidad y prestigio. A su crítica situación económica -porque la cultura es la primera y eterna víctima de los recortes- suma ahora la pérdida de su veterano presidente y, a la vez, de su más valiente e ilusionado defensor. Profesor de Filosofía y director de ese departamento desde la creación, en 1968, de la Universidad Autónoma, el bilbaíno Carlos París Amador (1925-2014), contribuyó de modo decisivo a la modernización de su estudio en España; sufrió la depuración franquista junto a otros docentes significados por su militancia izquierdista y, con la llegada de la democracia, fue elegido decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Tildado de “filósofo opositor a la dictadura”, en ese ámbito entraron sus más notables discípulos, desde Tomás Pollán en la antropología, a José Jiménez, en la estética, y Javier Sádaba en la ética; impulsó las revistas Teorema, dirigida por Manuel Garrido, y Teoría, cuya dirección compartió con Miguel Sánchez Mazas. Dejó una amplia bibliografía con títulos como Física y filosofía, Crítica de la Civilización Nuclear, Fantasía y Razón: Odiseo, Don Quijote y Fausto, Unamuno. Estructura de su mundo intelectual, Memorias de medio siglo: de la Contrarreforma a Internet y Ética radical, que va por su cuarta edición y tiene una extraordinaria acogida entre los indignados y los últimos movimientos sociales. Presidió la sociedad ateneísta en dos periodos, entre 1997 y 2001 y, en unas pésimas circunstancias por la retirada masiva de ayudas públicas, desde 2009 hasta su inesperada muerte. En ambas ocasiones adoptó como lema la que, según él, había sido una norma histórica de comportamiento en la institución: “La búsqueda de la verdad resulta inseparable de la pugna por la justicia y por la igualdad”. Ante la negativa de la mayoría del Congreso de conceder una subvención que asegurara su mantenimiento, organizó una subasta con una serie de grabados de Goya y logró que numerosos artistas contemporáneos cedieran obras con los mismos fines. En las dos conversaciones que mantuve con Carlos París -ambas para hablar de mi paisano Pedro Pérez Díaz, socio y directivo ateneísta y padre de los cabildos modernos- me convencí de su vigoroso carácter y, especialmente, en un ciclo de crisis económica y moral, de escepticismo y desmoralización juvenil, del arraigo y la vigencia de la utopía en aquel singular octogenario.

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