El Mundo · Madrid,  2 de febrero de 2014

Ángel Vivas

Filósofo, catedrático y escritor de izquierdas, era presidente del Ateneo de Madrid desde 1997

El profesor Carlos París, fallecido este pasado viernes, tuvo siempre una marcada vocación universitaria. Él mismo afirmó en alguna ocasión que la universidad el eje perenne de su vida, y quien fuera su rector en la Autónoma de Madrid, Pedro Martínez Montávez, lo consideraba un adalid y un ejemplo en la defensa de una universidad renovadora, crítica (y autocrítica), racionalizada desde el impulso de la pasión y equilibrada en las imprescindibles tareas de docencia e investigación. «Animal eminentemente teórico», como también se definía, Carlos París pensaba, como el reverso indisoluble de la misma moneda, que «el pensamiento limpio lleva inevitablemente al compromiso». Sobre esos dos raíles discurrió su larga y fructífera vida.

Genuino niño de la guerra, cronológicamente (los primeros tiros sonaron la tarde del 17 de julio en que él cumplía 11 años), sus años de formación y hasta la primera madurez estuvieron marcados por las circunstancias del país en que le tocó vivir. Es decir, el mundo de su adolescencia era todavía, en la España de los primeros años cuarenta, el de la Contrarreforma, como él lo llamó en su libro Memorias sobre medio siglo. En aquel momento, como señaló Antonio García Santesmases en la presentación del libro, ya no quedaba nada de la herencia de Ortega. Carlos París y sus coetáneos, gente como Miguel Sánchez Mazas, José María Valverde, Manuel Sacristán o Gustavo Bueno, no encontraron a mano –pese a toda la vegetación que se quisiera ver en aquel páramo– a los imprescindibles maestros.

Tuvieron que buscarlos por su cuenta, tanteando, encontrando su propio camino a partir de unos orígenes familiares conservadores, cuando no puramente fascistas, y en un entorno en el que se podía hablar tranquilamente de ciencia católica. La ventaja de una situación como aquella, como dijera también García Santesmases, es que la intemperie intelectual le curte a uno y la larga búsqueda le procura amigos.

En todo caso, Carlos París pudo tener que buscarse los maestros, pero no necesitó preguntarse mucho por una vocación que fue clara desde muy pronto. Naturalmente inclinado al pensamiento, más en su vertiente reflexiva que experimental (un profesor del colegio le calificó de «filósofo» a raíz de un trabajo de clase, y el apodo se le quedó ya entre sus compañeros adolescentes), se decidió por estudiar Filosofía, pese al atractivo que también ejercía sobre él la ciencia, concretamente la Física.

Lo que se enseñaba en la facultad a la que llegó el joven París, según contó él mismo, era «el más ramplón y culinario sentido común», una enseñanza a la que calificar de escolástica era hacerle un favor. Aunque no faltaran honrosas excepciones, como las del sacerdote Mindán Manero (que fuera amigo de la infancia de Buñuel y compañero de seminario de Escrivá de Balaguer, y quizá congenió más y se entendió mejor con el primero que con el segundo) y Santiago Montero Díaz, que, unos años después sería expulsado de la universidad –aunque no definitivamente, como ellos– junto con Aranguren, Tierno Galván y García Calvo.

Años de búsqueda y aprendizaje, de amistades y relaciones, París hace amistad con Miguel Sánchez-Mazas, estudiante de Matemáticas que refuerza su interés por las ciencias, conoce al inquieto padre Llanos, funda con otros amigos la llamada Universidad Libre de Gambrinus (tertulia establecida en el café madrileño de ese nombre) y participa como subdirector en la revista Theoria. Convencido de la imposibilidad de filosofar al margen de la ciencia, hizo su tesis doctoral sobre Física y filosofía, abriendo un camino que no dejaría de seguir en adelante. El libro que recogía dicha tesis doctoral llevó prólogo del matemático Julio Rey Pastor.

Con 25 años gana una cátedra de la Universidad de Santiago de Compostela. En 1900 se traslada a la Universidad de Valencia, donde, a la sazón, el único catedrático de filosofía era otro cura, el padre Todolí, que todas las mañanas celebraba misa en la facultad y hacía que sus ayudantes de cátedra lo fueran también de la misa, bien tocando el órgano, bien llevando los vasos litúrgicos.

Con todo, París, que siempre combinó un talante sereno con la sangre jacobina, tuvo una verdadera amistad con el buen padre, y éste le ayudó cada vez que, progresivamente comprometido contra el franquismo, Carlos París tuvo problemas académicos o directamente políticos. En 1968 se traslada a la recién creada Universidad Autónoma de Madrid, donde funda y dirige un fecundo Departamento de Filosofía y también colabora en la creación del Instituto de Ciencias de la Educación, que dirigió hasta su destitución por el pintoresco ministro Julio Rodríguez en los años finales del franquismo.

Para entonces, Carlos París, que a la influencia unamuniana suma la de Marx, está cercano al Partido Comunista, en cuyas listas electorales se presentaría con la llegada de la democracia y a cuyo comité central perteneció durante años. Verso suelto, como buen filósofo, se mostró crítico con el derrotero que tomó la Transición. Se veía a sí mismo en una tercera vía, alejada tanto de los reformistas herederos del franquismo como de los opositores satisfechos con aquel derrotero. Dicha tercera vía era, en su expresión, la de quienes vivieron un sueño distinto para España, un sueño de izquierdas que fue derrotado entonces.

En 1997, se presentó a las elecciones del Ateneo de Madrid, cuya presidencia –no exenta de críticas por parte de los opositores (algo que parece ir en el ADN de la histórica institución)– ostentó desde entonces. Si el pensamiento y la acción (política y universitaria) fueron los dos raíles sobre los que discurrió su trayectoria vital, lo científico-tecnológico y una antropología que ve al hombre como animal cultural (título de uno de sus libros de madurez, en cuyas páginas iniciales afirmaba: «No podemos pensar lo humano sólo en sus actuales términos, en su mezquina manifestación actual») son dos grandes pilares de su pensamiento.

Además de El animal cultural y de su citada tesis doctoral, otros títulos de sus libros son elocuentes acerca de sus preocupaciones: Unamuno. Estructura de su mundo intelectual, Filosofía, ciencia, sociedad; La Universidad española actual: posibilidades y frustraciones; Crítica de la civilización nuclear; Fantasía y Razón: Odiseo, Don Quijote y Fausto. Su último libro, de 2012, fue Ética Radical y en los próximos meses aparecerá la recopilación de sus conferencias en el Ateneo con el título de Época de la Mentira.

Carlos París Amador, filósofo y escritor, nació en Bilbao el 17 de julio de 1925 y falleció en Madrid el 31 de enero de 2014.

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