Entrevista al Presidente del Ateneo de Madrid

Antonio José Domínguez

Publicado en el Nº 75 de la edición impresa de Mundo Obrero diciembre 1997

Carlos París ha sido elegido presidente del Ateneo de Madrid en las últimas elecciones celebradas recientemente en la citada institución para la renovación de su Junta directiva. A su edad, imparte sus tareas docentes en la Universidad Autónoma de Madrid como Profesor Emérito. Dentro de poco, aparecerán las Actas del Homenaje Internacional que se le tributó cuando adquirió esta condición después de su “jubilación oficial”. En este año escolar imparte un curso de doctorado sobre “Filosofía de la técnica”. Tampoco ha abandonado su compromiso político ni intelectual. Ahí están la publicación sus libros recientes: “El animal cultural: biología y cultura en la realidad humana” (Ediciones Crítica) y “Crítica de la civilización nuclear: tecnología y violencia (Círculo de Lectores). Tampoco podemos olvidar títulos como “Física y Filosofía”, “Unamuno: estructura de su mundo intelectual”, “Filosofía, ciencia, sociedad” y “La Universidad española: posibilidades y frustraciones”.

Mundo Obrero: Ud. ha sido catedrático en Santiago, Valencia y, ahora, como acabamos de señalar, en Madrid. ¿Podría recordar sus primeras actividades sociales y su experiencia como minero en Asturias?

Carlos París: No fue en Asturias sino en un pueblo al norte de Palencia. Por cierto, quiero recordar a Brosio, un minero militante del PCE, que estuvo en la guerrilla y que realizó en Madrid una exposición de pintura sobre temas mineros en la época de la dictadura. En mi novela, Bajo constelaciones burlonas aparece NH, un personaje simbólico, que representa un retrato de la generación de posguerra, que pertenecía al bando de los vencedores y de algunos que nos fuimos afiliando a la izquierda. Mi formación política fue muy precoz, aunque mi padre era director de un banco. En la novela citada, narro el entusiasmo que se produjo en Bilbao cuando fue proclamada la República. Ya en mi juventud, fui muy amigo de Miguel Sánchez Mazas y de otros que nos preocupaba la problemática iberoamericana. Y, en Madrid, tuvimos estrecha relación con el padre Llanos. Esta vinculación fue mi primera experiencia de oposición al régimen franquista desde las plataformas del SEU que nos brindaban expresar nuestra actitud crítica contra el régimen franquista. A partir de aquí, encontré a la izquierda auténtica que había perdido la guerra y descubrí los proyectos ilusos e ilusionantes del bando nacional. Esto en lo que se refiere a mi experiencia vital. Mi filiación al comunismo no dogmático se produjo cuando vi también que el desarrollo de la cultura y de la vida universitaria eran obstaculizados y reprimidos por el franquismo.

M.O.: Como tantos otros su antifranquismo le lleva a ingresar en el PCE. Nos ha sorprendido leer en “Historia de la Filosofía Española” de Guy Alain, en el breve apartado dedicado a su obra que, como militante comunista, hace que se escuche la voz cristiana en el seno del partido.

C.P.: Esta postura que abandoné hace tiempo. En cambio, sigo teniendo un sentido religioso de la vida que se expresa por mi entusiasmo ante la Naturaleza y por mi preocupación por las relaciones humanas. Ahora bien, mi cristianismo era sin fe y siempre en contra de las estructuras eclesiales, un cristianismo existencialista que conecta con las preocupaciones unamunianas, pero que se fue conformando y configurando posteriormente. Javier Sádaba, sobre este aspecto, en uno de sus artículos sobre mi obra, escribe que yo nunca he escrito sobre filosofía de la religión pero que en mis escritos siempre hay una luz religiosa en el sentido que apuntaba antes. Ahora no tengo una concepción espiritualista del ser humano ni tampoco una idea de Dios, pero ante el hecho concreto de la muerte de mis seres queridos, se reactivó este sentimiento de continuidad en un más allá.

M.O.: ¿Este sentimiento religioso se origina ante el miedo de la muerte o es un sentimiento inmanente de la condición humana?

C.P.: En mi experiencia personal es de indignación ante la muerte. Ernst Bloch decía que la muerte es la antiutopía. Es decir, es el fracaso del ser humano por la capacidad de infinitud que carece. Este contraste entre infinitud y la mutilación absoluta, que se produce con la muerte, es el sentimiento reactivo que he tenido en varias ocasiones de mi vida.

M.O.: Pero situémonos en el presente. ¿Qué significación tiene que su candidatura haya sido elegida para desempeñar la presidencia del Ateneo de Madrid en un momento en que se cuestiona este tipo de instituciones culturales como legitimadoras del poder?

C.P.: Me sorprende la pregunta. No pensaba que el Ateneo fuese legitimador del poder. (En este momento, Carlos París me pregunta por las fuentes de mi pregunta. Le remito al capítulo “Final. La cultura como opio del pueblo” de El mito de la cultura “, de Gustavo Bueno en el que desarrolla la idea de “cultura circunscrita”.) Una vez aclarada nuestra pregunta, prosigue la entrevista. Esta idea de que la cultura es una secularización de la idea de la Gracia, también la he abordado en mis libros, y en mi artículo “Cultura y política”, publicado en Nuestra Bandera. Allí explico la relación entre ambas ideas. Ahora bien, creo que una revolución tiene que tener una dimensión cultural en un sentido amplio. De aquí, que el Ateneo pueda ocupar en la cultura un lugar que no tienen otras instituciones. Si analizamos su historia y el origen de su creación nos daremos cuenta que está inscrito en una tradición popular. Su fundación se produce en los inicios del Trienio Constitucional y se cierra cuando se inicia la década ominosa, es decir, aparece en un momento histórico de grandes aspiraciones liberales. A partir de entonces, el Ateneo ha estado muy vinculado a las actitudes progresistas y ha sido dirigido por figuras como Manuel Azaña, Miguel de Unamuno y Valle-Inclán, por citar algunos de los más representativos. También tuvo etapas conservadoras, como cuando fue presidente Cánovas del Castillo, aunque siempre fue un lugar de debate y de encuentro, menos formal que el que puede representar la Academia.El franquismo lo incautó y se convirtió en una delegación de su aparato legitimador de su “cultura” aunque, en los años setenta, se inicia un proceso de recuperación de sus objetivos originales y un espacio de libertad. Ahora, en el Ateneo se produce un fenómeno de intercambio de generaciones y de actitudes heterogéneas. Por esta razón, decidí presentarme a presidente de la actual Junta directiva en la que se encuentra gente tan valiosa como Manuel Ballesteros para renovar y darle esa vitalidad que tuvo en sus mejores tiempos, y crear un espacio en el que se traten y debatan temas de actualidad.

M.O.: Ahora que estamos en el umbral de 1998, la industria editorial y la mediática han iniciado una “puesta a punto” de lo que se ha denominado la crisis del 98. A finales de los años sesenta Ud. publica “Unamuno. Estructura de su mundo intelectual” en el que abordaba su pensamiento desde aspectos hasta entonces inéditos. ¿Utilizaría hoy día la misma perspectiva si volviese a estudiar la obra de “El sentimiento trágico de la vida”?

C.P.: Después he escrito varios trabajos sobre Unamuno. También, cuando reedité el libro en 1968 con un prólogo, comento su significación del fenómeno de amnesia que se produjo en la historia española durante el franquismo. En nuestra época, en la que nos dividíamos entre unamunianos y orteguianos me sentía mucho más cercano a su mundo agónico y desgarrador. Y, entre las cosas que analizo es la significación de su mundo. La novedad de mi estudio es ver su pensamiento como la frustración ante el desarrollo del materialismo científico, planteamiento que no comparto y que es muy distinta. Pero esto le lleva a profundizar en algunos aspectos del ser humano que le conducen a descubrimientos muy válidos para una antropología filosófica.

Después he añadido una perspectiva histórico-sociológica en la medida en que su crispación individual forma parte de la conciencia moderna. El individualismo moderno hay que verlo dentro de lo que he llamado la historia de la conciencia humana. En suma, lo que he realizado después es exponer ideas muy similares a las de entonces.

M.O.: Después de acercarnos a los últimos trabajos publicados sobre la idea y problemática cultural, nos sentimos perplejos que estudios que podrían suscitar polémicas públicas se queden relegados a los iniciados. ¿Es Ud. consciente de esta situación?

C.P.: Existen dos grandes fenómenos. Primero, en este país, volviendo a Miguel de Unamuno, sigue vigente el caínismo. No presta la atención que se merece su propia creación cultural y, cuando se realiza, se hace de una forma muy superficial, bien por intereses espurios, bien por intereses económicos. En Francia y en Italia, por ejemplo, la difusión de sus creadores se ha realizado con regularidad. Estos países han lanzado más allá de sus fronteras sus producciones culturales. Ahí está desde Teilhard de Chardin hasta los nuevos filósofos. Aquí, en la cultura española, se produce lo que llamo “citosofía” es decir, se pone a pie de página a los autores extranjeros y se olvida a los nuestros. Otro de los fenómenos es la ausencia de una crítica seria y rigurosa y caracterizada por el amiguismo o por los intereses editoriales. En este sentido es desolador. Libros tan respetados como los de Ferrater Mora no tienen la difusión y el reconocimiento que merecen por su elaboración y rigor. En lo que respecta a mis libros, concretamente El animal cultural o Crítica de la civilización nuclear, según me han comentado algunos lectores, han debido abrir una discusión y un debate, pero su ausencia puede explicarse por la falta de memoria histórica y el modo en que se silencia todo lo que fue la cultura de la resistencia.

También se ha producido una imagen dual. En el extranjero se argumenta que durante las condiciones forjadas por el franquismo no se había podido crear una auténtica cultura. Y esto, como todos sabemos, no es así. Ahí está Buero Vallejo, Blas de Otero, Gabriel Celaya, y todo el desarrollo del pensamiento español con la obra de Gustavo Bueno, Manuel Sacristán, Montero Moliner, Gómez Caffarena, por nombrar algunos de mi generación. No digamos la de Miguel Sánchez Maza que fue la aportación más importante a la Lógica matemática. Todo esto parece que ha sido desplazado intencionalmente. En este país persisten actitudes cainitas. En lugar de potenciar sus valores, lo que hace es destruirlos. También se ha producido una menor difusión del libro español en América Latina, pero aquí existe un grave problema de mentalidad colectiva: la actitud cainita y una ausencia de política cultural.

M.O.: Esto debe ser cierto. Todos o casi todos los intelectuales se quejan de lo que acaba Ud. de enunciar. ¿Pero habéis pensado en la orfandad de los que no han podido ni pueden leer no sólo por cuestiones de tipo cultural y por razones de índole económicas?

C.P.: Lo más desazonador es para mí la gente que no lo reconoce. Por esto, la lucha cultural, en este sentido, es decisiva. Y también su reapropiación. Lo que he llamado “el rapto de la cultura”. Existe una gran avidez cultural. Mi experiencia, desde mi etapa en Galicia, lo confirma. Ahora bien, desde una posición histórica, puedo afirmar que los partidos de izquierda no han tenido clara su función. Aquí en España, a los intelectuales se nos convoca para firmar manifiestos en momentos determinados. Y pienso que el papel que tiene que jugar la cultura como liberación es fundamental lejos de todo dirigismo cultural porque toda revolución liberadora de los problemas materiales tiene que asentarse sobre un desarrollo cultural que conduzca a una mayor participación del ser humano en las tareas políticas.

M.O.: ¿Entonces asume Ud. la propuesta de Antonio Machado que afirmaba: “Para nosotros, difundir y defender la cultura son una misma cosa: aumentar en el mundo el humano tesoro de conciencia vigilante. ¿Como? Despertando al dormido. Y mientras mayor sea el número de despiertos… La difusión de la cultura sería (entonces) en beneficio de ella misma, contra los que piensan quienes pretenden defenderla como privilegio de clase”?

C.P.: Sí. Pero no podemos olvidar que la cultura puede ser un instrumento de manipulación por los aparatos de poder. También que el problema no se basa sólo en la difusión sino en su liberación, hoy apropiada por los grandes trust económicos.

M.O.: En “El animal cultural” aborda Ud. la relación entre cultura e información. ¿Más allá, de sus implicaciones políticas, no nos encontramos actualmente con un sistema educativo que se fundamenta más en recetas que en una aproximación a materiales conceptuales que posibilitarían un mayor conocimiento de la realidad, y, por tanto, una relación más reivindicativa ante ella?

C.P.: La educación y la enseñanza que se imparte tienden a la formación de individuos integrados. En mis trabajos he desarrollado este problema Cómo se tiende a formar especialistas en un campo determinado, pero no formar mentalidades críticas. De esta forma no se plantean problemas de discusión y se forman ciudadanos dóciles para el sistema, en un modo de consolidar la obediencia debida. La Universidad, muchas veces, ha sido un espacio libre, pero a contracorriente del sistema. Esta idea de una formación general que dé al alumno una visión global que posibilite el libre desarrollo al alumno sigue siendo un reto.

M.O.: En “El anima animal cultural” afirma que la escritura, antes que palabra, no es sólo comunicación, expresión, noticia, es poder. También que “leer es recorrer el tiempo y el espacio, rehaciéndolos, para encontrar al otro y su mundo. Es un ensimismamiento que potencia la individualidad”. ¿Nos encontramos ante una contradicción o ante un deseo?

C.P.: Aquí me refiero al paso que se produce de la cultura tribal a la escritura. En la cultura tribal, la enseñanza era oral. Los mitos y ritos se aprendían en la colectividad. En la escritura, el individuo aprende en solitario. En el primer caso, existe la presencia física, es decir, se aprende en medio de un grupo. Mientras se lee se está solo. Un caso extremo sería lo que le sucede a Don Quijote en el que se produce un fenómeno de autismo. Sin embargo, la lectura posibilita el desarrollo de la individualidad. De ahí que algunas religiones se sustenten lectura de “El Libro”. Ya, en la época moderna, en la que el individualismo va unido a los mecanismos de la sociedad capitalistas, se produce un desarrollo de la lectura y de la información. Entonces, la relación entre individualismo y lectura tiene algo que ver con la crispación unamuniana de la individualidad. Y esto es lo que está en crisis en la cultura de masas, cuyas manifestaciones son los espectáculos orgiásticos colectivos en que se pierde el sentido de la individualidad, por lo que nos encontramos con un regreso al tribalismo.

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