COMUNICACIÓN LEIDA EN EL ATENEO DE MADRID, EL 3 DE FEBRERO DE 2014, CON MOTIVO DE LA MUERTE DEL FILÓSOFO CARLOS PARIS AMADOR, Y EN SU HOMENAJE.

Carlos Mínguez, profesor de la Universitat de València.

Qué extraño resulta para mí decirle adiós a Carlos París. Cuán diferente es este momento, de aquél, ya lejano, en el que tuve el honor de presentarle en su nombramiento de doctor honoris causa por la Universidad de Valencia. Entonces aludía al eco de su voz en aquél paraninfo. Eco, después multiplicado por sus discípulos, entre los que quiero encontrarme de un modo especial, tanto por honrarme con su magisterio, como por haber gozado de una larga y permanente amistad.
Por eso, por la amistad que nos ha unido, quiero en primer lugar que estas palabras constituyan una expresión de sentimiento personal. Sentimiento del que es partícipe, tanto o más, mi mujer Antoñita. Sentimiento que nos hace rememorar largas conversaciones, algunas frente al mar Mediterráneo, y éstas y otras muchas, en un tiempo, en el que la esperanza por una mejor sociedad, la nuestra, tanto en el orden académico, como político, nos llenaba de críticas y proyectos en conversaciones interminables. Son recuerdos que perviven, contra y sobre, el deterioro de la memoria que ya a mis años flaquea. Bien distinta de la que siempre mantuvo Carlos París.
Ahora, esta personal manifestación, nos lleva a mi mujer y a mí, a expresar públicamente el afecto hacia Lidia Falcón, durante tantos años compañera admirada por Carlos París, y que de golpe nota el regusto de la soledad. Igual que a sus hijos, Inés, Matilde, Isabel y Nacho, aproximadamente de la misma edad que los míos, y que ahora retoman una conciencia, ya sufrida antaño, de encontrarse en la primera línea, tal como generación tras generación nos viene sucediendo a todos. A todos ellos el abrazo que emana tanto del entendimiento como del corazón.
Pero mis palabras se dirigen también en otro sentido. Una vez conocido el fallecimiento de Carlos París, y difundido a través de medios digitales, en la Universitat de València, las autoridades académicas del entorno de la filosofía primero y del rectorado después, se pusieron en alerta. Ya venían inquiriendo noticias sobre el estado de salud de Carlos París que yo les transmitía a través de la información que nos daba Lidia, o bien la recibida a partir de Antonio Ferraz, a quien debo dar las gracias por ello. Por mi proximidad y por mi vinculación como profesor honorario, y sabedores de mi presencia en esta despedida y homenaje, me ruegan que actúe de portavoz de la Universitat valenciana en este acto. Expresamente así me lo ha comunicado el Rector Y ello, no sólo por razones de protocolo formal, sino por conciencia de la notable tarea que el profesor Carlos París realizó en Valencia, durante los años, 1960-1968, en los
que impartió allí su docencia. Años en un período imaginativamente muy rico, en los que la actividad del profesor Carlos París se manifiesta no sólo en los registros intelectuales, sino también a partir de un amplio movimiento político social, muy vivo en ese tiempo, y que el propio París rememora en el número monográfico que la revista Anthropos le dedicó en 1987: “… me parece necesario evocar aquella universidad que aspiraba a unir el trabajo intelectual riguroso con la conciencia crítica y política, así como aquella bella solidaridad entre profesores y alumnos frente a la represión. Creo que aquellos han sido los años más hermosos y gratificantes de mi larga experiencia universitaria”
La Universitat de València no ha olvidado la impronta que dejó en generaciones de alumnos, después profesores, y en las diversas vías de investigación, coincidentes con temas que aparecen en algunos de sus libros, como es el caso de la relación entre Física y Filosofía, sobre las leyes físicas, hombre y naturaleza, hombre y técnica, el problema de la ciencia, la crisis de la cultura con su consiguiente rapto, sobre la evolución, biología y cultura, análisis crítico de la universidad, y todo ello sin pretender agotar el repertorio. A los que hay que añadir, entrelazados con los anteriores temas, escritos sobre crítica socio-política, contra la violencia y en pro de la mujer, estudios sobre figuras históricas (descuella Unamuno), y cuando la exposición razonada no puede encarrilar pensamientos y sentimientos, incorporaría el relato bajo la forma de novela (Bajo constelaciones burlonas) o de cuentos (La máquina speculatrix).
Pero, aún más, porque después sus trabajos continúan en su amplia labor en la Universidad Autónoma de Madrid, que sin duda otros glosarán, y también en este Ateneo, cuya dirección ha ostentado durante años y al que queda sin duda vinculado su nombre.
Ejemplo de ese trabajo, crítica, dolorosa observación de la sociedad cuántas veces, lo constituye su último libro publicado: “Ética radical, los abismos de la actual civilización”. Un profundo análisis, cuya lectura y relectura puede alumbrar la oscuridad que ahora nos deja.
No puedo menos que terminar un relato necesariamente breve, con una vuelta al talante personal que me embarga en este momento y del que hacía mención al principio.
Carlos París, maestro, amigo, seguirás presente en nuestros corazones por tu ejemplo, y presente también en nuestro pensamiento, buena parte del cual han troquelado tus enseñanzas durante tantos años. Tu sueño profundo, no puede hacer morir tu memoria.

Anuncios