ED PÚBLICO.es · Madrid, viernes 31 de enero de 2014

Ignasi Riera

El presidente del Ateneo de Madrid, entre los años 1997-2001 y 2009-2014, nació en Bilbao (1925) y ha dedicado su vida profesional a la universidad española en tiempos nada benignos. Alguien que accede a una Cátedra de Filosofía en 1950 en Santiago de Compostela, y pasa a ejercer como catedrático en Valencia en 1960, para incorporarse en la década de todas las décadas a la recién creada Universidad Autónoma de Madrid en la que se jubilará en los años 90, no puede escribir la crónica de un caos en términos asépticos, atemporales. No lo ha hecho: todo lo contrario.

Carlos París, el que más sabe acerca de la Filosofía de la Ciencia, no ha crecido únicamente en sabiduría, erudición y experiencia sino también en capacidad crítica, que me atrevo a calificar de revolucionaria. Si el calificativo de engagé, tan en boga en los años del Mayo Francés del 68, de Marcuse o de los efectos de la guerra del Vietnam, se hacía cuesta arriba practicarlo en una España franquista, que tenía que asistir aún a las ejecuciones de Julián Grimau, de Salvador Puig Antich, de Txiqui y demás compañeros…, a muchas historias de libertades cercenadas, de cárceles, de torturas, de censuras, de humillaciones, Carlos París no se aplicó los versos del poeta: la suya no fue una ‘descansada vida / la del que huye del mundanal ruido / y sigue la escondida senda / por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido’. ¿Fue la excepción? No lo sé. Y sí que fue un sabio vivo y activo, con más capacidad de prospectiva que otros. Si sabemos que es difícil escribir poesía lírica después del Holocausto, es indigno filosofar sobre las musarañas tras el uso perverso de la ciencia y de la técnica para crear armamentos letales al servicio de causas infames.

La tesis doctoral de Carlos París –que dudaba, al entrar en la Universidad, entre ciencias (especialmente Física) y Filosofía– resulta premonitoria: Física y filosofía. El problema de relación entre ciencia física y filosofía de la naturaleza. Pasó “de la filosofía de la ciencia a una teoría crítica de la cultura actual”. Expresión que leo en un monográfico de referencias obligada, que le dedicó, en 1987, Anthropos, revista de documentación científica de la cultura. La coherencia llevó a Carlos París a convertirse en personaje público, siempre a favor de las (inmensas) minorías que creen todavía en horizontes transformadores, revolucionarios. No lo ocultó jamás. Más aún: profundizó en aspectos básicos de la lucha a favor de la emancipación de mujeres (y de hombres). En Vindicación feminista, en un monográfico dedicado a Lidia Falcón, Carlos París explica cómo el trabajo de dirección de las elaboraciones teóricas de la activísima referente del feminismo dentro y fuera de España le llevó a entender mejor lo referente a la Razón feminista, eje, en adelante, insoslayable de su pensamiento.

La muerte de Carlos París es un episodio trágico. Pero no un final. Ha marcado caminos y nos ha dado razones para no banalizar los ejes de su pensamiento. Que él descanse en paz, no nos debe dejar a nosotros descansar ni en paz ni inermes. Nos ha convertido en hijos menores, anónimos, de su fuego.

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